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Ante un tema plagado de idealización como el amor y un género que habitualmente perpetúa los estereotipos como la comedia romántica, siempre es una buena noticia la aparición de una película que se aparte de la fórmula del idilio afectivo. Antes de la medianoche, la tercera parte de la trilogía de Richard Linklater, fue un ejemplo grato el año pasado de un cinta que escogió la senda de una reflexión madura sobre la vida en pareja, siguiendo el camino trazado por uno de los máximos filmes de este tipo: Escenas de la vida conyugal, de Ingmar Bergman.

Una segunda oportunidad, la nueva película de Nicole Holofcener (más conocida por su trabajo como directora en series como Six feet under y Sex and the City) no se caracteriza por la reflexión verborrágica de las dos cintas mencionadas, pero es una grata sorpresa, ya que pone la lupa sobre una actitud que mina cada vez más las relaciones humanas: la falta de tolerancia.

Otro de los aciertos de esta película, en un género en el que abundan las caras bonitas, es la química de la pareja despareja protagonizada por Julia Louis-Dreyfus y James Gandolfini. La actriz de Seinfeld es el centro del filme y triunfa en transmitir naturalidad y esa gracia casi forzada que se hace necesaria para vivir. Pero es, sin dudas, la presencia de Gandolfini la que más concita la atención, no solo porque este fue su penúltimo papel antes de morir (su interpretación final es como dueño de un bar que se involucra con la mafia chechena en la película Animal Rescue, actualmente en postproducción), sino porque Una segunda oportunidad es quizás el filme en el que el actor de Los Soprano finalmente trasciende su estereotipo actoral.

El largometraje cuenta el comienzo de la relación amorosa entre una masajista llamada Eva y Albert, un bibliotecario de televisión. Ambos son divorciados y padecen el síndrome del “nido vacío”, ya que sus respectivas hijas adolescentes se encuentran a punto de dejar su ciudad para ir a estudiar a la universidad. Todo se complica cuando Eva se hace amiga de la exmujer de Albert (Catherine Keener), una poetisa con mucho glamour y poco filtro para criticar al padre de su hija, que llena de dudas a Eva sobre la verdadera naturaleza del personaje interpretado por Gandolfini.

“Es como una consejera de viajes”, dice Eva sobre su amiga sin darse cuenta de hasta qué punto ese ser sencillo y de buen corazón que había conocido se va transformando meramente en un hombre gordo, con un diente menos, una hija esnob y en un maniático por coleccionar cepillos de dientes y sacarle la cebolla al guacamole. Al mismo tiempo, ella deja de focalizarse en lo que le gusta de él y en lo que tienen en común para hacerlo en sus defectos.

La película tiene algunos desaciertos en materia de planos y podría ser calificada como un filme menor, pero sin embargo atina en reflexionar sobre la búsqueda del amor en la madurez. Y acierta, además, en mostrar cómo ese detallismo negativo puede devenir en una obsesión cargada de crueldad, aun cuando los motivos que empujan a esta actitud no radiquen en la maldad sino en el perfeccionismo intolerante de una sociedad que hizo una norma del corto plazo, al mismo tiempo que entronizó la idea del amor romántico.
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