¿Alguna vez el exdirector, auténtico cerebro y motor de Cinemateca Uruguaya, Manuel Martínez Carril, fue a una sala de cine en un shopping? Sí, claro, muchas veces, dice.
¿Alguna vez el exdirector, auténtico cerebro y motor de Cinemateca Uruguaya, Manuel Martínez Carril, fue a una sala de cine en un shopping? Sí, claro, muchas veces, dice.
La emoción estática
La emoción estética en Martínez Carril viene por otro lado. Confiesa a El Observador, con una sonrisa casi vergonzosa, que nunca lloró en una sala de cine.
–¿Recuerda cuándo vio Noche de circo?
–Sí, en su estreno, en el cine Plaza (según la página cartelera.com.uy, fue el 1º de abril de 1954.) Un cine Plaza que tenía mucho público, como todos los cines de Montevideo, pero que además podía llevar películas de Bergman. Su programación era bastante selectiva, no el tipo de programación que hoy se ve en los cines comerciales. Hoy día, hay un par de salas de cines comerciales donde hay una programación dirigida a un público exigente, por ejemplo el Alfabeta.
Pero esto no es nada novedoso: esta fue desde siempre la bandera de Cinemateca.
Exactamente una década después, en 1964, la película más vista en Uruguay, con casi 108 mil espectadores, fue El silencio, de aquel ignoto sueco llamado Ingmar Bergman. Sobre ese limo social, tan deudor de la generación del 45 y tan diferente del de hoy, Cinemateca abonó su terreno hasta el presente, con generaciones que pasaron por sus salas y aprendieron a ver un cine que no llegaba al país por otros medios.
“El cine húngaro, búlgaro, polaco, los disidentes soviéticos como Tarkovski: todos fueron conocidos en Uruguay gracias a Cinemateca, porque hubo una continuidad de público exigente y, a la vez, esto fue también una base para la formación de espectadores”, recuerda el crítico y gestor cultural.
Martínez Carril también rememora los inicios de la Cinemateca, formada por un grupo de gran heterogeneidad. “Esos hombres tenían amor por una expresión cinematográfica libre, cuya intención era la formación de espectadores y crear sensibilidad”, dice.
–¿Cómo se logra esa independencia cuando la cultura está identificada con la izquierda?
–En el mundo no es así, pero sí es cierto el caso para Uruguay. Nosotros intentamos, a lo largo del tiempo, ser independientes y eso nos trajo varios problemas, porque éramos independientes de muchas cosas, incluidos los sectores políticos. Tuvimos un gobierno que pretendía que los sectores culturales fuéramos “compañeros”. Me refiero al período donde la hegemonía y la verdad revelada era del Partido Comunista, un partido que desapareció: lo que hay ahora es otra cosa, que es diferente. Nosotros en Cinemateca éramos independientes de todo, básicamente en lo económico. Los políticos siempre desconfiaron de nosotros.
Martínez Carril defiende una postura artística que aporta formación a la sociedad, pero sin enarbolar banderas de partidos.
“La expresión artística siempre es disidente. El artista siempre es disidente. Infiere que en la realidad hay cosas que están mal o hay cosas que faltan. Inventa en ficción realidades donde esos temas terminan expuestos. Hacer eso significa estar en contra del poder establecido”, dice.
Y agrega: “Uno de los momentos más creativos en la Unión Soviética en materia de arte fueron los comienzos de la revolución hasta que en 1921 vino el estalinismo y se terminó. Ahí vino el ‘arte popular’, para que llegara a los campesinos. No quiero decir que esto esté pasando en Uruguay, pero esa mentalidad donde ‘nosotros tenemos la verdad y, por consiguiente, somos sus dueños, pero además tenemos el derecho a hacer que los demás la repliquen’, me parece totalmente absurda”, opina.
–Volviendo a la historia de la institución, ¿cómo fue el período durante la dictadura?
