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Balaceras, muertes, y odios cruzados, pero también abrazos, pactos, y negociaciones de todos los colores han signado la relación histórica del Partido Colorado y el Partido Nacional que ayer tuvo un nuevo capítulo con la visita -no exenta de inconvenientes- del candidato blanco Luis Lacalle Pou a la sede de la calle Martínez Trueba para encontrarse con Pedro Bordaberry.

Pero ese acuerdo no firmado para que los colorados voten a los blancos en el balotaje del 30 de noviembre viene signado por la oposición de una parte de aquellos que se consideran batllistas puros y que se niegan a convocar a los suyos para que voten al bisnieto de Luis Alberto de Herrera.

Estos encuentros y desencuentros no son nuevos y se puede decir que nacieron casi al mismo tiempo que las divisas tradicionales.

Remontándose en el tiempo, el 11 de noviembre de 1855 el blanco Manuel Oribe y el colorado Venancio Flores se pusieron de acuerdo para firmar el denominado “pacto de la Unión” por el cual ambos renunciaron a sus candidaturas presidenciales para apoyar al luego electo Gabriel Antonio Pereira.

Pero 20 años después las cosas empezaron a oler a pólvora. En 1875 blancos y colorados se dividieron entre los “principistas” partidarios de eliminar la divisas y aquellos que querían mantener todo bien separado.

Es así que los blancos principistas decidieron apoyar al colorado Jose Pedro Varela para un cargo menor -Alcalde Ordinario y Defensor de Menores- lo que llevó a los tradicionalistas a intentar robar la urna que se encontraba en la puerta de la Iglesia Matríz. El episodio culminó en una balacera durante la cual murió el principista Francisco Labandeira.

“Lo que ocurrió aquel 10 de enero no es un hecho menor. Morir abrazado a una urna de votación representa para los blancos un hecho de un enorme valor simbólico”, señala el historiador Lincoln Maiztegui Casas.

En las puertas del siglo XX volvieron las balas con la revolución blanca de 1897 pero las cosas se reencauzaron cuando, tras el asesinato del presidente Juan Idiarte Borda, Juan Lindolfo Cuestas firmó con Aparicio Saravia el “Pacto de la Cruz” que le concedía a los nacionalistas seis jefaturas políticas en el interior del país.

Luego vino José Batlle y Ordóñez y en 1904 Saravia volvió a rebelarse acusando al líder colorado de haber violado aquel acuerdo. Saravia cayó peleando, Batlle y Ordóñez empezó a moderar al país con sus ideas de avanzada y blancos y colorados siguieron uniéndose y separándose según las circunstancias.

En 1916 la fracasada propuesta de reforma constitucional para instalar un Colegiado unió a nacionalistas y riveristas contra el batllismo, y en 1931 los blancos independientes y los batllistas firmaron un acuerdo por el cual se comprometieron a apoyar medidas preacordadas como la creación de Ancap. Ese acuerdo fue rechazado por Luis Alberto de Herrera, quien lo calificó como el “pacto del chinchulín” ya que entendía que los impulsores se repartían los cargos de gobierno como si fueran achuras.

Dos años después, Herrera respaldó el golpe de Estado de Gabriel Terra que tuvo la oposición de batllistas y blancos independientes. Después de varios saltos institucionales, en 1947 Herrera y Luis Batlle Berres concretan un “acuerdo patriótico” para impulsar varias medidas de gobierno, y en 1958 los nacionalistas llegan al gobierno tras un pacto con los ruralistas que también contó con la anuencia de colorados riveristas.
En 1973 llegó la dictadura y hubo lugar para poca cosa más que no fuera la represión contra todos los partidos políticos.

Nueva etapa
Bien entrada la noche de las elecciones de 1984, el candidato blanco Alberto Zumarán -en nombre de proscripto Wilson Ferreira- reconoció la derrota del Partido Nacional frente al Partido Colorado y se fue a la vieja casona de la calle Martínez Trueba para abrazarse con el futuro presidente Julio María Sanguinetti.

Tras las primeras elecciones postdictadura, blancos y colorados comenzaron un nueva relación que empezó con el apoyo crítico de Wilson Ferreira para darle “gobernabilidad” al primer gobierno de Sanguinetti.

El nacionalista Luis Alberto Lacalle llevó adelante su presidencia (1990-1995) manteniendo una relación bastante tempestuosa con Sanguinetti que tuvo su peor momento cuando Sanguinetti respaldó el plebiscito para echar abajo la ley de privatización de las empresas públicas. En 1994 Sanguinetti volvió al poder y tuvo en Alberto Volonté, el principal referente blanco, un socio de primer orden que fungió como una especie de primer ministro del mandatario colorado. Por ese entonces, Sanguinetti empezó a difundir su teoría de las “familias ideológicas” que postulaba la unión de blancos y colorados frente a la izquierda de impronta marxista.

La posibilidad de que los partidos tradicionales se unieran bajo un mismo paraguas electoral llegó con el balotaje impulsado por blancos y colorados con el objetivo implícito y explícito de impedir la llegada al poder del Frente Amplio que venía creciendo elección tras elección. Fue Jorge Batlle quien en esa oportunidad entró a la casa del Partido Nacional para invitar a los blancos, por entonces liderados por Luis Lacalle Herrera, a sumarse a su candidatura. Batlle ganó, lo alcanzó la crisis de 2002 y en las elecciones del 2004 el triunfo de Tabaré Vázquez en primera vuelta no dejó lugar para pacto alguno entre los socios tradicionales.

En 2009, le tocó a Lacalle la tarea de convocar a los colorados encabezados por Pedro Bordaberry para que lo votaran en el balotaje en el que intentó vencer sin éxito a José Mujica. Los nacionalistas siempre le achacaron a Bordaberry su mínimo respaldo que se redujo a una convocatoria desapasionada a sus seguidores y a algunas giras por el interior del país en apoyo al postulante blanco.

La historia reciente de estos acuerdos nos muestra a Bordaberry subiendo a la tribuna instalada en el bunker blanco la noche de las elecciones del domingo 26 para respaldar tajantemente la candidatura de Luis Lacalle Pou. Ayer, el candidato blanco le devolvió el gesto visitando la casa del Partido Colorado.

Y las próximas elecciones municipales encontrarán a blancos y colorados tratando de juntar votos bajo el lema común del Partido de la Concertación. Con estos antecedentes, hay pensadores vinculados a ambos partidos fundacionales que desde hace varios años sostienen la tesis de que ya no tiene sentido la comparecencia por separado en las elecciones nacionales y proponen que lo que los comicios municipales juntarán en mayo no vuelva a ser separado en las presidenciales del 2019.

Pero, a corto plazo, el panorama político uruguayo tiene los colores del Frente Amplio y el futuro inmediato no se les presenta para nada rosado a los partidos fundacionales.

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