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Sus padres se escaparon de Polonia el 16 de junio del 1939, dos meses y medio antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial, alertados por la ocupación nazi en Austria y Checoslovaquia. “El único país que daba visas a los judíos era Bolivia y yo estoy acá gracias al cónsul de Bolivia en Varsovia”, cuenta Mauricio Wainrot, de 68 años, coreógrafo de gran trayectoria y director del Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín de Buenos Aires desde 1999.

El argentino presenta junto al Ballet Nacional del Sodre (BNS), desde hoy y hasta el 26 de junio, la obra El Mesías, cuya versión corta fue creada en 1996 para el Ballet Real de Bélgica, con música de la obra homónima de Georg Friedrich Händel. La puesta ya lleva más de 11.000 entradas vendidas luego del récord de ventas de la producción anterior de la compañía, El Corsario, con 20.628 localidades.

“Mi mamá tenía una amiga del conventillo de Varsovia, entonces se vino a Argentina. Cuando llegó, la guerra empezó y a los dos años habían matado a todos. En la familia de mi papá eran seis varones y mataron a sus cinco hermanos y a sus padres. Y del lado de mi mamá eran nueve, y a cuatro hermanas, un hermano y el papá los mataron; la mamá de mi mamá murió en la Primera Guerra”, comenta el exbalairín. “Lo increíble es cómo en una generación se podía cambiar tanto. Mi padre entró a Argentina en forma clandestina en el baúl de un auto y yo vivo ahora en Palermo Chico, que es la zona más cara de Buenos Aires”.

Ese hijo de judíos sobrevivientes que hablaban yidis y se instalaron en un conventillo de Villa Crespo, de un padre que se inició como comerciante arreglando zapatos, es hoy una de las figuras más destacadas de la danza contemporánea. Este año fue nominado al Benois de la Danse en Moscú, en el Bolshói, uno de los premios más prestigiosos de la danza, por su obra La canción de la tierra.

Wainrot ha trabajado para medio centenar de compañías, entre ellas el Ballet Real de Bélgica y el Julliard Dance Ensemble de Nueva York y creó títulos como Carmina Burana, La Tempestad y Anna Frank, una de las obras más emblemáticas y viscerales del autor, que en setiembre se exhibirá en Buenos Aires para festejar los 30 años de su estreno.

Su primera incursión en la danza y su primer “fracaso” fue a los 6 años, cuando su padre lo llevó a la Escuela Nacional de Danzas. “Eran todas nenas con sus mamás y me asusté. Le dijeron a mi papá, ‘muy lindo su nene, pero es muy tímido, tráigalo el año que viene”, pero no volvieron.

A los 17 años Wainrot comenzó a estudiar teatro con Carlos Gandolfo, quien lo impulsó a ser bailarín por las condiciones que presentaba. Su incursión tardía en la danza, a los 20 años, no le impidió adquirir un lugar de reconocimiento y convertirse más tarde en coreógrafo. Pero su padre no pudo verlo bailar, ya que falleció cuando Wainrot tenía 17, pérdida tras la cual el argentino empezó su carrera.

En la entrevista, en una de las salas de ensayo del Sodre, el coreógrafo se muestra extrovertido, conversador y aficionado a la cultura (escribe poesía y ha incursionado en el cine). Llama la atención que no tiene pelos en la lengua a la hora de hablar de sus logros, pero lejos de la soberbia, su discurso remite a la experiencia de una persona que se ha construido a sí misma.

¿Qué cambios ha notado en el BNS desde que llegó a presentar en 2011 Un tranvía llamado Deseo a ahora con El Mesías?

Lo bueno de esta compañía es que hay mucha gente nueva permanentemente. Le da buenos bríos y además un artista tiene que estar buscando nuevos sitios siempre, si te quedás, te estancás. Soy coreógrafo freelance desde hace más de 25 años, trabajé con 49 compañías, algo que no muchos han hecho, y me ha enriquecido mucho.

¿Cómo ve la compañía en comparación con tantas otras con las que ha trabajado?

Me parece excelente, creo que es una de las mejores de América Latina y Julio (Bocca) tiene una visión fantástica de lo que quiere, los coreógrafos que invita, los maestros. Este teatro, además, es maravilloso. Son pocas las compañías que yo conozco que tengan un espacio para trabajar tan bello como este.

