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Varios hombres de tez morena, con sus cuerpos despojados de pelo y de ropa –a excepción de una slip que deja las nalgas al descubierto– se balancean como hombres de las cavernas mientras un individuo vestido con una túnica blanca y un sombrero platinado camina entre ellos sosteniendo unas cadenas. Los hombres aúllan como monos y luchan, pero de a poco comienzan a erguirse y a caminar a un ritmo lento y uniforme.

La primera escena de O corpo negro na dança, de la compañía brasileña Balé de Rua, muestra las pautas de la espectáculo en el que la lucha entre el amo y el esclavo se muestra de diversas formas y momentos históricos.

El espectáculo, que se presentó el jueves y el viernes en el Teatro Solís y que este sábado realiza la última función de su primera visita a Uruguay, nació en 1992 a partir de un grupo de autodidactas de la danza de Minas Gerais. El proyecto fue creciendo al punto que la compañía se ha presentado en más de 50 ciudades de Brasil y en 11 países en varios continentes. Balé de rua creó además una escuela propia. Allí se imparten clases gratuitas a jóvenes provenientes de zonas pobres de la ciudad.

A través de un amplio caudal de movimientos que mezcla elementos del hip hop, la samba, el capoeira, el street dance y el ballet, los 14 bailarines masculinos de la compañía alternan coreografías que muestran el padecimiento y la lucha del pueblo brasileño, a través de sus más de tres siglos de esclavitud.

Pero en definitiva, el espectáculo, que se define como una “celebración a la vida y a la libertad” aporta una visión positiva de la resistencia negra, algo visible en la última escena, en la que los bailarines danzan cubiertos de flores al son de Vinicius de Moraes. No obstante, O corpo negro na dança es un show intenso, y por momentos doloroso, en el que los cuerpos atléticos y despojados se contonean bajo látigos invisibles.

La música es otro fuerte del espectáculo, que mezcla pistas de todo tipo con algo de percusión en vivo y aporta gran dramatismo al show. En ocasiones también se recurre a la proyección de imágenes.

Quizá una de las únicas críticas al show, que el jueves comenzó con extrema puntualidad, sea su duración, que fue de apenas 55 minutos. Se entiende que la entrega corporal de los bailarines dificulte una extensión mucho mayor, pero el final alegre deja al espectador con ganas de un poco más de fiesta.

Otro aspecto fueron las alocuciones. Su sonido saturado y en portugués era apenas entendible y hubiera sido bueno que el Solís implementara subtítulos, como hizo en otras ocasiones.

Pero no por ello estos detalles opacan al Balé de rua, que deleitó con una visceralidad y entrega impactantes y que a través de su peculiar danza, sumió al espectador en una historia de opresión y libertad que nunca merecerá dejar de ser contada.
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