Estilo de vida > Literatura

El año de Rodrigo Fresán

La novela La parte inventada le valió varios premios al autor argentino que propone reconstruir los mecanismos mentales de un escritor

Tiempo de lectura: -'

18 de agosto de 2018 a las 05:00

JORGE CARRIÓN
New York Times Service

Hasta este 2018 el escritor argentino Rodrigo Fresán solamente había recibido un premio. Un premio simbólico y local: el que la revista Lateral de Barcelona —su ciudad de adopción— le otorgó en 2004 por Jardines de Kensington, su novela más traducida. Han tenido que pasar catorce años para que llegaran el segundo y el tercer galardón, ambos de gran prestigio internacional. Consecutivos. Y en las dos grandes lenguas culturales del mundo.

El pasado 27 de noviembre le fue concedido en Francia el Roger Callois (que otorgan La Maison de L'Amérique Latine, La societé des Amis et Lecteurs de Roger Caillois y el P.E.N. Club francés); y el 31 de mayo, el Best Translated Book Award a la mejor novela extranjera (concedido por la publicación Three Percent de la universidad de Rochester). Ambos recompensan la ambición de La parte inventada, que se publicó en castellano en 2014 y el año pasado en francés y en inglés, primera parte de la trilogía a la que se ha dedicado en cuerpo y alma durante los últimos años.

Se trata de una novela multidimensional de 566 páginas que se propone reconstruir los mecanismos mentales de un escritor. El mapa arrugado y laberíntico del cerebro letraherido se dibuja a través de digresiones y analogías, recuerdos y sinapsis. El ensayo cultural sobre las obsesiones del Fresán lector (los Beatles, 2001: Una odisea del espacio, Bob Dylan, la literatura estadounidense) se alterna con la autoficción y el relato extenso sobre las obsesiones del Fresán escritor (sus padres, la infancia, Argentina como país que dejó de existir, el universo de Canciones Tristes). Ambos se funden a través de la "revelación de que la no ficción y la ficción puedan ser una sola cosa".

Aunque los dos libros que se exploran con más énfasis en la novela sean Cumbres borrascosas, de Emily Brontë, y Suave es la noche, de Francis Scott Fitzgerald, algunos capítulos parecen seguir el modelo de La contravida, de Philip Roth. Si en su novela más posmoderna el genio de Newark fabula versiones alternativas de sus experiencias patológicas, sexuales y viajeras, en su proyecto más ambicioso el argentino emigrado a Barcelona se imagina a sí mismo como músico divorciado o como escritor sin hijos.

Pero lo cierto es que la trilogía en su conjunto (el año pasado se publicó La parte soñada, el próximo lo hará La parte recordada) no se entiende sin la experiencia de la paternidad. Su hijo Daniel y el muñeco de hojalata que encontramos en las portadas de las novelas atraviesan la obra recordándonos que los hechos biográficos y los imaginados han sido siempre los fósiles que el escritor convierte en petróleo y en combustión.

"Inventarse, dentro de su cabeza, todo un sistema literario", dice el narrador de La parte inventada. Como el mundo de Marcelo Cohen o el de Juan José Saer, el de Fresán es vasto, complejo y único; y ha sido fragmentado en una serie de relatos y novelas que se interrelacionan entre sí. Algún día los leeremos como ciudades, países o continentes articulados y descubriremos el sentido del mapamundi. Muy probablemente las casi dos mil páginas de la trilogía sean su summa, su disco de grandes éxitos, su manual de instrucciones, la escala del mapa, su excesivo resumen.

Circula la idea de que después del Boom entró en decadencia la gran novela (sur)americana, la ficción totalizadora, lo que Mario Vargas Llosa llamó el deicidio. Y que, en su lugar, proliferó la novela corta como texto de canon. Pero lo cierto es que Gabriel García Márquez o Carlos Fuentes firmaron tanto novelas mundo como nouvelles micromundos. Y que Fresán y su generación atesoran unas cuantas novelas monumentales (como La Historia, de Martín Caparrós, El pasado, de Alan Pauls, o los últimos y extensos volúmenes de Alberto Fuguet).

En su último libro, Paisajes en movimiento el académico y editor Gustavo Guerrero insiste, en cambio, en un rasgo de este cambio de siglo que sí supone una superación del paradigma del Boom. El de lo posnacional. El escritor venezolano sitúa Historia argentina —el libro con que Fresán debutó en 1991— como el punto de partida de un esfuerzo generacional por trascender las fronteras de origen.

Guerrero sostiene que veinticinco años después, "la inmensa mayoría de la literatura y del arte que se produce y se consume, sigue teniendo como contexto cultural los marcos nacionales y solo una pequeña parte entra en las dinámicas de los mercados globales". Por su libertad imaginativa y su erudición remezcladora, la obra de Rodrigo Fresán integra esa insigne minoría.


REPORTAR ERROR

Comentarios

Contenido exclusivo de

Sé parte, pasá de informarte a formar tu opinión.

Cargando...