–En 1976 es cuando se produce el intento de clausura del Teatro Circular y unos pocos días después, el de Cinemateca. Les dijimos a los militares que teníamos a una cantidad de gente detrás, que no queríamos perjudicarlos. Eso llevó a una negociación de varias semanas. Decidieron algo así como: “Bueno, qué se le va a hacer”. Nosotros teníamos el respaldo de asociaciones internacionales de varios países y había límites que no era conveniente que traspasaran. Además, en Estados Unidos había ganado (Jimmy) Carter. Los servicios de inteligencia uruguayos sabían de los lazos con el cine. Luis Elbert, Jorge Traverso y yo, que estábamos prohibidos por el régimen, publicamos un libro con financiamiento de la Embajada de Estados Unidos. Era como decir: ‘Ojo que acá estamos nosotros’. El gobierno militar tenía una debilidad cierta con respecto a nosotros”.
As time goes by
Luego vinieron los años de la apertura democrática, los años del descubrimiento de un nuevo cine uruguayo, de la mano del regreso de varios directores al país (Beatriz Flores Silva y Esteban Schroeder, por ejemplo), de los trabajos de Mario Jacob y Walter Tournier y del arribo de la tecnología del U-matic, que permitía un video de calidad, más barato y práctico que el caro celuloide.
Después vino la crisis y el cierre de algunas salas, la disminución de los socios, las reivindicaciones sindicales. Luego de ese naufragio, del que Cinemateca no ha terminado de recuperarse, la institución reclamó una ayuda económica al Estado, sobre todo para salvar el rico archivo fílmico que posee.
“El desinterés del Ministerio de Educación y Cultura por el patrimonio cultural de Cinemateca es brutal. La Comisión de Patrimonio no hizo nada para evitar que se perdieran las películas de Enrique Amorim. Hay otras que están desapareciendo para siempre, porque no ha habido ni hay una política de interés por parte del Estado y esta indiferencia traspasa todos los partidos políticos… Pero unos demostraron más y otros menos interés. Curiosamente los más interesados fueron los partidos tradicionales”, cuenta Martínez Carril.
–¿Por qué?
–Durante la anterior administración del Frente Amplio a nivel nacional, se nos impone la frase: “Tenemos que encontrar la fórmula para hacer redituable Cinemateca”. Como si fuéramos la Warner Bros. “¿Cuál es el plan de negocios?”, nos preguntaban. ¿De qué estamos hablando? ¿Estamos hablando de gestión cultural o estamos hablando de otra cosa? Cuando se nos impuso que utilizáramos tal agencia de publicidad y tal estudio de asesores, si no, no se liberaba el dinero, estamos hablando de intereses concretos que tiene un sector del Frente. ¿Qué tenemos que ver nosotros con esa visión? Pretendíamos explicar cómo había sido posible en años difíciles, como los de la dictadura y anteriores, que en Uruguay existieran instituciones privadas e independientes y rentables: la experiencia editorial, por ejemplo, de Arca o de Banda Oriental. Todo eso existió sin que hubiera fondos públicos. El problema con el archivo es que el día en que se quiera verlo, ya no va a existir. Me hacía mucha gracia cuando (la ex ministra) María Simon decía que el Estado había recuperado la casa de Enrique Amorim en Salto, el Chalet de las Nubes, y que ahí se iban a proyectar las películas de Amorim. Pero las películas ya no existen.
–Usted también ha sido crítico con los proyectos que se financian por parte de los fondos públicos. ¿Por qué?
–Si uno observa la decadencia de las conductas artísticas de mucha gente que hace arte (literatura, cine, etcétera), es cada vez más complaciente, cada vez más simplificado, y el populismo hace que todo se nivele hacia abajo. ¿Qué se produce? Cada vez hay más películas conformistas. Las películas que las instituciones locales han apoyado son filmes sobre carnaval, fútbol. Eso es populismo, no es expresión cinematográfica.
Futuro incierto
Manuel Martínez Carril empezó escribiendo críticas de cine en varios diarios de Montevideo, con la misma amplitud de Cinemateca: en El Popular (comunista), en El Sol (socialista), en la revista Imagen (católica), en La Mañana (colorado).
Más tarde, fue la cabeza y el corazón de Cinemateca durante casi cuatro décadas. En su 60º aniversario, Martínez Carril ve cómo la institución navega por aguas inciertas. El mundo donde se forjó y vivió ya no existe más. Cinemateca tiene el desafío de sobrevivir sin su timonel y sin el apoyo estatal en un futuro cercano lleno de peligros.