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El extraño de pelo largo, el ángel de la muerte o el retrato del mayor asesino argentino

El Ángel, de Luis Ortega, es una película magnética sobre Carlos Robledo Puch

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13 de agosto de 2018 a las 05:00

"El mundo es de los ladrones y de los artistas, Carlitos. El resto tiene que laburar". Ramón se lo dice muy serio, y Carlitos asiente con la sonrisa porque ya sabe que en su mundo el delito y el arte van de la mano. Para entrar a robar hay que bailar, y Carlitos baila muy bien. Él, el extraño de pelo largo sin preocupaciones, avanza en la vida danzando en casas vacías, trepando árboles para acceder a ventanas elevadas, disfrutando de lo tuyo es mío y lo mío es tuyo, y lo tuyo que ahora es mío, después será del otro y está bien que lo sea. Carlitos –que es niño y niña, un enviado del cielo y un demonio de sangre fría– flota en la existencia cotidiana sin otorgar demasiada relevancia a las prisas mundanas, a las preocupaciones inherentes a las relaciones interpersonales. Él, que mira a la gente pasar, cuestiona sus vidas con extrañeza. "¿La gente está loca? ¿Nadie considera la posibilidad de ser libre?". Al fin y al cabo, como le dice a Ramón en medio de un temerario atraco, estamos vivos. No hay que apurarse. Hay que vivir. E ir por todo.

Debajo de rulos rubios con vida propia está, entonces, Carlitos; o Carlos Robledo Puch o Lorenzo Ferro, que son la misma persona y la más reciente obsesión del director Luis Ortega. El título que los reúne a todos es El Ángel, una de las películas argentinas más esperadas del año. El filme significa el salto definitivo del cineasta argentino –que hasta ahora se había dedicado más al cine experimental e independiente– a la industria de estudios, billetes y producción de alto nivel. No es una traición y tampoco un pecado; como el propio Ortega lo dejó claro en más de una entrevista, ya era hora de que se pusiera bajo el ala protectora de la gran industria. Por su propio bien y el de su cine.

Y la decisión no tiene aspectos negativos, porque El Ángel se beneficia completamente del esquema industrial y termina siendo lo que prometía desde su tráiler. O sea, un tanque cinematográfico a la medida del cine latinoamericano, que podría ser extrapolado y llevado a salas comerciales estadounidenses sin ningún problema. Una historia de crímenes bien argentinos con foco universal, y la presentación de uno de los personajes más magnéticos del año.


Ficción real

En la película, Ortega toma la figura de Robledo Puch, uno de los mayores asesinos seriales de la historia argentina, para construir un personaje casi de ficción. En él refleja más su propio anecdotario e intereses que la historia de lo que realmente pasó. El director de la serie Historia de un clan y Caja negra lleva al espectador a 1971, una fecha en la que ya se empiezan a ver los primeros elementos del gobierno de facto que está por venir.


En los suburbios bonaerenses arbolados y con poco tránsito está Carlitos, un joven de 19 años que ha desarrollado una particular obsesión por entrar a casas vacías y robarlas, para luego regalar lo que allí consiga. Cuando conoce a Ramón Peralta (Chino Darín) y queda obnubilado por su presencia, comienza a adentrarse en un círculo infernal de delincuencia que solo tiene un final: su consagración como el ángel de la muerte o el ángel negro, el joven que sacudió a la opinión pública argentina en la década de 1970 con 11 asesinatos, más de 40 robos y una violación. Un hombre que, hasta el día de hoy, es el preso más antiguo de la historia penal argentina.

El angel

Es un monstruo, pensará usted. Puede ser. Pero en la película de Ortega eso no importa. Importa más mostrar el cómo que el porqué de lo que sucede en pantalla. No hay categorización, juicio moral. No le interesa, como él mismo ha manifestado, hacer una división entre buenos, malos y peores. ¿Por qué de repente Carlitos dispara a dos personas dormidas? Es un misterio. Pero qué hermosos los disparos, ¿no? Qué belleza esos dos cuerpos ahora tiesos, tan apacibles que podrían estar dormidos si limpiáramos la sangre de sus torsos. Carlitos lo siente así. Es más; cree que todo es una mentira, un escenario creado por la naturaleza, que es tramposa e insidiosa y lo reta a más y más.

En ese sentido, El extraño de pelo largo de La Joven Guardia – canción que abre la película– es más que una referencia física a la figura de Carlitos. Es una premonición de lo que vendrá. "Inútil es que trates de entender o interpretar quizás sus actos, él es un rey extraño, un rey de pelo largo", dice el tema, que de manera profética avisa que el Carlos Robledo Puch de Ortega no es, entonces, un monstruo, sino un ser ajeno a concepciones terrenales, que juega con la violencia y la oscuridad por puro tedio y descreimiento de las reglas naturales.

Ortega encontró, como aliado para su película, a Lorenzo Ferro. Como Carlitos, Ferro –hijo del también actor Rafael Ferro– debuta de manera total y se roba la película desde el primer baile. Su rostro es una máscara carente de género y de sexualidad ambivalente que acapara la atención de la cámara y del espectador, y que eclipsa cualquier intervención del resto de sus compañeros de elenco –que es amplio y muy bueno: Chino Darín, Cecilia Roth, Daniel Fanego, Mercedes Morán y Peter Lanzani–. A través de episodios delictivos que escalan en envergadura y violencia, Ferro va adquiriendo e incorporando a su registro la madurez criminal de un personaje, a priori, muy complicado de interpretar.

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Para lograr el resultado final, ayudan mucho la estética y la música elegida por Ortega, que despliega una banda sonora plagada de éxitos de los setenta –incluidos dos temas de papá Palito Ortega–. Los neones, la fotografía encendida y los colores saturados son un mimo al ojo e ideales para acompañar el tour de violencia frenética y magnética del joven asesino.

De la mano de un personaje lleno de luces y oscuridad, El Ángel hipnotiza y demuestra, otra vez, por qué el cine argentino –junto con Brasil y Chile– está despegado del resto de Latinoamérica y que su sector más comercial también tiene espacio suficiente para renovaciones visuales a cargo de talentos como el de Luis Ortega.

Y que el mundo es, de verdad, de los ladrones y los artistas. El resto tenemos que laburar.

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