La semana pasada, la presentadora de TV Barbara Walters se retiró del aire tras su extensa trayectoria en los programas The View y ABC News.
La semana pasada, la presentadora de TV Barbara Walters se retiró del aire tras su extensa trayectoria en los programas The View y ABC News.
Con sus 84 años, Walters ha sobrevivido a la gran mayoría de los avances tecnológicos que la llevaron a los hogares de todo Estados Unidos, primero como una chica que solo servía té en el programa Today durante los años de 1960; luego como la primera mujer co-conductora de un informativo central a mediados de 1970; seguido por 35 años como la gran dama de la entrevista televisada, adaptando sus habilidades en una era en donde las noticias motivan conversaciones y las estrellas sufren colapsos nerviosos.
Ella es una de las últimas buenas oyentes de Estados Unidos, que se permitió preguntar todo lo que la audiencia quería saber, todo eso sin poner el foco de atención sobre sí misma.
En su carrera televisiva, desarrollada más que nada en ABC News, se preocupó por las personas y los tópicos “más fascinantes”. Hizo de su escucha una marca registrada, incluso cuando empezó a co-conducir el programa matutino The View en 1997.
Las personas que comparan The View con un gallinero ruidoso no prestaron demasiada atención a que su valor se encuentra en que cada una de las participantes se escucha, incluso en los momentos de mayor cacofonía. Allí, sobre la izquierda del set, Barbara Walters estaba escuchando y esperando para opinar. En este mundo reaccionario, ¿quién espera para poder participar?
Hace semanas, cuando V. Stiviano, la compañera del dueño de Los Angeles Clippers, Donald Sterling, tuvo que elegir a un empático inquisidor para dar a conocer su parte en el escándalo, fue donde muchos presidentes, primeras damas, estrellas de cine, déspotas, criminales, candidatos, leyendas de rock, héroes y villanos fueron anteriormente: ante la transparente mirada de Walters.
La entrevista, que se transmitió el 2 de mayo en 20/20 (un programa que Walters ayudó a rescatar), no será recordada por mucho más que el último de la larga lista de logros de Walters. Fue un largo camino desde aquella entrevista con Fidel Castro en 1977, de seguir al presidente Richard Nixon en China en 1972. Incluso de su entrevista de dos horas con Monica Lewinsky en 1999, vista por entre 50 y 74 millones de espectadores, una cifra imposible de alcanzar hoy en día por eventos no deportivos.
Luego de no conseguir la nota con el mismo Sterling, Walters se conformó con el premio consuelo: una entrevista de siete minutos con Stiviano, donde la entrevistadora –bendita ella– intentó decodificar el arreglo entre un millonario de 80 años y su amiga de 31. Hoy en día, Walters funciona como la abuela de Estados Unidos, elegante e incesablemente inquisitiva, dispuesta a preguntar cualquier cosa.
Con sus años, Walters perdió un poco su agudeza y se hizo vulnerable a las críticas por ser demasiado gentil o aliarse con sus sujetos. Desde que Estados Unidos se embelezó con su contrato de U$S 1 millón con ABC en 1976, su propia fama se tornó difícil de separar de la fama de sus entrevistados. Su sinceridad a veces se cruzaba con su trato señorial.
No importa si estaba en una zona de guerra o en la ceremonia de los Oscar, ella nunca era una mera mosca en la pared. Su presencia otorgaba significado y su primicia era la entrevista exclusiva. Estos logros se transformaron en todo. Y en lugar de ceder territorio, Walters luchó por lograr más entrevistados que sus competidoras (Oprah Winfrey, Katie Couric, incluso su rival dentro de la señal Diane Sawyer y ahora Robin Roberts, cuyas carreras le deben mucho a Walters).
La nota de Barbara Walters en cualquier momento (sea una guerra, un escándalo, una secuela) significaba que las cosas habían llegado a un cenit. El furor no podía llegar más alto. Sea quien fuere, cualquiera sea la historia; luego de la entrevista con Barbara todo terminaba. La historia había sido agotada y comenzaba su descenso.
La conductora (que permanecerá disponible cuando y si el deber llama) también sobrevivió a las despedidas rituales que solían estar solo destinadas a sus pares masculinos. Las despedidas parecieron ser superficiales y en casos, nominales; por ejemplo, la ceremonia de nombramiento en su honor de uno de los edificios de ABC News. Su partida, que fue anunciada hace un año, tomó a los programas del jueves y el viernes de The View, seguido por una retrospectiva de dos horas.
Algunos recordarán a Walters como la mujer que le preguntó a Katharine Hepburn qué tipo de árbol sería. ¡Esa infame pregunta! Hepburn fue la que lo trajo a colación, diciendo que a veces se sentía como un árbol. ¿Preguntarle qué tipo de árbol se siente, no es lo que un buen oyente hace?
Pero ya era demasiado tarde, Walters se convirtió en la abuela que le pide a la gente que se imagine como un árbol. Así comenzó el desdén por la gran entrevista televisiva, que de cualquier manera todos miraban.
Cuando se vaya, otros llenarán el vacío. No hay escasez de medios que invitan a famosos e infames para que se sienten en sofás y cuenten cómo se sienten.
Pero con la partida de Walters, la televisión pierde a uno de sus oyentes más neutrales. También pierde a uno de los cada vez más escasos espacios seguros.
Walters podrá haberse suavizado con el tiempo, pero no hay que subestimar el valor de un espacio seguro en una cultura donde parece que se prefiere el ridículo, la sátira y la constante interrupción como una forma de conversación.