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Uno de los grandes logros de Julio Bocca a cargo de la dirección artística del Ballet Nacional del Sodre (BNS) es la variedad de propuestas que ha venido presentando desde que está al frente de la compañía. Así como en junio el cuerpo de baile deleitó al público con El mesías, de Mauricio Wainrot, el viernes fue el turno del clásico de Marius Petipa, Don Quijote, con coreografía de los argentinos Silvia Bazilis y Raúl Candal, y música de Ludwig Minkus.

El contraste no podía ser más notorio: del lirismo, la espiritualidad y el foco en el movimiento de la obra de Wainrot, el BNS pasó a recrear un ambiente de comedia, lleno de colores, abanicos y volados españoles. Se trató, a su vez, de una propuesta con base en lo actoral, algo que no es usual en las puestas del ballet.

Don Quijote, obra en tres actos que fue estrenada en 1869 en el Teatro Bolshói de Moscú, se sintió como una fiesta para el público, más en la línea de El corsario. Como en esta, la historia narrada tiene menos dramatismo que en otras obras y es casi anecdótica, especialmente en el tercer acto, hecho para el despliegue de sus figuras.

El espectáculo se centra en el enamoramiento entre la bella Kitri y el barbero Basilio, frente a la oposición del padre de ella. Mientras, Don Quijote y Sancho Panza acompañan a la pareja en sus aventuras, aunque su presencia es más bien decorativa.

La puesta, que fue realizada íntegramente en los talleres del Sodre, cuenta con un gran trabajo de iluminación de Claudia Sánchez y de escenografía y vestuario a cargo de Hugo Millán, quien volvió a apostar por el color en la indumentaria –como lo hizo en El corsario–, aunque esta vez optó por un decorado más sobrio pero igualmente acertado para Don Quijote.

Quienes también repitieron con el BNS son Bazilis y Candal, ya que la primera había estado a cargo de la coreografía de El cascanueces y el segundo de El lago de los cisnes. Ambos hicieron un gran trabajo en el dinamismo de la propuesta y en la labor sobre la faceta más actoral de los bailarines, aunque el rol de Don Quijote, a cargo de Luiz Santiago, se sintió por momentos demasiado esquemático en su caminar fantasmal.

Quien creyó lo contrario fue el expresidente español José Luis Rodríguez Zapatero, quien acudió a la función junto a su mujer, la cantante lírica Sonsoles Espinosa. El dirigente del Partido Socialista español, que viajó a Uruguay invitado por la Fundación Propuestas, del Partido Colorado, comentó a El Observador su deleite por su compatriota, el primer bailarín Ciro Tamayo, y por la otra figura del ballet, María Noel Riccetto, y destacó que la puesta fuera respetuosa con Don Quijote de la Mancha y no se hiciera bailar al personaje.

Primeras figuras

Aunque fueron muy disfrutables los números grupales, la mayor ovación del público fue sin duda para la pareja protagonista, interpretada en el estreno por Riccetto y Tamayo, quienes demostraron en esta obra su química en ascenso, algo que se vio reflejado en el abrazo afectuoso que se dieron al final.

A la exbailarina del American Ballet se la vio muy relajada, divertida, precisa y con una capacidad de proyección admirable desde el escenario. El español volvió a dejar boquiabierto al público con sus giros y saltos, y su habilidad de hacer lucir fácil lo complicado. Quizá por su procedencia, a Tamayo se lo vio más cómodo que nunca en esta puesta, demostrando la evolución de sus dotes actorales y hasta tocando las castañuelas. La pregunta es por cuánto tiempo más el público uruguayo podrá gozar del talento de este joven de 21 años.

Pero, a su vez, la obra deja lugar al lucimiento de otros miembros de la compañía, que tienen papeles destacados, como es el caso de Rosina Gil –a quien también se la vio muy divertida–, Acaoa Theophilo y Guillermo González . A su vez, Careliz Povea brilló en el rol de Cupido, en una de las escenas más bellas de la obra, en la que ella, junto a Riccetto, Gil y las ninfas del bosque, deleitan a Don Quijote durante su ensueño.
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