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Jürgen Klinsmann y Lothar Matthäus fueron las piezas claves de Alemania en el 90 para ganar la Copa el Mundo de Fútbol que se jugó en Italia. Cinco años después, en Artigas, Uruguay, nació Klisman Mateus. Al año siguiente, su padre, futbolista, nombró al segundo hijo Álvaro Alexander, en homenaje al Chino Recoba. Cuando los hermanos no habían cumplido dos años, el padre los entregó a los abuelos. Klisman y Álvaro le llaman “pa” al abuelo y hermanos a sus 17 tíos. La mayoría de ellos fueron militares. Klisman, sin embargo, se dedicó desde los 11 años a trabajar como peón rural junto a su “pa”.

Aunque parecía encaminado, el plan no resultó. “Yo salí la oveja negra de la familia. Todos mis hermanos fueron laburadores, pero yo me metí en la droga”. Klisman no consumía droga, sino que vendía. Por esa razón, por un par de robos y por algunas fugas del INAU Artigas, a los 16 años terminó en el hogar Cerrito de la Colonia Berro. “Los funcionarios me trataron como si fuera un hijo. Y los pibes que están presos ahí saben que los canarios somos respetuosos”, advierte. Logró salir del Cerrito dos veces, pero cayó por tercera vez una semana antes de cumplir la mayoría de edad. “A los 17 años yo tenía en la cabeza entrar en el Ejército, porque quería ser como mi padre, hacer una misión, ir para el Congo, conocer un poco el mundo”. Pidió ayuda a la directora del hogar. “Adriana, quiero ser milico”, le dijo. “Los gurises me decían: ‘No seas alcahuete’”. Klisman les respondía: “Cuando ustedes caigan presos, yo voy a estar en la cárcel cuidándolos”. A Klisman lo respetaban en la Colonia Berro. “Me hice respetar hablando, y si ellos querían pelear, yo iba a pelear”.

En la Unidad de Inserción Social y Comunitaria le consiguieron empleo en el Regimiento Blandengues de Artigas. Allí trabajó su padre y ocho hermanos. Todos fueron escoltas de presidentes y tienen fotos que lo atestiguan. Klisman siempre soñó con ser blandengue. Cuando se presentó en el batallón, muchos soldados ya lo conocían, lo habían tenido en la falda cuando era chico. Y lo recibieron bien. “Acá cuido caballos, estoy de guardia, barro, limpio, estoy de cuartelero, hago la fajina”. Pero para vestir el uniforme de blandengue, necesita cursar en el Centro de instrucción de reclutas, que lo hará este año. El coronel Daniel Pérez, jefe del regimiento blandengues, asegura que ha sido una buena experiencia. Y destaca, principalmente, el apoyo que ha tenido de parte de la educadora del Sirpa, Beatriz Blaz.

Hace algunos meses, Klisman volvió al juzgado de Artigas, pera esta vez con uniforme militar y para clausurar sus causas. La jueza, la abogada, los funcionarios del INAU, sus padres y hermanos fueron a saludarlo. “Mírate: antes eras malandro y ahora soldado”, le dijo uno de los funcionarios. “Yo salí torcido, pero ahora me estoy enderechando”, reconoce Klisman en portuñol.
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