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El cine sudamericano está en el debe con su historia. Sobre la reciente, pero sobre todo sobre la pasada, la del siglo XIX, la que está preñada con los dolores de parto de unas independencias de la corona española que sangraron a lo largo de casi 100 años hasta la llegada del 900.

A partir de 2010, con los festejos del bicentenario del inicio de las revoluciones contra el poder español, se encaró por parte de varios países el proyecto llamado Libertadores, una serie de ocho películas sobre diferentes próceres y caudillos de América. Una de ellas fue la uruguaya Artigas, la redota, de César Charlone, y otra fue la argentina Revolución, el cruce de los Andes, dirigida por Leandro Ipiña. Otros proyectos incluían al cubano José Martí, el brasileño Tiradentes, el chileno Bernardo O’Higgins y el peruano Túpac Amaru. Algunas de ellas no se han filmado todavía, o están en proceso de filmación.

Venezuela, por su parte, encaró la producción de Libertador, una película sobre parte de la vida de Simón Bolívar y de sus proyectos políticos en América del Sur. Con la dirección de Alberto Arvelo y el papel protagónico como Bolívar para Edgar Ramírez (el venezolano que ha trabajado en Hollywood y en Europa, y que hace poco rodó la vida de Roberto “Manos de Piedra” Durán), la película, que se filmó en 2013 y se estrena en julio en Venezuela y Estados Unidos, tuvo un enorme presupuesto de
US$ 50 millones, según publicó la revista Variety.

Cuenta además con algunas actuaciones especiales, como la de Danny Huston, hijo del gran director John Huston, en el papel de un diplomático inglés que negocia con Bolívar y lo pone contra las cuerdas de lo pragmático frente a lo utópico.

Por lo que se ve en el tráiler, la película parece una mezcla de El señor de los anillos con 12 años de esclavitud y El patriota. La ensalada no pretende ser una crítica sin haber visto el filme. Porque sabemos que los tráilers son más que engañosos. En todo caso, se editan no para que sean representativos de la película en cuestión, sino para dar una sensación de impacto y de grandiosidad, sobre todo si, como en este filme, en la trama hay contenidos épicos.

Se ven ejércitos cruzando cordilleras escarpadas y llenas de nieve, ríos caudalosos surcados por canoas comandadas por indios de cuerpo pintado, cámaras aéreas que captan batallas infernales llenas de efectos especiales. El heroísmo, la guerra y los afanes de libertad están por todo lo alto. Tampoco falta la biografía. Bolívar se educa con su maestro, viaja a Europa, conoce otras realidades, vuelve a su país (aunque él creerá que es todo un continente) y siente ansias de liberarlo del poder colonial que lo sujeta y lo acogota. No se soslaya el lado humano del prócer que acostumbra a estar en una estatua de bronce. Bolívar se hace amigo de los esclavos, come con los soldados, tiene amantes, atraviesa pantanos, llanos, esteros y montañas; ataca, destruye y crea como un dios. Y, como dice el eslogan, no conquista, sino que libera.

Este es el punteo de lo que vi en apenas tres minutos ultracondensados de una película que dura dos horas. El filme tiene la estética de una gran superproducción de Hollywood, una característica que no es ni buena ni mala en sí misma, aunque muchas veces esas películas pequen de maniqueas y simplistas. Esperemos que no sea el caso de Libertador, un filme que promete sobre un personaje que en la última década está detrás de muchos discursos políticos de la región.

Muy de a poco, la deuda fílmica con la historia de América se va saldando. Una historia que posee toneladas de materia prima para entregarles a guionistas ávidos de contar anécdotas tan épicas como increíbles, que hay que chequear su veracidad para darles crédito.

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