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Con casi cuatro décadas de carrera, Djavan Viana se puede dar el lujo de atravesar diferentes ritmos dentro de ese universo llamado MPB (música popular brasileña), incursionar en el jazz fusión y el funk, pisar el territorio del samba y del pop. Y con esa versatilidad propia de los tipos con talento musical, siempre caer bien parado cuando se presenta en vivo.

Eso es lo que sucedió en la noche del mércioles en el Auditorio del Sodre, donde Djavan, a los 65 años, brindó un show que recorrió varios de sus discos emblemáticos, sus canciones más clásicas que soportan con altura el paso del tiempo y también algunos temas de su disco nuevo, Rua dos amores, de 2012, que si bien demostraron tener un ritmo y un swing innatos se parecieron demasiado y no brillaron como las otras.

Djavan se dedicó desde el comienzo a crear ambientes. Acompañado de una banda compacta que sonó de maravillas (y donde se destacó especialmente el bajista, Marcelo Mariano, y la sección de vientos) y de una voz que fue aterciopelándose con el correr de las canciones, este hombre nacido en Maceió apareció primero vestido con un muy formal saco gris perla, pantalón al tono y un corbatín fino al cuello ante un público fiel que ya tenía cautivado antes de que comenzara el show.

La progresión del espectáculo fue en paralelo con el atuendo del artista que, ya luego de la primera canción (la que le da el nombre al último álbum), se quitó el saco y quedó en camisa, porque los decibeles iban subiendo. En un par de temas el tecladista invitado fue Hugo Fattoruso.

Al promediar el show, la banda salió del escenario y una luz cenital apuntó sobre el cuerpo de Djavan, que solo con una guitarra en mano y sentado en un taburete en una pose casi de meditación convirtió el enorme Auditorio en un lugar cálido e íntimo, cercano. Allí brillaron temas como Mal de mim, Oceano y Retrato de vida, con música de Dominguinho. En varios de estos temas, el público acompañó con emotiva entonación los momentos en que Djavan les dio la palabra y los dejó cantar.

Luego de este intermezzo intimista, la banda volvió a escena y otros climas surgieron entonces en canciones que pasaron de bases jazzísticas a por momentos tener bases dignas del big band, para sorprender enseguida con un samba roqueado.

Djavan se sacó la camisa, apareció con una remera rosada e invitó a la gente a que dejara la quietud de las butacas y se aproximara al escenario. La auténtica y descontracturada fiesta brasileña se desplegó dentro del muy formal Auditorio. La gente se acercó la escenario, saludó y le dio la mano a Djavan, y sacó cientos de fotos y filmó con sus celulares.

Los bises fueron a toda fiesta, con la instropección de Nem un dia, que luego dio paso a dos himnos coreados por todo el público: Se y Sina.

Aunque no tocó algunos imprescindibles, como Faltando un pedaço, Djavan dio un show generoso y de calidad, acorde a la dimensión del gran compositor que es.
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