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Cuando en 2012 Terrence Malick estrenó El árbol de la vida, parecía que la narración sobre el paso de la niñez a la vida adulta en el cine (lo que en inglés se denomina coming of age movies) había alcanzado un pico. Se trató de un filme mágico, que tuvo el poder de acercar los recuerdos propios del director con los del espectador, en una deriva vital que tenía como centro la pregunta por el sufrimiento, que es, en definitiva, la pregunta por la vida.

Dos años después, otro cineasta texano pudo superar el logro de Malick con una película que no solo es única y quizás irrepetible en la historia, ya que fue filmada con los mismos actores a lo largo de 12 años, sino que ha sabido condensar de forma más natural y cotidiana lo profunda pero sencilla y fugaz que es la existencia.

Este ha sido (¿quién más podía ser?) Richard Linklater, que con su cinta Boyhood (Momentos de una vida), que ganó el Oso de Plata en el Festival de Cine de Berlín a mejor director, con un filme que sea seguramente la mejor película de este año.

La cinta, que se estrenó el jueves en el marco del 13º Festival de Cine de Montevideo (ver horarios en el recuadro) y que lo hará comercialmente en las salas uruguayas a partir del 16 de octubre, cuenta la historia de Mason (Ellar Coltrane). Linklater sigue a este personaje desde los 6 a los 18 años en su vida social y familiar, junto a su madre divorciada (Patricia Arquette), su hermana Samantha (Lorelei Linklater, la hija del director) y su padre (Ethan Hawke).

Este último, que ha actuado en ocho películas de Linklater y a quien el director pidió que terminara la cinta si él moría, ha evolucionado con cada personaje que interpreta y cada vez más se asemeja a un ser real, de esos que conocimos en algún momento o que podemos cruzarnos a la vuelta de la esquina. Pero no es el único, ya que en Boyhood incluso los actores en roles secundarios rebasan naturalidad.

El tema del tiempo siempre se ha demostrado central para el director, de 54 años, ya sea en el período de filmación o a través del lapso en el que se desarrollan sus películas en la ficción (en tiempo real en Tape y Antes del atardecer, por ejemplo, o en el lapso de una noche en la primera película de esta trilogía, Antes del amanecer, que se cierra notablemente con Antes de la medianoche).

Junto al trío de cintas románticas, con Hawke y Julie Delpy, el espectador tuvo la oportunidad no solo de ver en la gran pantalla a una pareja a lo largo de tres décadas, algo que nunca se había hecho en cine, sino de verse reflejado en el espejo de una generación en temas como la ilusión amorosas, el peso de la madurez, la vanidad y el individualismo.

También con la pregunta por la maduración como leitmotiv, Boyhood resulta un experimento único, aunque en este caso el proceso de crecimiento se presenta condensado en una sola película. Amén de que la cinta pueda ser deudora del quinteto de filmes de Francois Truffaut sobre Antoine Doinel o del documental británico The Up Series, Boyhood es algo que nunca se había hecho en el cine.

Legado y crecimiento

Más allá de la particularidad de la filmación, la cinta de Linklater destaca por otros aspectos en sus 165 minutos de metraje, que pasan ante la vista del espectador sin el menor dejo de aburrimiento.

La historia es, sin embargo, de una tremenda sencillez a nivel argumental y se desarrolla a través del relato de Mason y su hermana tratando de insertarse en un mundo cambiante, mientras su madre intenta reencontrar el amor y formarse académicamente, y su padre atraviesa su proceso de maduración tardía.

En el interín, pasan las mudanzas, los amigos, las parejas, las modas, las coyunturas sociopolíticas, la lectura de Harry Potter, la guerra de Irak, la campaña de Obama, Lady Gaga. Pasa el despertar a la realidad (¿No hay verdadera magia en el mundo?, pregunta Mason), el primer beso, el primer porro, la invasión de las redes sociales y su forma de moldear las interacciones. Y estas son solo algunas de las múltiples referencias a las que alude una película que necesariamente se fue adaptando con el paso del tiempo.

A diferencia de otras cintas del director, que en ocasiones se centraron de forma un tanto excesiva en la palabra, Linklater encuentra en Boyhood una economía de discurso exacta. El realizador se balancea más hacia lo gestual y los silencios, como si le pasara lo mismo que a Mason quien, desencantado por ese mundo de significantes ausentes de significado, dice en un momento: “Las palabras son estúpidas”.

Tal vez porque la película fue acompañando el crecimiento de su propia hija, Linklater capta con asombrosa precisión el habla de los niños y de los adolescentes, y también la forma en que los adultos interactúan con ellos. Porque, en definitiva, el filme es también una ventana a cómo, en su necesidad de que los jóvenes sean una prolongación mejorada de ellos, los adultos les transmiten sus frustraciones, obsesiones y transforman la pretensión de normalidad en un automatismo prefabricado. Algo de eso viene con la escena en la que le regalan a Mason una Biblia, un rifle y un traje para su cumpleaños.

En el medio están la necesidad de libertad como forma de saltear ese “nicho preestablecido” y la desilusión de que ni siquiera los adultos tienen la respuesta, pero también la certeza de que, pese a la confusión general, la vida siempre está ahí, lista para maravillarnos.
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