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Rayuela fue desde el principio mucho más que una novela. Fue un manifiesto, una bandera, un grito de liberación, un poema de cientos de páginas, un laberinto, una temeridad. Se publicó en el momento justo, como si hubiera sido la concreción de un plan superior. En junio de 1963 el mundo estaba preparado y ansioso por devorar las letras en español que se escribían en América Latina. Y Rayuela le dio a ese mundo pasajes de una prosa elegantísima, una atmósfera poética cautivante, personajes capaces de sobrevivir fuera de la novela y una manera agresiva de relacionarse con el lector, descarada, dándole dos estructuras sugeridas de lectura y alentándolo a que creara otras.

Rayuela fue una novela de culto desde que se publicó, pero ese culto fue masivo y desde el inicio fue un tópico de discusión que se ha mantenido a través de estas décadas. Se siguen vendiendo unos 30 mil ejemplares de la novela cada año y es citada con respeto aún por quienes no pudieron con ella.

Su autor es uno de los artistas que ha trabajado con más elegancia y profundidad el idioma español. Su erudición era fabulosa, su preocupación metafísica era profunda y sin embargo fue su actitud lúdica, por encima de todo lo demás, lo que lo destacó para siempre como persona y -felizmente para tantos lectores- como escritor.

El ganador del premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, aprendiz confeso de Cortázar y uno de sus compañeros de ruta cuando estalló el Boom Latinoamericano, define esa característica mejor que nadie. Es un placer escuchar al peruano hablar de su colega argentino: “Probablemente ningún otro escritor dio al juego la dignidad literaria que le dio Cortázar ni hizo del juego un instrumento de creación y exploración artística tan dúctil y provechoso. Pero diciéndolo de este modo tan serio, altero la verdad: porque Julio no jugaba para hacer literatura. Para él escribir era jugar, divertirse, organizar la vida —las palabras, las ideas— con la arbitrariedad, la libertad, la fantasía y la irresponsabilidad con que lo hacen los niños o los locos. Pero jugando de este modo la obra de Cortázar abrió puertas inéditas, llegó a mostrar unos fondos desconocidos de la condición humana y a rozar lo trascendente”.

Esa actitud porfiadamente consciente de Cortázar por desafiar las reglas de los juegos que él mismo inventaba fue la que le hizo titular Rayuela a su novela más ambiciosa y alentar al lector a crear sus propias reglas para leerla. Y eso más allá de las instrucciones que el autor anuncia, por las cuales una versión del libro es lineal y termina en el capítulo 56 y en la otra intercala un centenar de capítulos más, aunque mantiene el orden del 1 al 56. Los primeros 20 capítulos a leer, siguiendo este sistema, son el 73, 1, 2, 116, 3, 84, 4, 71, 5, 81, 74, 6, 7, 8, 68, 9, 104 y 10.

Pero esa no es la dificultad esencial ni la característica más saliente de Rayuela. El laberinto de esa novela es más complejo que un puzle. Los escondrijos de la anécdota están a veces tan camuflados en entre las ramificaciones, que se hace imposible encontrar un significado confiable.

Otra vez Vargas Llosa lo explica de forma magistral: “Nada es allí reconocible y seguro: ni el rumbo, ni los significados, ni los símbolos, ni el suelo que se pisa. ¿Qué me están contando? ¿Por qué no acabo de comprenderlo del todo? ¿Se trata de algo tan misterioso y complejo que es inaprensible o de una monumental tomadura de pelo? Se trata de ambas cosas”.

Novela joven

Es de alguna manera curioso que a pesar de las dificultades –y de cierta forma de prueba de inteligencia que Cortázar parece que le hiciera al lector de Rayuela–, que la novela se haya impuesto con tanta fuerza entre los jóvenes de distintas épocas.

Es común el caso de lectores que adopten el gíglico o alguna variación de ese dialecto que se introduce en la novela. También se han independizado personajes tales como la Maga, que adquirió un estatus de deidad con vida propia más allá de las palabras que la definen en la novela.

Cortázar ha dicho que no escribió la novela pensando en un público joven, y de sus palabras se puede inferir que casi fue al contrario, que la novela estaba pensada para un público maduro, experiente en las lides de desentrañar significados por medio de la lectura.

Rayuela tiene una fama bien ganada y revolucionó el ambiente literario en español como ningún otro libro. Sin embargo, en opinión de muchos -y evidente para quien escribe- el genio de Cortázar brilla con más intensidad en sus cuentos y viñetas.

En Historias de Cronopios y de Famas Cortázar crea sus propios estereotipos, que sin embargo son imposibles de traducir. Se intuye lo que es un “cronopio” o un “fama” o una “esperanza” pero el arbitrio de cada lector es definitivo a la hora de juzgar, y no puede haber dos lectores que lleguen a las mismas conclusiones.

Los cuentos, tanto fantásticos como realistas, contienen algunas de las mejores páginas que se han escrito en español. Desde aquel célebre Casa tomada, un cuento en el que no sucede nada sobrenatural de forma explícita pero que la actitud resignada de los protagonistas, casi despreocupada, crea una atmósfera de angustia creciente provocada por una entidad desconocida que se apodera del universo del cuento y de la mente del lector.

En La noche boca arriba y Axolotl, el mundo del realismo más cotidiano se disuelve en la magia, por medio de un pase sencillo, que Cortázar trasmite como inevitable. En cambio, El perseguidor es totalmente realista, aunque la descripción del auge y caída del genio del jazz a través de la narración de un crítico de música llega a la indagación metafísica de una realidad permeable hacia otra dimensión, igual que en sus cuentos más fantásticos.

Rayuela, como dice Vargas Llosa, es el manifiesto revolucionario. Los cuentos de Cortázar son la revolución. A los 50 años de ese manifiesto famoso es una oportunidad tan buena como cualquier otra para volver a leer a este fenómeno de las letras hispanas. Por el placer, nomás, de reírse, asombrarse y emocionarse.

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