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Todo empezó bajo el agua, en las vertientes del río Támesis. La imagen zigzagueó por un pequeño arroyuelo donde jugaban dos niños, atravesó un puente, cruzó un pueblo, voló por encima del río que parte el sur de Inglaterra como una línea en el mapa pero que la cámara del director Danny Boyle lo muestra como el camino natural para llegar a Londres, el centro del mundo deportivo hasta el 12 de agosto.

Del río al estadio olímpico y al fondo de la historia inglesa moderna. Una colina de césped y flores silvestres se yergue en medio del estadio. Un establo, una choza, una huerta y animales para arar.

De pronto, el rostro del actor Kenneth Branagh llena las pantallas. Con una galera dieciochesca y liderando a un grupo de señores inversores, decide levantar una fábrica. Al instante brotan del suelo cinco enormes chimeneas que tiran humo. Los cientos de campesinos se ven invadidos por otros cientos de obreros que entran por los costados y fabrican acero de colores. Forman un círculo que se eleva y se funde con los cinco anillos olímpicos. La revolución industrial como marca inglesa registrada. Luego vino la tragedia de la guerra, la oscuridad y la solemnidad, y luego el colorido y la frescura de los Beatles, los Who, los Rolling Stones, Queen, superponiendo canciones y años en que lo brit invadió en mundo con su mejor cara.

Fue un recorrido por el tiempo y la música que incluyó frente a las narices de una reina Isabel escoltada por el mismísimo James Bond que simuló una llegada en paracaídas hasta los rebeldes Sex Pistols. Estaban todos los que exportaron al orbe un ícono creado en las islas de la eterna bruma.

Tampoco faltó Mister Bean, en un pequeño sketch que parodió a Carros de fuego. Ni la tecnología mezclándose en la ceremonia porque ¿qué son los ingleses sin un toque de humor?

Fue una gran ópera con tono wagnereano, con miles de extras y coreografías, tecnología aplicada a un espectáculo, que se despegó de la grandiosidad de la edición anterior en Beijing y basó su éxito en la cercanía y el conocimiento cultural que tiene el mundo de la cultura británica. Y dio resultado.

A su manera, Boyle y el legado de su país lograron conmover a los millones de ojos puestos sobre las pantallas, porque claramente fue una ceremonia pensada en el espectador más que en el asistente al estadio.

Un viejo y acorchado slogan del Partido Conservador de la década del ’90 rezaba: “Back to basics”. Ayer, bajo la noche inglesa, la batuta de Danny Boyle se acercó mucho a ese legado lleno de tradición.

Si había alguna duda sir Paul McCartney, el emblema vivo de esta tradición, cerró una fiesta llena de pompa y circunstancia.
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