Cuando la literatura quedó cegada de laberintos
Hoy se cumplen 25 años de la muerte del escritor argentino Jorge Luis Borges, uno de los mayores poetas del siglo XX, creador de universos tan inverosímiles como reales
Bibliotecas circulares e infinitas, laberintos, espejos que consiguen que la imagen que se posa delante sea invisible, relojes, ciudades en las que viven seres imaginarios e inmortales, arenas del tiempo y de la nada… Todos y cada uno de estos universos, que trascienden las fronteras de lo literario, fueron creados por un solo hombre: Jorge Luis Borges, un escritor que de tan clásico aún se mantiene vivo después de 25 años de su muerte.
En suma, que estos 25 años sin Borges, ese poeta ciego que ha dedicado su vida a la erudición y que de pronto es reconocido en cualquier rincón del mundo, sirvan para recordar a un hombre con sus grandezas y bajezas –es inolvidable recordar que Borges se entrevistó con Jorge Rafael Videla y lo encontró un caballero–, capaz de crear entre esos dos abismos títulos como El otro, el mismo y Elogio de la sombra.
Por Fernando Loustaunau *
Parece sabio dejar pasar algunos años luego de la muerte de una celebridad para volver a pensar la obra. En el caso de Borges el tiempo, algo que tanto le supo obsesionar, juega a su favor. A pesar de su escepticismo, el futuro borgiano no puede ser más venturoso.
Si bien la palabra cosmopolita es algo provinciana (ya que alude a lo que podían conocer los griegos), a Borges le va. Es que sus fuentes son susceptibles de ser rastreadas en Islandia, en Oriente, en la cultura inglesa y occidental. Y en una interpretación personal del mundo criollo. En Argentina se usa el término rioplatense solo para aludir a un uruguayo famoso, aunque su vínculo con ese país sea escueto. No se dice rioplatense por ejemplo a Esteban Echeverría, que vivió sus últimos 11 años en Montevideo.
Es imposible detallar los lazos que unían (y hasta separaban) a Borges con Uruguay. Por tanto no sería mala idea vivirlo como rioplatense. Su abuelo, el coronel Borges, era oriental. Y de esa rama, también lo era el historiador Luis Melián Lafinur. Por su madre no lo es menos; desciende de los Haedo, en cuya casa del Prado (zona que integraba el Paso Molino) pasó parte de su infancia. De ahí su amistad con Enrique Amorím, esposo de Esther Haedo, y sus idas a la ciudad de Salto. Tenía borrosos recuerdos de Fray Bentos y hasta llegó a confesar que allí fue concebido (y es el lugar donde opera Funes, nada menos). A veces nombra a Emilio Oribe, a Pedro Leandro Ipuche.
Lo cierto es que escribió sobre Figari, trabajó para Botana y se instaló en el montevideano hotel Cervantes. De Susana Soca se ríe en secreto, pero le dedica un sentido homenaje póstumo. Soca lo publicó en su revista parisina La Licorne en 1947, cuando su fama no pasaba de la región. Tenía cierta obsesión por un Uruguay decimonónico y no dejó referencias sobre la modernidad batllista, algo de lo que fue contemporáneo. Profesó devoción por la montevideana Ema Risso Platero y hay cartas –inéditas aún– que lo certifican. Dijo sí públicamente que Risso Platero le hizo saber de errores que cometió sobre Japón, país donde ella vivió años. La política le parecía menor.
Pero eso no justifica disparates. Pasó de un nacionalismo cultural a un antiperonismo furibundo y hasta apoyó a las dictaduras argentinas. Ignoró la importantísima raíz indígena de su nación en defensa de una occidentalidad que, en la región, solo quiere para su Argentina. En El inmortal, citando a Cartaphilus, dice: “Cuando se acerca el fin, ya no quedan imágenes del recuerdo, solo quedan palabras”. Y sus palabras son un mundo insondable y maravilloso.
*autor del libro Emma, karma de Borges.