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No es sorprendente que Suzanne Collins, la autora del libro Los juegos del hambre, se haya inspirado para escribir su trilogía juvenil haciendo zapping entre imágenes de la guerra de Irak y las de un reality show. Tampoco lo es que la adaptación cinematográfica de la primera de las tres novelas de la saga, a manos del director Gary Ross, exhale un aroma a pastiche, tanto a nivel visual como narrativo.

Desde la cámara movediza y el tono realista de The hurt locker, de Katheryn Bigelow; pasando por The Truman Show, de Peter Weir; la sátira estética de Brazil, de Terry Gilliam, y la franca similitud con la historia de Battle Royale, llevada al cine por Takeshi Kitano, la sensación de haber visto la película es recurrente. No por eso, ni por su condición de blockbuster, Los juegos del hambre resulta menos interesante y eficaz.

La acción transcurre en un futuro distópico en la nación de Panem, que se ha erigido sobre lo que alguna vez fue Estados Unidos. Panem está gobernado por un fastuoso y dictatorial Capitolio, que somete a doce distritos paupérrimos con un pasado de rebelión. Como recordatorio de que tal osadía no debe repetirse, todos los años cada distrito se ve obligado a enviar un joven y una joven de entre doce y dieciocho años para que participen en los “Juegos del hambre”, un evento televisado en el cual los participantes deben luchar a muerte hasta que quede un solo un superviviente.

Jennifer Lawrence –quien deja de ser la joven promesa de Winter’s bone para avanzar a pasos agigantados en Hollywood– interpreta a Katniss Everdeen, una chica de 16 años quien asume el lugar que le había tocado a su hermana menor en la competencia, para salvarla de una muerte segura. Junto a ella, también resulta escogido su compañero de distrito Peeta Mellark, un joven con quien la une el agradecimiento.

Considerada como la saga reemplazante en la taquilla de Crespúsculo y Harry Potter, Los juegos del hambre está lejos de ser un producto exclusivo para adolescentes, ya que desborda mucho más cinismo y crítica que la mayoría de las obras para mayores que pueblan las carteleras de cine.

Aún en un mundo –el nuestro– donde hay niños que son obligados a matar y morir en pos del “bienestar” de otros, es cierto que puede resultar chocante ver a jóvenes matándose cual si estuvieran en el Coliseo Romano. La idea abreva en otra de las fuentes en las que se inspira el argumento, que es el mito griego del Minotauro, aquel que devoraba jóvenes atenienses como tributo.

La película resuelve, sin embargo, sus partes más violentas con una edición potente, a manos de dos pesos pesados como Juliette Welfling (La escafandra y la mariposa) y Stephen Mirrione (ganador del Oscar por Traffic), además de contar con Stephen Soderbergh como director de la segunda unidad.

En cierto sentido, Los juegos del hambre es tres películas en una. Comienza con el distrito 12, pobre y rural, donde la gente lucha por no morirse de hambre y en el que Katniss caza ilegalmente animales del bosque para sobrevivir.

La paleta de colores sombría y el vestuario anticuado recuerdan a las imágenes de la gran depresión o de la segunda guerra mundial. En contraste aparece el Capitolio, saturado de color y manierismos, donde el diseño, la televisión y la tecnología dominan una sociedad superficial y patética.

Por último, el filme transcurre en la arena donde se desarrolla la lucha a muerte de unos participantes convertidos, literalmente, en carne de cañón del mundo del espectáculo, en la que la atmósfera recreada se asemeja a los segmentos más macabros de Lost.

Jennifer Lawrence realiza un trabajo contenido y notable en su interpretación de la valiente y estoica Katniss, y a ella se le suma un reparto consolidado con Donald Sutherland, como el autoritario presidente del Capitolio, el siempre digno Woody Harrelson, en el papel del alcohólico mentor de los jóvenes, y un Stanley Tucci con peluca azul, que despliega su histrionismo en su papel de conductor de talk show. Ni siquiera Lenny Kravitz desentona.

Pero si hay un aspecto en el que el filme sale realmente airoso es en su construcción de Katniss como heroína de acción. El cine y la literatura (Lisbeth Salander a la cabeza) viene manifestando un renovado interés por la veta violenta de las mujeres, especialmente si estas vienen en formato petit (Hanna, Hard Candy, Kick-Ass, son algunos ejemplos). Pero allí donde la identificación con las heroínas de acción mayores como Angelina Jolie y Milla Jovovich, femme fatales convertidas en máquinas de matar, está más unida al público masculino, Lawrence acerca su heroína valiente y sentimental también a las mujeres, sin necesidad de exaltar sexualidad ni brutalidad en su periplo por un género históricamente dominado por los hombres.

Convertida en la tercera película más taquillera de la historia en su fin de semana de debut –después de Harry Potter y las reliquias de la muerte II y de la secuencia de Batman, El caballero Oscuro– seguramente Los juegos del hambre se ha visto beneficiada por el espacio dejado en la taquilla adolescente por las sagas de Harry Potter y Crespúsculo.

O tal vez la raíz de su éxito se deba a su habilidad para fundir el drama generacional de las obras juveniles, la actualidad hipertextual de la era internet y el surgimiento de una heroína realista en un mundo cargado de violencia, cinismo y rebeldía, tan aterradoramente parecido al nuestro.
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