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Cristina Fernández de Kirchner tiene un aliado que, en sus peores momentos, siempre la ayuda a recuperarse de sus traspiés: la propia oposición política argentina, que en los últimos días volvió a darle una inestimable ayuda.

La presidenta estaba atravesando uno de sus peores momentos. Agobiada por los indisimulables problemas económicos –incluyendo el temido regreso del desempleo, el peor trauma social argentino de los últimos años–, Cristina había lanzado una denuncia de conspiración casi universal.

Desde los “arbolitos” que venden dólares en la city porteña hasta los funcionarios de Barack Obama, todos eran parte de un plan con el objeto de desestabilizar su gobierno. Así lo denunció Cristina, para quien está claro que hay un afán por sabotear y dar por terminado su “modelo” y, además, enviar un mensaje respecto de qué le espera a los países que se animen a desafiar al establishment financiero internacional.

Las declaraciones de la presidenta –que incluyeron una advertencia sobre un posible atentado contra su persona– sonaron exagerados a tal extremo que, más que críticas, habían motivado ironías y chistes en las redes sociales. Mientras tanto, el gobierno de Estados Unidos prefirió ignorar las acusaciones, aunque funcionarios de la administración Obama filtraron en la prensa que las denuncias de Cristina eran “inverosímiles”.

En semejante situación, todos los análisis políticos apuntaban a que el kirchnerismo se encontraba en un estado de debilidad y ya no solo se dudaba sobre su derrota electoral, sino que hasta se ponía en duda que pudiera llegar a completar el año de mandato que le falta.

Pero en Argentina la política es dinámica, de tal forma que pocas semanas después, la presidenta encontró la forma de recuperar su imagen. El pie se lo dio la propia oposición, al plantear que una vez en el gobierno, pondría en revisión –y posiblemente derogaría– una larga lista de leyes aprobadas durante la etapa kirchnerista.

En esos escenarios de polarización, el kirchnerismo siempre encuentra una forma de quedar bien parado.

Como afirma el analista Jorge Asís, “el peor de los productos del cristinismo es el anticristinismo ciego”. “Es tan peligroso y equivocado como el cristinismo negacionista. El que no asimila la mínima crítica. Y contraataca con descalificaciones globales”, sostuvo.

Los opositores que hablaban de derogar se referían a las iniciativas más cuestionadas. Tales como la recientemente aprobada ley de abastecimiento –calificada por los empresarios como ley de “sovietización de la economía”–, la de terrorismo económico, la modificación del Código Civil que permite pesificar contratos en dólares y la reforma del Banco Central, que expandió sus límites para financiar el gasto estatal.

Sin embargo, los reflejos políticos de Cristina Fernández quedaron una vez más en evidencia. Y planteó que los opositores querían derogar sus logros de mayor apoyo popular, como la nacionalización de la petrolera YPF –que en su momento fue apoyada por el 85% de la ciudadanía–, la reestatización del sistema jubilatorio y la instauración del programa social conocido como Asistencia Universal por Hijo.

Los líderes opositores como Sergio Massa y Mauricio Macri se vieron obligados a salir a aclarar que no pensaban privatizar las jubilaciones, ni devolverle YPF a los españoles de Repsol, ni derogar los planes sociales. El gobierno consideró esto como un triunfo, sobre todo porque los opositores, en su momento, se opusieron a varias de estas medidas.

El tema llenó los diarios y la TV, dando así un respiro al gobierno, que sintió que se debilitaba el argumento opositor de que los problemas económicos eran producto del gasto estatal.

Pero la frutilla de la torta para este contraataque kirchnerista llegó, imprevistamente, gracias a la tecnología aeroespacial.

En medio de una polémica se realizó el lanzamiento del primer satélite argentino, que brindará servicios de telefonía, televisión y acceso a internet.

El proyecto había sido lanzado por Néstor Kirchner en 2006, demandó la inversión de US$ 270 millones y fue diseñado y desarrollado por científicos argentinos en la base Bariloche del Instituto Nacional de Investigación Aplicada.

El lanzamiento del satélite fue transmitido en vivo por la televisión y relatado por Víctor Hugo Morales, que hizo un paralelismo entre el satélite y el “barrilete cósmico” con el que en 1986 bautizó a Diego Maradona.

Las redes sociales y los medios se llenaron de mensajes emocionados de orgullo nacionalista, tras este evento que le permite a Argentina sumarse al selecto grupo de naciones que domina la tecnología satelital.

Y Cristina no dejó pasar la oportunidad. Dio un mensaje en cadena televisada, en el cual se mostró emocionada, exaltó que el país haya alcanzado la “soberanía satelital” y, sobre todo, apuntó a tocar el autoestima de los argentinos.

Su mensaje fue que este logro no habría sido posible si no fuera porque hubo un gobierno que reestatizó un servicio que estaba en manos de privados sin vocación para invertir. Y que se requería liderazgo político y un protagonismo del Estado.

En otras palabras, que con la oposición en el poder, no habría festejo por el satélite.

“Si yo no hubiera ganado las elecciones en el 2007 o no las hubiera ganado en el 2011, ¿hoy tendríamos este Arsat en el espacio?”, se preguntó Cristina.

Y agregó su mensaje tranquilizador: “Estoy muy contenta, porque estoy segura de que los satélites no se pueden derogar”.

Lo que la presidenta demostró es que, a pesar de todos sus errores, el kirchnerismo tiene un discurso de fuerte llegada a la población. A fin de cuentas, Argentina es un país donde todos los veranos hay apagones, donde viajar en tren es una aventura de riesgo extremo y donde peligra la importación de medicamentos por la escasez de dólares.

Pero, aún así, Cristina encontró la forma de replantear el argumento preferido por todos los presidentes: si gana la oposición, viene el desastre.

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