ver más

La madurez literaria, muchas veces confundida con la creación de un estilo propio, se alcanza en realidad cuando todas las virtudes de un escritor se condensan y elevan para alcanzar las cotas más altas en un solo libro, al mismo tiempo que se minimizan los defectos. En este sentido, con Herodes, Damián González Bertolino pisa ese umbral con decisión y autoridad, más allá de que se trate de una novela compleja, que necesita la complicidad de un lector avispado y paciente para revelar todo su potencial.

Autor de varios libros valiosos, como El increíble Springer, El fondo o Los trabajos del amor y elegido como uno de los 39 escritores menores de 40 años más prometedores de América Latina por el Hay Festival, el fernandino es ya una referencia obligada de la nueva literatura nacional que ha surgido en la última década con especial fuerza desde el interior de país.

Herodes resume sus textos anteriores y los supera en cada aspecto. Si Bertolino siempre tuvo una prosa destacada, aquí alcanza la perfección, ni más ni menos. Es increíble cómo, en algunos pasajes dudosos de la novela (que los tiene), la escritura finísima lo salva, ya que el lector está hipnotizado por la cadencia, el detalle y la belleza de una prosa tan refinada como elocuente.

Lo mismo sucede con su natural tendencia a desplazarse rápidamente del plano realista al fantástico, recurso que chirriaba un poco en El fondo, pero que aquí está al servicio de una historia tan contundente que se acepta con naturalidad y que, mucho más importante, presenta una dimensión antinatural muy verosímil que además se va colando sutilmente en la historia y no llega nunca a anular el plano de lo real, sino que se produce una simbiosis francamente estimulante.

Las primeras 100 páginas de Herodes son una maravilla por donde se las mire, por lejos, lo mejor que ha escrito Bertolino en su carrera literaria. Allí se presenta a los tres personajes principales de la historia: el padre viudo, la hija lisiada y la madre muerta, que no lo está del todo pues vive en los dos sobrevivientes de diversas formas.

La manera en que se relacionan los tres es sublime y se vuelve conmovedora cuando la niña de 10 años, horrorizada, menstrúa por primera vez y su padre debe asistirla con todo el pudor, el miedo y la incertidumbre que lo embargan. La secuencia que sigue, con la ida a una farmacia para buscar una solución al asunto es memorable y hay que sacarse el sombrero por el dominio y la expresividad que muestra Bertolino en esos pasajes estupendos de realismo puro.

Más adelante, cuando todo se vuelve ambiguo, cuando presente y pasado se funden, cuando comienza la posesión y aparece el fantasma (o no) y comienzan a acumularse cada vez más las elipsis, se echa de menos esa contundencia de lo real y concreto, de ese sentimiento profundo y nítido que logra plasmar Bertolino al principio y que luego abandona en parte para concentrarse en otros asuntos.

La segunda parte del libro está hecha de escenas muchas veces autónomas, que rompen el orden lógico y se sustentan por sí mismas, aunque Bertolino las une con un hilo apenas visible que mantiene al lector enganchado a la historia, por más que esta se fragmente en mil pedazos.

Este recurso de secuencias apenas conexas, si se piensa dos veces, tiene su lógica, ya que el proceso de duelo que está viviendo Jorge Montiel es caótico, como cualquiera lo es. Por eso a veces quiere suicidarse y otras veces ni se le ocurre, por eso a veces ama a su hija y otras veces le teme y se aleja, por eso puede aparecer de sorpresa frente a la tumba de su mujer para llorarla y después quemar todas sus cosas.   

Hay dos maneras de leer Herodes: tratando de entenderlo todo o dejándose llevar. De todas formas, nunca se está solo en el viaje, ya que siempre está la voz de Damián González Bertolino, nacido en el barrio Kennedy de Punta del Este, para recordarle al lector que todo es posible. 

Ficha

Herodes

Editorial: Estuario Editora
Páginas: 315. 
Precio: $ 470

Temas:

literatura libros Punta del Este

Seguí leyendo