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Hace más de un siglo Miguel de Unamuno clamó ”¡me duele España!”. El poeta perteneció a una generación de escritores que plasmaron en el papel el sentimiento generalizado de pesimismo y decadencia de la sociedad española tras la pérdida de las últimas posesiones coloniales al cabo de la guerra hispano-estadounidense de 1898.

La derrota en aquél lejano conflicto bélico, que firmó el certificado de defunción del Imperio Español, parece retratarse hoy en el declive de la economía y que, a su vez, erosiona el prestigio político internacional alcanzado en el último cuarto de siglo.

El reciente episodio de expropiación argentina de YPF a la empresa española Repsol, replicado por Bolivia dos semanas después con la eléctrica REE, hizo sentir en los españoles una angustiante sensación: el mundo ya no le respeta.

“Nadie quiere ser hoy como España. España solo vale para el flamenco y el vino tinto”. La frase fue pronunciada días atrás por nada menos que el secretario general adjunto de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), el estadounidense Richard Boucher, en un seminario internacional. El representante de la Casa Blanca luego se disculpó por escrito, pero dejó en evidencia la forma en que el mundo mira hoy a Madrid.

Los turbulentos primeros cien días del gobierno de Mariano Rajoy debieron enfrentar una serie de adversidades externas que no estaban en la agenda del flamante mandatario.

La expropiación de YPF, decidida por Cristina Fernández el mes pasado, encontró la inmediata y contundente reacción del Ejecutivo español. Desde apartar a Argentina de la comunidad internacional hasta separarla de las futuras negociaciones entre la Unión Europea y el Mercosur fueron parte del rosario de amenazas de los funcionarios de Rajoy al gobierno kirchnerista para que este no cumpliera su promesa de nacionalizar la petrolera. Sin embargo, la ofensiva española cayó en saco roto. Días después Rajoy dio marcha atrás y se limitó a reclamar una compensación “justa” para Repsol por la quita del 51% de las acciones en YPF.

Cuando aún las autoridades ibéricas no se reponían de la derrota diplomática con Argentina, cayó otro baldazo de agua fría: el presidente boliviano, Evo Morales, anunció la expropiación de la filial local de la Red Eléctrica de España (REE), que controla el 74% de las líneas de transmisión de electricidad del país sudamericano. Inmediatamente, La Moncloa –sede de la presidencia del gobierno español– amagó con desplegar una batería de medidas contra Bolivia, aunque luego las replegó cuando REE aceptó la maniobra de Morales a cambio de una indemnización.

Mercados

Aunque el peor revés para el jefe de gobierno ha sido la sistemática andanada de los mercados internacionales sobre la economía española. La asunción de un gobernante con mayorías propias y más “amigo” de los mercados que su antecesor, el socialista José Luis Rodríguez Zapatero, significaba para Rajoy la garantía del cese de las hostilidades financieras.

Los cuatro de meses de administración del Partido Popular y la aplicación de resistidas medidas de austeridad no tranquilizaron a los mercados. El riesgo país español –que mide el grado de desconfianza de los inversores sobre los títulos de la deuda pública– se disparó hasta los 425 puntos por encima de lo que pagan los bonos alemanes y el índice de la Bolsa de Madrid, el Ibex, se desplomó a mínimos anuales.

Desde el entorno presidencial se asegura que Rajoy está “perplejo” por la falta de apoyo de los mercados, publicó días atrás el diario madrileño El País.

El sombrío panorama de la economía española para los próximos años amenaza con hacerla retroceder todavía más casilleros en el tablero político mundial.

La cooperación internacional, una de las herramientas que sirve a los países para ganar influencia en organismos multilaterales y en regiones subdesarrolladas como América Latina y África, no escapó a la tijera fiscal. Este año las donaciones de España, que fue la séptima nación más “generosa” en 2011, se recortarán en 1.000 millones de euros, esto es un 25% menos que el año pasado.

Crisis

El punto de inflexión para España fue sin dudas el año 2008. Los estragos de la crisis global pasaron factura a una economía que creció durante 14 años consecutivos a una nada despreciable tasa promedio anual de 3,5%, impulsada por el boom de la construcción.

El pinchazo a la burbuja inmobiliaria marcó el fin de una era iniciada a fines de la década de 1970 que devolvió a los españoles el sueño de grandeza de antaño.

Tras las cuatro décadas de ostracismo que significó la dictadura franquista, España regresó a la escena internacional con el primer gobierno democrático, el de Adolfo Suárez (1979-1981), y se proyectó con fuerza durante la administración de Felipe González (1982-1996), cuando ingresó en la Comunidad Económica Europea –etapa anterior de la actual Unión Europea–.

La llegada al poder de José María Aznar (1996-2004) implicó un viraje de la política exterior al estrechar lazos con Estados Unidos, lo que le permitió al país avanzar en el campo diplomático al “estilo inglés”. Pero el regreso de los socialistas, de la mano de Zapatero (2004-2011), devolvió la prioridad de relacionamiento al continente europeo y afianzó su gravitación externa al punto de sentar a España en la mesa del G20.

Campeones

Incluso hasta habían llegado los añorados triunfos deportivos que parecieron confirmar al país como potencia mundial. La década pasada vio a los deportistas españoles campeones mundiales de Básquetbol, Fernando Alonso ganó dos veces la Fórmula 1, Rafael Nadal fue número uno en tenis y la selección de fútbol conquistó por primera vez un mundial.

Pero en 2008 algo había cambiado. De ser el lugar que los europeos elegían para vivir y trabajar y el país “modelo”, según el diario estadounidense The Wall Street Journal, España pasó rápidamente a integrar el club de los cuatro cerditos, que el Financial Times le atribuía además a Portugal, Irlanda y Grecia (PIGS, por su siglas en inglés), debido a las crisis que soportaban.

Con un gobierno metido de lleno en resolver los urgentes asuntos internos –la economía entra nuevamente en recesión este año y la desocupación tiene la segunda tasa más alta del mundo– las perspectivas para evitar seguir cediendo terreno en el plano internacional se vuelven más pesimistas para la patria de Unamuno.

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