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Este 1º de mayo, el cine festeja un gran aniversario: El ciudadano, de Orson Welles, cumple 70 años desde aquella noche en que se exhibió por primera vez en Nueva York, sin éxito.

Depende de cada país llamarlo Ciudadano Kane, Citizen Kane o incluso El mundo a sus pies, pero lo que es unánime es el reconocimiento que se le debe como uno de los trabajos cinematográficos más discutidos del siglo XX. Con 9 nominaciones al Oscar (de las que sólo ganó una a mejor guión), sus contemporáneos la estimaron en mucho menos de lo que lo hicieron los espectadores posteriores al año 60, cuando fue reestrenada.

Si la generación actual tuviera chance de conocer al director en el momento de crear su película, en 1941, consideraría obligatorio desempolvar este clásico que a veces desprecia o ignora, con indiferencia con la que encara todas las demás cosas que estén en blanco y negro. Orson Welles trabajó con la vitalidad y el empuje de un verdadero innovador. Porque no puede tener nada de tradicionalista un joven que a los 25 años decida mostrar en la pantalla grande una historia casi idéntica a la biografía de un poderoso contemporáneo (el magnate periodista William Randoph Hearst, de quien Welles utiliza incluso los apodos íntimos con que éste llamaba a su amante). Nunca podrá ser calificado de antiguo un director que, sin haber estudiado cine, haya mirado 40 veces La diligencia, de John Ford o que haya exigido contar con el mejor fotógrafo del momento, Gregg Toland. Tampoco es propio de un artista ortodoxo gastar la escandalosa broma de emitir por la radio una versión demasiado realista de la novela La guerra de los mundos, en la que los marcianos atacan la Tierra. No. Una figura así nunca se conformaría con rodar una película convencional. Y así, Welles sólo se conformó con lanzar al mundo un verdadero clásico.

Es sabido que la pintura, la literatura y las demás artes corren todas una misma suerte: los buenos alcanzan una eternidad irrevocable. Del género que sea, un clásico resiste el tiempo y está dispuesto a mostrar sus credenciales de obra maestra a pesar del transcurso de los años. En este caso, el arma que El ciudadano ha sabido esgrimir contra el olvido durante 7 décadas no es solo, por ejemplo, haber usado la técnica de profundidad de campo. Este recurso lo abrsobió del fotógrafo Gregg Toland, quien lo aprendió a su vez de John Ford, el director favorito de Welles. Tampoco radica en haber fascinado a los espectadores con la novedad de una estructura narrativa fracturada en el tiempo. Esto lo habían hecho ya varios escritores antes que él, como Virginia Woolf en Las olas, 10 años antes, o William Faulkner, casi al mismo tiempo, en ¡Desciende, Moisés! Ni siquiera reside su éxito en los originales cambios de perspectiva en que la cámara se mueve entre altos y bajos, achicando o agrandando los personajes para hacerlos aparecer grotescos o deformados.

La grandeza del filme es todo eso, y más. Es haber tomado de lo nuevo, lo mejor, y haberlo empleado todo para contar mejor una historia que bien podría haberse sacado de una clásica tragedia griega. En lo que Welles invirtió sus innovaciones fue en profundizar sobre un drama humano de todos los tiempos: la caída espiritual y moral de un personaje que se dejó cegar por el poder y las riquezas. El ciudadano Kane no es sólo el muestrario de los mejores avances técnicos de Hollywood, sino una forma original de relatar un antiguo drama humano. Al fin y al cabo, el mejor arte es el que propone nuevas maneras de hablar de lo de siempre.

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