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Hay un viejo proverbio estratégico que dice que no se debe tirarle a un pájaro con un cañón. Debe haber una proporcionalidad entre el objetivo a conseguir y el medio a emplear. A eso me gustaría referirme. Una vez alguien me dijo: “…si no lo tomas a mal, para mí vos sos un economista de barrio”. Lejos de ofenderme lo tomé como un elogio a la amalgama entre la Agronomía práctica que me enseñó a mirar la relación orgánica entre las cosas y la Economía teórica que me enseñó a entender el modelo abstracto que guía el movimiento de los negocios.

La categoría “país” que usan los economistas es una simplificación peligrosa, por ser demasiado cómoda. Una vaca tendrá la misma respuesta fisiológica aquí o en Holanda porque la agronomía es universal. Pero es evidente que si llamamos “país” a Uruguay con sus 3 millones de personas, no podemos llamar “país” a China con sus 1400 millones o a Estados Unidos con sus 300 millones y tres veces nuestra renta per cápita. Estamos hablando de unidades económicas demasiado heterogéneas. Tenemos alguna autonomía de decisión y acción, pero estamos condicionados por circunstancias materiales concretas: la geografía y la escala. Nuestros caminos nacionales deben empaparse de esa realidad (con sus luces y sombras).

Los grandes países tienen grandes problemas y ensayan soluciones colosales. Pondré dos ejemplos arbitrarios actuales: control de natalidad en China y administración municipal en Estados Unidos. En el país comunista se flexibilizarán las duras leyes del hijo único que tuvieron orígenes en Zhou Enlai hace 40 años; el equilibrio demográfico con la India está ahora en juego y hay que garantizar los consumidores para las batallas de supremacía económica del siglo XXI. En Estados Unidos se produjo hace unos meses una quiebra municipal de 20 mil millones de dólares en Detroit, ciudad símbolo de la industria automotriz (con la mitad de habitantes que Montevideo). Ambas decisiones dramáticas y gigantescas con impacto en la vida de miles de personas. Verdaderos cañones para defenderse de los problemas que los amenazan. Proporción entre medios y fines.

Reflexionen por un instante sobre sucesos similares en la óptica de Uruguay. Nuestras discusiones sobre control de natalidad se resolvieron en 2013 por el voto de un solo diputado que impuso un criterio sui generis: antes de interrumpir el embarazo hay que tener una entrevista con un grupo de consejeros. ¿Se imaginan gestionar el problema demográfico chino con estas herramientas? En relación a la administración municipal, la Intendencia de Montevideo declaró que tendrá que pedir 300 millones de dólares para nivelar el flujo de caja del año. ¿Será suficiente para el concordato de Detroit? No me pronuncio sobre las dos soluciones criollas: ni me gusta la ley que se votó, ni me parece razonable que la IMM tenga problemas de caja. Lo que llamo la atención es sobre la escala de los problemas en Uruguay. Quien intente trasplantar mecánicamente soluciones de grandes países (en tamaño), para atacar los problemas de la aldea irremediablemente se equivocará. No tiene sentido tirarle a un pajarito con un cañón: tenemos que pensar un poco más en profundidad y dejar de copiar ideas de revistas de aviones. Hay que ser creativos, sin cometer la tontería de inventar la rueda nuevamente. A los pajaritos se les tira con hondas, no con cañones.

En la agropecuaria debemos trabajar sobre el ajuste, sobre la mejora continua de lo conseguido en la década, que es mucho. Ya pasó la época de los rubros insólitos y las soluciones mirabolantes. La gente no es tonta: las empresas que sobrevivieron a las devaluaciones de 1982 y 2002 entienden bien sus opciones. El grueso del sector primario e industrial ha conseguido con sacrificio estar saneado financieramente y con un patrimonio positivo que administrar.

¿Debilidades? Varias. Débil inserción internacional, baja densidad en cadenas de valor, poca eficacia en ejecución del gasto público. ¿Fortalezas? Muchas más. Las empresas ahora conocen el mundo y se conocen más a sí mismas.

En los 70 nos mareamos en el fútbol, cuando quisimos jugar como Holanda renegando de nuestra rica herencia. Ahora, en una realidad mucho más competitiva, vamos sin complejos a jugar el Mundial de Brasil 2014 con nuestra propia identidad. ¿Es tan difícil entender quiénes somos y sentir orgullo por lo que hacemos, sin complejo de inferioridad? Cultivemos el sello propio.

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