¿Desde la danza contemporánea, cómo evalúa al BNS?

La compañía tiene una base muy clásica, entonces los trabajos contemporáneos la enriquecen, es nuevo para el público. Tener una obra de (Jiří) Kylián es un lujo, no hay muchas compañías en Latinoamérica que cubran su obra. En Argentina nunca la estrenamos. Es excitante estar acá y ver bailarines de tantos países diferentes.

¿Se ha popularizado más la danza contemporánea en los últimos tiempos?

Se popularizó totalmente. Hay lugares donde hay más danza contemporánea que clásica y tiene más público, por lo menos joven. Me molestan los rótulos. A veces la gente le tiene un poquito de miedo a la mezcla y le encanta rotular y además quiere que le expliquen, pero el arte se siente, no se explica. Van a museos y leen Goya y es como que se despiertan, les llama la atención el nombre, pero no la obra.

¿Qué significa El Mesías en el contexto de su obra?

El Mesías es una de mis obras más importantes. Lo que me pasa es que yo hago las obras para mí, no las hago para el público ni para dejar un mensaje, yo soy un artista como un pintor que se pone a pintar un lienzo y si después vende la obra bien, y sino también. La monté en 11 compañías, el año pasado en Riga (Letonia). Me están pidiendo mucho esta obra porque creo que hay como una necesidad de contactarse más espiritualmente. No es religiosa, pero tiene mucha espiritualidad. Este año la hice en Buenos Aires después de ocho años y fue impresionante lo que pasó. Yo no sé si es por la decadencia política que estamos teniendo, pero la gente venía, lloraba y se emocionaba. No es una obra triste, sin embargo es muy bella, con escenografía y vestuario de Carlos Gallardo que son maravillosos, como un cielo. Esa obra la hice cuando cumplí 50 años como un agradecimiento a la vida por todo lo que había dado hasta ese momento. Después me quitó muchas cosas, o sea que no sé si la haría de vuelta de la misma manera. Pero la muerte forma parte de la vida y la respuesta a El Mesías creo que es La canción de la tierra, que hice el año pasado.

¿Por qué La canción de la tierra es la contracara?

Porque tuve muchas pérdidas en los últimos años. Desde mi madre, hasta amores y problema personales. Fueron todas de golpe. Creo que la respuesta fue hacer la obra, es de Mahler, son cinco partes y la última se llama Los adioses. Me despedí de quien me tenía que despedir en el teatro, que es el lugar más sagrado que conozco.

El Mesías es una obra con escenografía y vestuario creados por Carlos Gallardo. Después de tantos años de pareja artística y en la vida, ¿cómo es trabajar sin él?

La vida sigue. La canción de la tierra iba a ser la obra que íbamos a hacer juntos cuando tuvimos el accidente en el que Carlos murió (sucedido en 2009). Quedó archivada durante cinco años hasta que pude hacerla con una persona maravillosa como Graciela Galán. Acabamos de hacer una ópera en el Colón, El barbero de Sevilla y hemos configurado una sociedad de trabajo excelente, como la que tenía con Carlos, como un milagro.

Antes se refirió a la situación de Argentina. ¿Qué opina?

La veo muy mal, este gobierno que tenemos hace 11 años no me gusta nada, primero que no soy peronista, y cada vez hay más peronismo en Argentina, entonces cada vez me siento más solo. Ser peronista es casi como una religión, va mas allá del raciocinio. Mi papá era socialista, estoy más cerca del socialismo y además los gobiernos populistas me parecen horribles, porque te dan un Stalin, un Chávez o un monstruo como Fidel Castro. Me gustan los gobiernos que cambian, lo que pasa en los países civilizados.

¿Se ve yéndose del San Martín?

Estoy muy viejo para moverme. Yo viví 15 años fuera de Argentina y volví en 1999 para ver qué pasaba y me fue muy bien. El San Martín es mi proyecto de vida. No me veo yéndome. Yo quiero el dulce de leche, los pocos amigos que me quedan, me importa mucho el coaching, ayudar. Me encanta que Julio me haya invitado y estar en Uruguay, que es estar enfrente de mi casa.
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