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El país se encuentra viviendo un extenso período de crecimiento, que al día de hoy se puede fijar en el entorno de los 10 años, que tuvo como principales bastiones –genuinos– tres sectores de la agropecuaria nacional. Los líderes de este proceso han sido: la expansión agrícola con destino exportable; la valorización de nuestro (históricamente) principal producto exportable, la carne; y la forestación y sus exportaciones.

Pero otra particularidad de este período es que los otros rubros exportables de origen agropecuario también se han valorizado, como es el caso del arroz o los lácteos. Esta realidad ha permeado al resto de la economía, siendo los principales responsables del crecimiento del PBI del país, que prácticamente se multiplicó por seis en el período de referencia. Este incremento, trasladado al indicador por habitante (con la población del país prácticamente estancada) ubica al país casi a la par de Chile (referente regional en las últimas décadas).

Pero el crecimiento obviamente trae consecuencias, como reza el dicho: “no hay almuerzo gratis” y hoy en día, nuestro país –y la región– se enfrenta a un nuevo desafío: sostener este crecimiento en el largo plazo. Sobre esa base, el problema está planteado: ¿cómo mantener la productividad actual (o aún crecer) cuidando los recursos de forma de no hipotecar el futuro?

Lo cierto es que la sustentabilidad es hoy un término que se ha popularizado, y si se quiere, banalizado. A partir de esta situación, primero vamos a tomar una definición de sustentabilidad como referencia en el análisis. La ONU de 1987, generó la siguiente definición de desarrollo sustentable: “Aquel que satisface las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades”. Es importante incluir la faz económica del concepto, porque el término desarrollo sustentable que hoy se ha popularizado parece hacer referencia únicamente a la ecología y el cuidado del ambiente y lo cierto es que en la medida que nuestro análisis es antropocéntrico, porque es el que permite mantener la actividad (y la vida) del ser humano, no podemos restringirnos al análisis purista del cuidado exclusivamente del medio ambiente sin considerar la actividad humana inserta en él.

En este sentido, nuestro país empieza a atacar (y reglamentar) el uso de los recursos naturales (suelo, agua) en la medida que hace ya varios años que se empiezan a observar señales del impacto que tiene la expansión agropecuaria y su impacto en la actividad humana y en las poblaciones urbanas. Pero un factor a tener en cuenta, y que ahora es tenido en cuenta por los gobernantes, es el balance entre el cuidado de los recursos y el mantener las condiciones para que se puedan seguir desarrollando las actividades económicas que le han permitido al país estar en la situación privilegiada en que hoy se encuentra a nivel internacional, o al menos regional. Y siguiendo esta línea de razonamiento, entendemos que nuestro país también se encuentra en una situación privilegiada para atacar el tema. ¿Por qué afirmamos esto? Porque por ser un país chico, con buenas comunicaciones, población prácticamente estable, disponibilidad de recursos naturales por habitante casi inigualable a nivel mundial y porque estamos en una etapa reversible de los problemas que se empiezan a observar.

Pero hasta aquí parecen todas rosas. ¿Dónde está el talón de Aquiles? El punto débil de la situación está en su propia génesis, ya que los actores no han sido capaces de articular el uso de los recursos cuidando los mismos, obligando a la intervención estatal. ¿Por qué entendemos importante revisar esta situación? Porque desde nuestra óptica cambió el paradigma. Nuestra generación, la de nuestros padres y aún abuelos, creció con el paradigma de que como productores de commodities agrícolas estábamos “condenados” a la carrera permanente de los costos para mantenernos competitivos e íbamos a ser dependientes de la provisión de tecnología por parte de los países desarrollados. Hoy ese paradigma parece haberse revertido y nuestro país se encuentra en el mejor lugar y momento para estar, producto de que la demanda por commodities agrícolas crece año a año y la oferta no logra satisfacerla y a partir de allí los precios se mantienen estables (o aún crecientes). En este escenario global, donde la disponibilidad de recursos nuevos para incorporar a la actividad agropecuaria está limitada, nuestro país también está en una situación privilegiada.
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