Las críticas musicales pueden resultar inútiles. Cuando quien las lee llega a ellas con preconceptos acerca del artista reseñado, nada de lo que se diga ayudará a convencerlo ni para un lado ni para el otro.
Las críticas musicales pueden resultar inútiles. Cuando quien las lee llega a ellas con preconceptos acerca del artista reseñado, nada de lo que se diga ayudará a convencerlo ni para un lado ni para el otro.
Así que si usted es de esas personas y jamás escuchó todavía al argentino Pablo Krantz, lo escrito en esta crónica no le servirá para nada. El único dato indiscutiblemente cierto es que tocará gratis el próximo jueves 26 en la Alianza Francesa a las 21 horas para presentar su último disco titulado Vivo en mi cabeza pero con vista al Universo.
También es seguro que, para dejar en evidencia cualquier elogio falso que se ofrezca en esta crónica, y en otras, basta con recurrir a es Youtube, en donde constan para la eternidad las bondades y las patinadas de casi todos los artistas.
Krantz es un cantante en lengua castellana y francesa que tiene seis discos editados entre los que se destacan el precioso Les chansons D’ Amour Ont Ruine ma Vie (2007), y Démonos cita en una autopista para volvernos a estrellar (2011), en donde suena una de las más eficaces declaraciones de amor de la historia de la canción (Quiero aburrirme en tus fiestas familiares).
Para ver a Krantz personalmente, usted puede tocarle timbre en su apartamento de la calle Migueletes, del porteñísimo barrio de Palermo u organizarse para viajar hacia algún rincón de Argentina y llegar a tiempo para uno de sus recitales. Pero, por ahora, lo más conveniente es acercarse hasta la Alianza Francesa para escuchar una versión un poco más desenchufada de su último disco, en donde vuelven a sonar la guitarra eléctrica, la batería y los sintetizadores con una fuerza de topadora que arropa versos que hablan de niños enamorados, de árboles con sueños y de mujeres desechables como la penúltima Rolling Stone.
También hay una versión en francés de Corazón Valiente de Gilda que, además de mejorar a su modelo tropical, sirvió de banda sonora para la película argentina El crítico.
Nada de lo dicho por Krantz está dicho demasiado en serio porque sus palabras primero ironizan y después opinan. Así como antes supo cantarle a la siesta como la única institución más o menos respetable, y a la desolación de Pete Best frente al Álbum Blanco, ahora se mete con Scarlett Johannson y lo mismo ataca un rock que una balada, y le viene igual la influencia de Serge Gainsbourg que la de Leonard Cohen.
Las canciones de Krantz no van a arruinarle la vida ni van a salvársela. Como mucho, ofrecen pequeñas felicidades de tres minutos. Y eso, en Argentina, en Francia, en Uruguay o en el resto del universo, sigue siendo bastante.