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“Mirá lo que me pasó, me pegué jugando al fútbol y después de vuelta en la piscina”, cuenta un joven y muestra un pañuelo anaranjado que sujeta su brazo. Otro grupo se acerca, algunos son adultos. Todos viven en Estación Esperanza, centro de atención del Instituto del Niño y el Adolescente del Uruguay (INAU) que se encarga de jóvenes con discapacidad intelectual a partir de 15 años.

El lugar es verde y espacioso, tiene una huerta, una cancha de fútbol, un espacio para practicar carpintería, un chiquero con una chancha querida por todos y una piscina estructural con agua hasta la mitad. Al estar en una zona semirrural de Montevideo, en Villa García, se puede sentir la calma y el silencio del campo.

Estación Esperanza aloja a 20 varones con discapacidad intelectual de leve a moderada y es por eso que puede permitirse ser abierta: los que viven allí lo hacen con relativa autonomía, aunque reciben varios cuidados, tienen a más de 21 profesionales que trabajan con ellos, sin contar al personal de cocina y limpieza.

Según la directora del centro, Laura Danatro, la institución es dinámica, busca generar oportunidades, inclusión y velar para que tengan una vida digna.

En el hogar viven 11 jóvenes de entre 13 y 18 años; seis que tienen entre 20 y 30 años; y tres hombres mayores de 30 años, uno de ellos de 56. Luego de haber vivido muchos años en el hogar, dos adultos accedieron a una casa propia, pero asisten diariamente, e incluso colaboran en el cuidado de los jóvenes. Por ejemplo, ayudan a trasladarlos a diferentes actividades.

Integrarlos a la comunidad
Los adultos viven en “la casita”, espacio en el que disponen de mayor autonomía y que los separa de los más chicos. Danatro admite que la convivencia entre adultos y jóvenes debería evitarse, pero a su vez reconoce que no se puede dejarlos sin atención. “En la medida en que no encontremos lugares adecuados que le brinden todo lo que le queremos brindar, que sobretodo es dignidad, debemos seguir haciéndonos cargo”, afirma.

El centro pretende bajar el promedio de edades de quienes reciben su atención. Principalmente, lo que busca dar formación y apoyo para un egreso. La idea es lograr que se integren a la comunidad a través de formación y trabajo, pero este último no es fácil. “La cantidad de muchachos que quedan hasta avanzada edad es por la falta de oportunidades”, afirma. Según la directora, “en el caso de la discapacidad intelectual es muy difícil (que consigan trabajo) porque requiere apoyo de supervisores”.

Luciano puede decir el nombre de la mayoría de las plantas que siembran: los diferentes tipos de tomates, las flores y los usos culinarios del zapallo. La presencia más importante en la huerta no son sus plantas, sino Bartolo, el espantapájaros que ellos mismos construyeron.
Lo que más desea Luciano es encontrar una forma de ser independiente. Tiene 16 años y ya ha realizado varios cursos y talleres. Le gustaría ser cocinero y comprarse una casa en Ciudad Vieja, donde vivía su mamá.

Principalmente, su sueño es poder “encontrar un futuro para salir de INAU y despegar”. Despegar es una palabra que muchos de ellos usan para referirse al egreso, como una forma de crecer y poder vivir con la mayor autonomía posible, es una palabra que les da esperanza.

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