ver más

Por primera vez hice el pedido por internet, de hecho fue mi primera compra virtual, lo que puede ser el puntapié inicial para una futura debacle económica.

Un correo electrónico y un mensaje de texto en el celular confirmaron el pedido, asegurando que estaría en casa en el correr de los siguientes 40 minutos. Media hora más tarde ya estábamos sentados a la mesa, esperando escuchar el ruido de la motito, aunque eso no es garantía de nada, porque todo el tiempo se escuchan motos de deliveries recorriendo el barrio.

Pasaron 20 minutos más y nada. Entonces sonó el celular. Un amable caballero que dijo ser el encargado del local al que habíamos encargado la comida, me pidió disculpas por la demora,
argumentando que el delivery había sido asaltado y le habían robado, además de la recaudación, los paquetes con comida, en los que figuraban las direcciones de los destinatarios. Dijo que por las dudas no abriera la puerta si alguien tocaba diciendo que venía de parte de su local, porque podía ser un truco para asaltarnos. Volvió a tomar el pedido y, disculpándose nuevamente, prometió enviarlo lo más rápido posible, y llamarme cuando estuviera en camino para decirme el nombre de quien lo traería, y así poder abrir la puerta con tranquilidad.

La espera por la cena ya se había convertido en un hecho policial, con todas las discusiones que al respecto se pueden suscitar entre cuatro personas. Alguno exigió la renuncia de Bonomi; otro dijo que no era tan así, que el ministro no puede estar recorriendo la ciudad en una motito cuidando a todo el mundo, que es una cuestión social; otro dudó de la moral del muchacho de la moto, citando casos de autorrobos y cosas por el estilo.

Al rato volvió a sonar mi celular, y esta vez el encargado del local dijo que un tal Carlitos estaba en camino con el pedido.

Volvimos a esperar, asombrados por la celeridad. En eso, a uno se le ocurrió que el tiempo transcurrido entre la primera llamada y la segunda no era suficiente para preparar tal cantidad de comida. Tenía razón. Tal vez lo del robo había sido una excusa para que quienes pedíamos por primera vez, no quedáramos disconformes con el servicio. Manejamos la posibilidad de que lo del robo fuera cierto, pero que quien llamó no era el verdadero encargado sino el mismísimo ladrón, preparando el terreno para un embuste que nos hiciera abrirle la puerta con confianza.

En la calle se escuchaba el sonido de varias motos circulando. Una de ellas podía ser la de Carlitos, pero una de las otras podía ser la del ladrón que venía a copar la casa. Incluso una podía ser la motito de Bonomi, patrullando las calles de incógnito. También la de Carlitos y la del ladrón podían ser la misma, si era que la llamada del encargado era falsa y se trataba del propio Carlitos.

Existía la posibilidad de que la moto de Carlitos y la del ladrón, si no eran la misma, se encontraran en la puerta de casa y, ante la inminente llegada de la motito de Bonomi, se produjera una balacera de proporciones, en la que podíamos resultar heridos por alguna bala perdida.

En eso sonó el timbre, y una voz del otro lado de la puerta mencionó el nombre del local de comidas, y dijo llamarse Carlitos. Los cuatro que estábamos en la casa nos miramos y entendimos lo que teníamos que hacer sin hablarnos.

Abrí la puerta y los otros tres se lanzaron sobre Carlitos, y entre todos lo golpeamos con violencia, como si fuéramos jugadores de fútbol profesionales. Creo que se nos fue un poco la mano, porque a los 15 minutos de golpiza Carlitos no respiraba.

Mientras uno de nosotros se deshacía de la motito, los demás disponíamos del cadáver en la bañera. Al rato llamó quien decía ser el encargado del local para saber si Carlitos había llegado. Le dijimos que no.

La comida todavía está en la heladera porque se nos fue el hambre. Y sí, con tanta inseguridad a uno se le van hasta las ganas de comer. Y encima ahora, ni siquiera puedo bañarme.
Temas:

Estilo

Seguí leyendo