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Borges escribió un cuento maravilloso titulado El Aleph, que habla de un punto donde están todos los puntos. En economía, el Aleph es la competitividad.

La globalización llegó para quedarse y todos los países compiten entre sí. Quienes van mejorando su competitividad verán a su gente vivir relativamente mejor y lo contrario también sucederá. Por lo tanto, no hay tema más importante para un país que focalizarse en mejorar su competitividad.

Se trata de un concepto a la vez sistémico (sus efectos recorren, como la savia o la sangre, cada rama de actividad) y holístico (todo influye en todo). Para captar la profundidad de su incidencia, pensemos que existen cuatro factores de producción: trabajo, tierra, capital y capacidad empresarial. Pero a esos factores básicos se agregan los impactos de las políticas públicas y hasta del marco de valores que gobierna la sociedad.

Recordemos a los viejos anarquistas que decían: “Pelea por la tuya, pero con tu trabajo bien hecho”; esos valores se perdieron en muchos segmentos de nuestra sociedad, que hoy pelean sin cuartel por sus derechos, sin aportar nada en materia de cumplir con sus obligaciones. Pensemos que en Brasil, gobernado por el Partido de los Trabajadores, no se conoce una ocupación de una industria.

Y por supuesto la educación hace a la competitividad, porque el trabajo debe tener alta productividad y para eso la gente debe estar bien formada, lo contrario de lo que viene pasando en nuestro querido país. La política de salud también es clave porque la fuerza de trabajo del país debe estar sana y fuerte. Y la seguridad cuenta porque nadie quiere invertir donde será secuestrado o asaltado.

Y la infraestructura debe ser correcta para bajar costos improductivos. Y la energía debe ser abundante y barata para poder producir más y mejor, y como ejemplo basta el tema del riego, que puede duplicar la productividad de la tierra pero que no se expande en Uruguay porque la energía es demasiado cara.

Y los impuestos no deben ser pesados; si no comparemos a Paraguay con IVA al 10% y Renta al 10%, con Uruguay con tasas de IVA al 22% (aunque con unas supuestas rebajas de 2 y 4 puntos) más IRAE al 30.5% (25 más 7 al distribuir utilidades).

Y el tipo de cambio no debe transformarse en una trampa mortal como ya nos pasó dos veces: en 1982 y en 2002; el tipo de cambio debe ser relativamente alto y para eso hay que abrir más la economía (para aumentar importaciones); repagar adelantadamente deuda externa en tiempos de bonanza y no al revés (para que el gobierno compre y saque del país dólares con pesos sobrantes de impuestos, claro si controla sus gastos para generar un superávit); permitir a la AFAP invertir fuertemente en el exterior (también para que compren dólares con pesos sacados de los salarios) y medidas en estas líneas para que aumente la compra interna de dólares y así suba el tipo de cambio real.

Esto se vuelve crucial si comienza la explotación de hierro o si encontramos petróleo o gas, porque entrarían más dólares por el hierro o usaríamos menos dólares en importar petróleo, lo que bajaría el tipo de cambio real en forma funesta.

Y el marco comercial válido para el país también cuenta; no es lo mismo vender nuestros productos a mercados libres de arancel que con pesados aranceles. Las políticas sociales también son importantes, porque la mejor política social es un buen trabajo bien pago, pero si se paga por no trabajar, se afecta la competitividad de todo el sistema. Un hombre joven y sano no debe recibir nada de regalo; tampoco se debe permitir que se pare en una esquina a pedir porque nada le agrega a la competitividad del país que esas personas no trabajen y críen hijos en ese desapego al esfuerzo propio.

Y también cuenta el peso del Estado: tener más y más funcionarios públicos para darle los mismos servicios a los mismos 3 millones de habitantes, erosiona la competitividad del país. Y también cuenta el respeto a las leyes y un sistema judicial capaz, honesto y rápido. Y cuenta el crédito y el acceso a un buen mercado de capitales para impulsar inversiones. Y cuenta la burocracia y los tiempos para hacer trámites a veces inútiles. Y cuenta la innovación, la investigación aplicada y la generación de conocimientos. Y varios etcéteras.

Se prepara para asumir un nuevo gobierno; yo propongo que arme un equipo de expertos nacionales y extranjeros (chinos, finlandeses, americanos, europeos) que piensen como mejorar la competitividad de Uruguay desde ahora hasta las próximas dos generaciones, preparando un Plan Maestro de la Competitividad para Uruguay. Y conste que no se trata de ser competitivo en base a hacer trabajar a la gente por un plato de comida; varias veces el principal exportador mundial fue la cara Alemania y no la barata China. Uruguay debe salir de la mediocridad y saltar hacia la excelencia: lo podemos hacer.

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