La caída de la competitividad del Uruguay a lo largo de casi una década, primero contra mercados lejanos y luego más recientemente contra los vecinos, preocupa a medio país; el medio país que produce y exporta.
La caída de la competitividad del Uruguay a lo largo de casi una década, primero contra mercados lejanos y luego más recientemente contra los vecinos, preocupa a medio país; el medio país que produce y exporta.
En estos días, el novel ministro de Economía, confrontado por un periodista sobre esta adversa situación, replicó que en ese mismo período las exportaciones habían batido récord tras récord y que, por lo tanto, el supuesto problema de competitividad del país podía deberse a formas de medición más que a un problema real.
Creo que el argumento de los récords de exportaciones es impactante para quien no tiene formación económica o para quien no maneja un negocio en la vida real. Para mí este argumento nos saca del foco de atención que precisamos para defender nuestros intereses: no podemos como país chico y exportador ser una isla cara en un océano barato.
Pero para ser gráficos y explicar este punto de vista antagónico del que defiende el Cr. Bergara, como siempre nada mejor que correrse hacia una caricatura. Si entendemos claramento lo que sucede en un extremo absurdo, resultará luego más claro lo que acontece en las zonas grises de la realidad.
Imaginemos, por un momento, que la soja se va en su precio a 1.000 dólares la tonelada y la carne a 10.000 dólares la tonelada, mientras el tipo de cambio cae a 15 pesos por dólar. ¿Qué pasaría con nuestra economía?
A mi juicio, con esos valores no plantaríamos uno sino dos millones de hectáreas de soja, y duplicaríamos las exportaciones de carne, aumentando la tasa de extracción de nuestro rodeo de menos del 20% actual al nivel americano de 38%; y eso porque hasta la última vaca en el fondo del país recibiría suplementación nutricional.
Con grandes volúmenes de exportación y altísimos precios externos, ¿seguro volveríamos a romper récords de exportaciones? Pero, ¿y la economía nacional? La industria exportadora caería de rodillas porque a ese tipo de cambio no se puede agregar valor de manera rentable. La industria productora para el mercado interno sería devastada por las importaciones a precios regalados gracias a ese tipo de cambio tan bajo. Y ni hablar del turismo y la logística, todas las actividades de servicios en las cuales hay que competir con el mundo caerían al suelo. Con el tipo de cambio a 15 habría un problema de competitividad, ¿sí o no? Claro que sí, y gravísimo, aunque los precios altos de algunos productos nos hagan exportar mucho pero con mínimo valor agregado.
Ese es el dilema del Uruguay hoy: el tipo de cambio debería subir bastante pero eso empujaría una inflación ya demasiado alta a causa del fogoneo de los consejos de salarios generosos y un gasto público excesivo.
Pero acertar el diagnóstico y poner el problema arriba de la mesa es el primer paso para resolver esta difícil situación. Y más vale empezar a tomar las acciones correctas temprano porque sino habrá que tomar otras más duras después, con costos cada vez más duros. Aquí no hay atajos ni soluciones simples e indoloras; hay que hacer lo necesario (frenar el gasto público, porque impuestos ya se cobran de más, y a sujetar los aumentos salariales), dejar subir el dólar y evitar otra futura crisis muy grave con su correspondiente ajuste fiscal.
Pero lo primero que hay que hacer es, sin duda, reconocer el problema. Quien no acepta que está enfermo jamás se va a curar. Uruguay tiene hoy un problema grave de competitividad aunque siga exportando muchos dólares; si no se entiende así mirando números basta hablar con industriales exportadores y con operadores turísticos; la unanimidad será ensordecedora.