ver más

Semanas atrás el director de cine que hizo la película sobre el RMS Titanic reclamaba de las autoridades marítimas mundiales mayor celo para preservar el sitio del naufragio. No solo por respeto a las víctimas de la tragedia, sino también por el valor cultural que dicho barco tiene para la humanidad y para la ciudad de Belfast (donde se construyó). Creo que deberíamos hacer otro tanto con nuestro gran naufragio de la industria frigorífica: el Anglo, de Fray Bentos. Me consta que se están haciendo gestiones para declararlo patrimonio de la humanidad: sería gran cosa recuperar un pedazo glorioso de nuestra historia en la industria de alimentos para el propio Uruguay.

Cuando un grupo de pioneros se propone realizar un proyecto de gran envergadura se precisan altas dosis de confianza y creatividad. El RMS Titanic fue un prodigio tecnológico para su época y requirió de toda la ingeniería disponible y un poco más. Desafortunadamente fue diseñado para que resistiera la inundación simultánea de 4 de sus compartimentos estancos, pero no de 5 que fue lo que a la postre lo condujo al fondo del océano. En su camino se llevó el orgullo de los obreros, ingenieros y artesanos de Belfast. Han pasado 100 años de aquella tragedia y aun sobreviven como fantasmas los astilleros gigantescos donde se construyó.

Nuestro Anglo es algo similar. Para 1862, a pocos años de culminada la Guerra Grande, la ciudad de Fray Bentos asistía con curiosidad a la instalación de las primeras máquinas de la empresa Liebig. Una joint venture entre un belga (Giebert) y el famoso científico alemán descubridor del procedimiento para hacer el extracto de carne. La empresa tuvo diferentes etapas y llegó a ser una de las mayores del mundo en la rama de alimentos cárnicos. Un orgullo increíble para todos los uruguayos y extranjeros que trabajaron en lo que se conoció como “la cocina del mundo”, por su estratégico valor logístico en las guerras mundiales. Particularmente en la segunda, en donde el corned beef Fray Bentos del frigorífico Anglo (su nuevo nombre) alcanzó fama mundial.

Tras un siglo de trabajo en Uruguay (entre 1862-1962) los capitales extranjeros encontraron que las condiciones del negocio habían cambiado. La demanda post guerra se retrajo y hubo problemas puntuales con la inocuidad del producto. Pero no creo que esa haya sido la razón principal del desinterés. Se me ocurre que luego de 100 años de crecimiento económico Uruguay se había transformado en un país caro en libras esterlinas: tierra, ganado, salarios, cargas impositivas, moneda fuerte: todo había cambiado. Y como los capitales tienden a moverse hacia donde se puede encontrar una mejor rentabilidad, aquel prodigio recibió su estocada mortal: lentamente los privados fueron pasando a manos del Estado uruguayo algo que ya no era negocio. El naufragio final del Anglo es conocido.

Esta historia nuestra, tan querida y tan dolorosa, puede servirnos como disparador para una reflexión sobre nuestra actualidad. Luego de casi medio siglo de estancamiento o bajo crecimiento en Uruguay (que comienza justamente en la década del 60), a partir de 2003 cambian las condiciones internas y externas para revertir esa situación: duplicamos la tasa de crecimiento del PBI. Esto trajo como consecuencia un encarecimiento general de todos los factores productivos, particularmente los recursos naturales (tierra-agua) y la mano de obra (aumento del salario real). La carga tributaria en el país no es alta aun, en la comparación internacional, pero es evidente que se está llegando a un límite. Similitudes a observar con atención.

En carne vacuna el Uruguay viene subiendo uno a uno los peldaños internacionales, aspirando a ser nuevamente la cocina del mundo. El ícono de la trazabilidad es una demostración simple de algo mucho más complejo. Como dijo recientemente un importante empresario argentino, en el agro hay mucho futuro y sofisticación. La cadena cárnica ha avanzado en el refinamiento de los productos y procesos y los desafíos son cada día más complejos y sutiles (por la decena de nichos a los que hay que atender).

China ha emergido como un comprador de infinitas posibilidades. Se viene a sumar a la larga lista de clientes que tenemos en el mundo. ¿Cuál debería ser nuestra precaución? Que no nos suceda lo mismo que nos sucedió en 2002, cuando reaccionamos tarde y mal al desenganche macroeconómico de Brasil con su quiebra técnica del Plan Real. Para un país muy pequeño como Uruguay la relación con estos enormes icebergs debe ser algo muy estudiado: cualquier mala maniobra nos puede hacer chocar contra ellos, dañando toda la estructura.

Mantenerse flexibles, atentos y diversificados será siempre la mejor opción. Continuar nuestra búsqueda incesante del agregado de valor (no de costos) posicionando el país, las empresas y sus marcas en los nichos Premium debe ser una misión nacional. Recuperemos la historia del Anglo como punto de referencia: fuimos la cocina del mundo, podemos volver a serlo. Pero aprendamos también de los naufragios: hay que usar buenos GPS de negocios en el siglo XXI.

Seguí leyendo