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El barco que se hundió y tocó fondo a unos 3.100 metros de profundidad en el Atlántico norte hace un siglo se encuentra por estos días en una cima, pero de popularidad, una diferente a la que se vivió en 1997, por el estreno de la película de James Cameron.

El arsenal mediático que alimenta las calderas de esta titanicmanía comenzó en mayo del año pasado cuando con una solitaria bengala atravesó el cielo nocturno de Belfast, en Irlanda del Norte, en el astillero Harland & Wolff, cuna de la gigantesca nave. Una multitud aplaudió durante 62 segundos, el tiempo que demoró el buque en llegar desde el dique seco al agua. Ese acto se transmitió por televisión abierta en el Reino Unido.

Desde entonces hasta estos días la palabra Titanic ha estado cada vez más presente en boca de productores de audiovisuales, especialistas, periodistas y público en general. El reestreno, ayer viernes, en 3D del híper taquillero filme, el lanzamiento de series de televisión de ficción la semana pasada (ver recuadro), las series de documentales, los programas especiales por doquier y las excelentes páginas web de diversos medios digitales e impresos permiten reconstruir una y otra vez la larga cadena de hechos que parecen casi predestinados para la dramática resolución del asunto.

La filarmónica de Londres tocará The Titanic Réquiem, compuesto por Robin Gibb (ex Bee Gees), y se proyectarán imágenes del barco y de icebergs. El crucero Balmoral zarpó desde Southampton el pasado 8 de abril, tocó Cherburgo, en Francia, y el puerto de Cobh, en Irlanda, siguiendo la misma ruta del Titanic. El 15 de abril, en la madrugada, parará en el lugar del hundimiento. Además varias obras de teatro se están representando en Inglaterra sobre el tema.

Por si esto fuera poco, la página web de National Geographic colgó un juego interactivo donde el usuario puede ser un tripulante del barco, y de acuerdo a las decisiones que tome, se salva o no de la tragedia. Si el jugador muere, el juego le manda su certificado de defunción. Morbo y fanatismo en un solo click.

Todo lo que sostiene este segundo pico de atención en el centenario de la tragedia del RMS Titanic (la sigla inicial se refiere al Royal Mail Steamship –Vapor de Correos Real– nombre genérico que llevaban los transatlánticos ingleses de la época), ha iniciado en el mito a nuevas generaciones, ha despertado a algunos ingenuos (el diario Los Angeles Times habló con jóvenes que no sabían que la película estaba basada en hechos reales), ha sacudido a los nostálgicos de todas las edades y renueva la pasión por volver al relato de una historia que no puede dejar de contarse.

La titanicmanía volvió de nuevo. Pero esta vez es posible escuchar otras campanas, más allá de la voz de Celine Dion.

La segunda es la vencida

La tensión narrativa de las historias de quienes iban en el barco superan por lejos las caras melifluas de Leonardo DiCaprio y Kate Winslet. Dentro de las más de 1.500 anécdotas referidas al Titanic (cuyas biografías se pueden leer en la recomendable página web www.encyclopedia-titanica.org), hay algunas más cercanas porque tres de los fallecidos en la madrugada de aquel 15 de abril de 1912 fueron uruguayos: Ramón Artagaveytia, Francisco Carrau y su sobrino José Pedro Carrau.

Las motivaciones de estos uruguayos eran diferentes. Artagaveytia pertenecía a una familia adinerada y administraba campos en la provincia de Buenos Aires. De origen vasco, había ido a Europa en un largo paseo y había pasado a visitar familiares por Bilbao. Abordó el Titanic en Cherburgo. Desde ese puerto mandó una carta a la familia donde alababa los lujos del barco, que tocó brevemente Irlanda y se adentró en las inmensidades del océano.

Artagaveytia, con 72 años en 1912, de joven había sobrevivido al hundimiento del América, un barco que se incendió en el Río de la Plata. Muy pocos se salvaron y Ramón había podido llegar nadando a Buenos Aires.

En el Titanic también tuvo opción de salvarse pero no lo hizo. “No se salvó por caballero, porque tenía lugar en un bote”, contó a El Observador Xavier Artagaveytia, nieto de un sobrino de Ramón, quien no dejó descendencia directa.

Su hermano Manuel lo esperó días y días en el puerto, ansiando su regreso, así como también sus sobrinas, a las que de sus sucesivos viajes siempre les traía regalos caros, según escribió Horacio Artagaveytia en un libro sobre la familia. A cuatro días del naufragio, el cuerpo de Artagaveytia apareció flotando en la superficie. Llevaba un reloj que marcaba la hora en que se había detenido (dos horas después del naufragio) y conservaba en sus bolsillos unos pequeños lingotes de oro. Estos objetos, así como la carta, fueron devueltos por la empresa White Star Line y todavía están en poder de la familia. Cuando el cuerpo llegó a Uruguay lo enterraron en el cementerio Central.

Tío y sobrino

Por su parte, los Carrau habían ido a Europa en viaje de negocios. Habían estado primero en Galicia y luego se trasladaron a Londres, desde donde escribió Francisco, muy contento por los contratos y los préstamos en libras que había conseguido para su empresa.
Los Carrau se embarcaron en Southampton y seguramente durante el viaje hayan trabado contacto con su coterráneo.

“Mi padre simpre hablaba con cariño del ‘tío Paco’ y cada vez que recordaba el accidente del Titanic lo hacía con afectación”, contó a El Observador Ernesto Carrau, sobrino nieto de Francisco Carrau.

Recordó que en la familia siempre circuló la anécdota del viaje del “adulto” Francisco (tenía 28 años) con el joven José Pedro, entonces de 17 años. “El viaje era más formativo, para iniciarlo en el negocio familiar. Parece que Francisco dijo que se lo llevaba gurí y lo traía siendo hombre”, narró Carrau, que hoy continúa al frente de la empresa de la familia.
Su abuelo esperó días y días por la vuelta de su hermano. La información era poco clara en Montevideo. No se sabía si el barco había chocado o se había hundido. Llegaban los nombres de los sobrevivientes y allí no estaban los Carrau. Recién en julio de 1912, la familia recibió una carta de la White Star Line: informaba que los cuerpos no aparecieron y que se los daba oficalmente por muertos. A diferencia de Artagaveytia, los cuerpos de los Carrau nunca aparecieron.

Más allá de esto, no deja de ser un dato interesante que Uruguay tuviera tres tripulantes en primera clase, Argentina y México uno cada uno, siendo los únicos países latinoamericanos en el barco en ese sector. Hubo tres tripulantes argentinos más, dos en tercera clase que no sobrevivieron, y una sirvienta hija de irlandeses que sí lo hizo.
La frutilla en la torta será mañana domingo, cuando a las 21 horas el canal History Channel emitirá un documental de aniversario, donde algunos integrantes de la familia Carrau dan su testimonio (ver cartelera).

El eterno retorno

Hace poco un grupo de expertos que bajó hasta los restos del naufragio más famoso y más reproducido de la historia, afirmó que en 50 años solo quedará la carcasa de hierro, porque el herrumbre está carcomiendo toda la estructura. En un radio de casi cinco kilómetros cuadrados alrededor del buque partido, los investigadores han encontrado objetos del barco.
Aparte de todo lo que se ha rescatado del lecho marino, el Titanic sigue provocando intangibles, sigue convocando a muchas generaciones que se cautivan con una historia que parece tener dentro una carga de moral griega o bíblica: los hombres desafiaron a los dioses construyendo una nave lujosa e inhundible. Los dioses vencieron pero los hombres lo regresan a flote en el recuerdo.
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