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Los casos se suman: dos líderes históricos de la extrema derecha española fueron detenidos en Barcelona y una red neonazi fue desbaratada en Alemania la semana pasada. Ese tipo de episodios recorren habitualmente la agenda informativa europea, a mitad de camino entre las noticias políticas y las policiales, desde la posguerra hasta ahora.

Sin embargo, las acciones de los grupos ultraderechistas del viejo continente ocurren hoy en un escenario político diferente, alentadas por el avance de los partidos extremistas en las urnas.

La fórmula se repite. Al igual que en la década de 1930, el replique de los azotes de la economía estadounidense sobre Europa en forma de desempleo y pobreza generó el caldo de cultivo para el auge de los expresiones más extremistas. Pero la crisis actual aporta ingredientes propios, como lo son los importantes ajustes fiscales, que implican menos prestaciones sociales y más impuestos. Las medidas de austeridad exigidas por La Troika (Fondo Monetario Internacional, Unión Europea y Banco Central Europeo) agitaron, además, los sentimientos ultranacionalistas.

Las adversidades económicas también le sirvieron a la extrema derecha para buscar culpables entre las minorías que, en estos tiempos, le tocó en suerte a los inmigrantes, a los que se responsabiliza de los delitos y de ocupar puestos de trabajo que les corresponderían a los nativos.

Los discursos de los líderes xenófobos dejan de lado las alusiones raciales para centrar sus ataques en el multiculturalismo y ven en el islam la principal amenaza.

Elecciones

El discurso de la ultraderecha caló hondo en el electorado, como lo prueba el histórico resultado que obtuvo la candidata del Frente Nacional, Marine Le Pen, en la primera vuelta de los comicios franceses de abril. El éxito de la formación llevó al propio presidente y candidato Nicolas Sarkozy a radicalizar su discurso para captar esos votos en el balotaje.

Le Pen consiguió 17,9% de las preferencias gracias a una postura abiertamente contraria a la diversidad cultural y la inmigración, y así logró superar la hazaña lograda por su padre (Jean-Marie Le Pen) cuando en 2002 logró pasar al balotaje con Jacques Chirac al alcanzar 16,9% de los votos.

Le Pen va por más. El negarle apoyo a Sarkozy en la segunda vuelta fue interpretado por los analistas como parte de una estrategia de la dirigente para liderar la derecha francesa en el futuro.

En Grecia, el avance de la ultraderecha –más fanática que la representada por Le Pen– fue sorprendente aunque la dejó lejos del guarismo que mostraron los franceses. La formación Aurora Dorada cosechó en las pasadas elecciones parlamentarias 7% de las voluntades, que se traducen en 21 escaños.

Avance

El éxito electoral de ese partido, cuya iconografía se asemeja a la cruz esvástica nazi, es rotundo si se tiene en cuenta que en los anteriores comicios apenas se ubicó en el 0,2%. El discurso de Aurora Dorada se apoya en el fuerte descontento que existe en el país con el sistema político a raíz del descalabro económico y los severos ajustes exigidos por La Troika.
La fuerza neonazi reclama la expulsión de los inmigrantes y su líder, Nikos Mijaloliakos, pidió “minar las fronteras” del país.

Semanas atrás, el xenófobo Partido para la Libertad se retiró de la coalición de gobierno en Holanda que conforman liberales y democristianos por su oposición a reducir el déficit fiscal contemplado en el acuerdo firmado por la mayoría de los socios europeos a fines de 2010.

En Austria, el descontento reinante con la actuación de socialdemócratas y conservadores, que gobiernan en coalición, colocó al derechista Partido de la Libertad al a cabeza de algunas encuestas de cara a las elecciones de 2013. La extrema derecha sorprendió a Europa cuando, en 2000, el líder de esa fuerza política, Jörg Haider, ingresó al gobierno austríaco.

Por otra parte, el gobierno de Viktor Orbán en Hungría adoptó a fines del año pasado una nueva constitución calificada por los analistas como ultraconservadora y populista y la Unión Europea advirtió por el giro “antidemocrático” que está tomando ese país.

Los politólogos señalan que las expresiones neofascistas en los países de Europa del este adoptan un tono más nacionalista y, en ocasiones antisemita, de lo que se observa en el resto del continente.

En cambio, en los países escandinavos el fenómeno de la ultraderecha comenzó a declinar tras un vigoroso ascenso.

En Finlandia, Dinamarca y Noruega los partidos extremistas retrocedieron en las últimas elecciones celebradas en cada uno de los países, aunque captaron en torno a 10% de los votos.

En el caso noruego, la caída ocurrió luego del atentado cometido por el extremista Anders Breivik, quien mató a 77 personas el año pasado.

Por su parte, los politólogos no ven a la ultraderecha con mayor espacio para crecer en Europa pese al descontento social reinante, ya que los electores rechazan las propuestas de esos partidos.

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