De visita en Roma, Woody Allen hizo una película liviana e intrascendente
En vez de retomar la senda de Matchpoint, el célebre director neoyorquino, esta vez de paseo por Italia, decidió volver a las comedias de cajón tipo Scoop, simpáticas, sí, pero no dignas de recordar.
De A Roma con amor, la última película de Woody Allen, se puede decir que es simpática. También que es liviana, apenas reflexiva, ligera como el aire veraniego en la capital italiana, más cercana al homenaje de la comedia de enredos que a la gravedad antigua de las ruinas.
Woody Allen se ha dedicado a la postal turística. Claro, con altura, con sofisticación, con un ojo sensible y plástico, con el talento de un director que ha sabido filmar obras maestras, pero que desde hace por lo menos siete años ha elegido de manera voluntaria (a esta altura, Allen no tiene casi impedimentos fílmicos) recorrer el camino de la comedia liviana.
Desde 2005, luego de filmar Matchpoint –una película con peso dostoyevskiano, que trata temas profundos y densos y sus personajes deben tomar decisiones dramáticas– y salvo por el pequeño paréntesis de El sueño de Casandra, Allen ha optado por hacer un cine de poco peso, y fiel a su estilo, de sonrisa sutil tras un chiste inteligente más que de risotada feroz ante una situación desfachatada.
A Roma con amor no es la excepción dentro de este corpus europeo de la carrera del septuagenario Allen. La ciudad está presente en su lado más cándido, condescendiente y explícitamente positivo. Nada de calles sucias y olorosas, nada de tráfico caótico (salvo un choque fuera de plano al principio), nada de inmigrantes ilegales, nada de violencia. La prostituta VIP es simpática y habla con acento español. El ladrón armado se transforma en un amante romántico. La presencia católica es apenas una procesión en un callejón del Trastevere.
La ciudad y sus personajes (tanto los locales como los foráneos, o sea, yanquis) están demasiado estereotipados como seres cuya vida solo funcionara dentro de una película de Allen. A esta altura de los acontecimientos y luego de 43 largometrajes dirigidos, no tendría que sorprender este rasgo, pero la verdad es que en algunos casos le sale muy bien y en otros la falta de credibilidad rechina. En Misterioso asesinato en Manhattan los personajes se mueven dentro de una comedia negra con soltura y sus acciones son creíbles y lógicas. En A Roma con amor, las situaciones se vuelven caprichosas y enrevesadas (sí, muy a la italiana), y quedan acartonadas dentro de la postal del conjunto.
Esta Roma edulcorada y llena de planos filmados en la luz naranja del atardecer se parece a la París edulcorada de Medianoche en París y al Manhattan mental e íntimo de Allen, un director que tiene el talento (reconozcamos que es un talento) de trasladar a su alrededor
–como si se tratara de un campo magnético– una forma de ver la vida y por ende, el cine.
El resto del elenco está demasiado cercano a la órbita Allen: no importa que el personaje sea italiano o estadounidense, porque desde el joven Jesse Eisenberg (La red social) hasta Alessandro Tiberi (no muy conocido por estos lares) sufren la mutación camaleónica que siempre implica filmar con el viejo Woody: tartamudean, se tropiezan con las cosas, quedan atrapados en la situaciones más incómodas y su torpeza les impide salir de estas sin una vuelta de tuerca cómica.
Roberto Benigni (La vida es bella) y todo su episodio bien podrían obviarse. Se nota el guiño fellinesco: los paparazzis y las cámaras de televisión acosan a un simple hombre italiano de clase media e incursiona en el seno de su monótona vida de oficina sin justificación alguna. Incluso lo invitan a una absurda entrevista en el Telegiornale, digna de Ionesco. Hasta ahí, el chiste funciona.
Pero cuando se remarca la misma broma cuatro o cinco veces en la misma dirección, el recurso parece marchitarse. Alec Baldwin le pone la única cuota de cuestionamiento a un personaje insoportable y un tanto previsible como el de la joven Ellen Page (La joven vida de Juno).
El hallazgo más divertido de la película es cómo la carrera del personaje de Allen quiere relanzar su vida profesional a través de su futuro consuegro, un cantante de ópera en potencia que brilla solo cuando canta en la ducha. De un apartamento romano al escenario de un teatro representando al mismísimo Pagliaccio bajo un chuveiro, Allen deja ver sus mejores fintas, como un boxeador experimentado pero cansado.