La función preestreno acaba de terminar y el público no se da cuenta de que ya es hora de aplaudir. Acaba de ser bombardeado con una sucesión de imágenes de horror y sobre todo, de enfrentarse a un desafío intelectual difícil de digerir.
La función preestreno acaba de terminar y el público no se da cuenta de que ya es hora de aplaudir. Acaba de ser bombardeado con una sucesión de imágenes de horror y sobre todo, de enfrentarse a un desafío intelectual difícil de digerir.
Máquina Hamlet, del alemán Heiner Müller, no es un texto fácil, y mucho menos lo es la resignificación que le aplica la directora María Dodera. En él predomina el estilo fragmentado y abundan las citas y referencias a Shakespeare, Brecht, Dostoievsky y hasta la Biblia.
La acción es paradójica y lleva al extremo la violencia que contiene el Hamlet original. El lenguaje utilizado por Müller busca alcanzar la máxima brutalidad y repugnancia posibles y la puesta en escena está en sintonía con esa intención.
Ganchos de carnicería, muñecas descuartizadas, cabezas y torsos que aluden a los personajes de la tragedia, prendas descompuestas con reminiscencias de épocas pasadas, sonidos estridentes y un ataúd repleto de pequeños cuerpos inertes es apenas el escenario inicial con lo que se encuentra el público que llega para ver la nueva puesta en escena de Dodera.
Las paredes blancas que rodean al espectador, lo sumergen en un ambiente claustrofóbico que sirve bien al juego de trabajar en torno a lo antiteatral. Y es que Máquina Hamlet es representativa de un teatro experimental y abierto, influido por Brecht, pero mucho más libre y crítico en cuanto a postulados ideológicos, en donde el autor busca la subversión de los límites del drama.
La obra escrita en 1977 y estrenada en Saint Denis (Francia) en 1979, nació a partir del afán de Müller por de-construir el clásico de Shakespeare, dentro de un contexto histórico muy particular: la caída del Muro de Berlín.
En ella, Müller recupera al personaje de Hamlet, concebido en el siglo XVII, y lo enfrenta a la problemática contemporánea, fundamentalmente a la Europa de la posguerra reducida a los escombros, un mundo, que desde su punto de vista no tiene posibilidades de reconstrucción.
“Me habría evitado a mí mismo” o “Quisiera que mi madre hubiera tenido un agujero de menos” dice un Hamlet totalmente desesperanzado en un intento de evitar más nacimientos a un mundo plagado de violencia y horror.
Las escasas referencias temporales y espaciales son un sello distintivo de esta obra de estilo fragmentado. Si bien la figura del propio Hamlet remite a Dinamarca, el espacio se torna de pronto impreciso. Lo mismo sucede con el tiempo.
La obra está dividida en cinco actos, determinados por los cambios discursivos entre Hamlet, el actor y Ofelia. El texto se sirve de la polifonía, a través del monólogo de los distintos personajes que nunca se comunican entre sí. Llama la atención –y por momentos confunde– la falta de conectores a lo largo del texto que está construido con oraciones breves y simples y que en algunos pasajes resulta mucho más poético que dramático.
En el caótico collage ideado por Müller todo es posible, incluso el descubrimiento por parte de Hamlet del actor que lo interpreta, o hasta su travestimiento como Ofelia.
La puesta en escena de Dodera surgió de un trabajo multidisciplinario entre la propia directora, la actriz Maiana Olazábal y la cantante Camila Sapin, responsable de la música en vivo, que también encarna varios personajes alusivos de la tragedia.
En ella el hiperrealismo y el expresionismo dialogan continuamente. Según cuenta Dodera, el trabajo se centró en la indagación de las situaciones que plantea Müller y del propio Hamlet de Shakespeare. Si bien el texto del autor alemán fue respetado en su mayoría, también se interlinearon algunos subtextos y canciones a partir de un proceso conjunto de improvisación y experimentación.
En este sentido, cabe destacar el condimento que proporcionan las intervenciones musicales de Sapin, que logran dar un respiro a las imágenes de extremo dramatismo con las que se bombardea al espectador en forma continua.
Otro mérito es la interpretación de Olazábal, que exige un gran despliegue de energía y un desdoblarse continuo entre varios personajes. Alguien capaz de torturar a cientos de víctimas y simultáneamente hablar en nombre de ellas. “¿Cuánto sufriste durante la preparación?”, le pregunta alguien del público una vez finalizada la obra durante un espacio de discusión.
La obra y su actuación se habían sentido como un cachetazo. “En algún momento, cuando trabajaba unas cuantas horas sobre las imágenes de horror del texto lo único que tenía ganas era de abrazar a mi marido y mi hijo y tomarme una sopa”, respondió la actriz. Su respuesta sonaba sincera y acertada.
Probablemente ahora ese era el deseo predominante entre varios de los integrantes del público.