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“A contramano”. Así se siente Norma Morandini.

Su vida entera ha girado en torno a la causa de los derechos humanos. La dictadura desapareció en 1977 a sus dos hermanos. Nunca ha dejado de pedir por ellos.

Dice tener un “cementerio generacional” propio. Participaba en los años 70 de un grupo católico que hacía trabajo social en los cantegriles. Un día una compañera de facultad le pidió que le llevara una carta a un vecino que participaba del mismo grupo. Ella se sintió una heroína. Hoy su vecino está desaparecido y también la chica que le pidió hacer de correo.

Partió al exilio: España, Portugal, Brasil. Se hizo periodista y cubrió el juicio a las juntas militares para el diario carioca O Globo.

Hoy, sin rebajar en nada su denuncia al terrorismo de Estado, siente, sin embargo, que la “historia reciente” ha sido tergiversada. Que está incompleta. Que una serie de “chantajes emocionales” impiden siquiera hablar de la violencia que ejercieron grupos guerrilleros.

En un país dividido en mitades, Morandini reclama –casi en solitario- sincerarse y hablar de todo lo que pasó en nuestros países. Su último libro, Silencios. Memoria ruidosa sobre lo acallado, es una denuncia valiente de las actuales imposturas.

Cordobesa, estudió medicina, psicología y periodismo. Fue diputada (2005-2009) y senadora (2009-2015). Las paradojas de la vida. Sus hermanos desaparecidos se llamaban Néstor y Cristina, igual que los presidentes que ella acusa de haberse apropiado de la historia, la memoria y los derechos humanos.

En su apartamento de Buenos Aires, habla de Argentina, pero conoce la realidad uruguaya. Hay diferencias –que las marca- pero también paralelismos evidentes.

¿Por qué sus hermanos se hicieron montoneros y usted no?
Tal vez porque eran menores. Y eso me ha funcionado como culpa, que es otro gran elemento que no se asume y sobre el cual no se reflexiona. Estos temas son mi obsesión. Ahora estoy escribiendo un libro sobre la ausencia de rituales, porque al desaparecido nadie lo vio morir. Cuando a usted se le muere alguien hay condolencias, hay minuto de silencio, hay un ritual de muerte. El drama del desaparecido es que tiene que ser una construcción racional en una sociedad que no creyó en ellos durante mucho tiempo y hoy -yo creo que por culpa- se pasó al otro extremo. Al punto de utilizar a los muertos para hacer política.

Como periodista cubrió el juicio a las juntas. ¿Cómo fue hacerlo teniendo dos hermanos desaparecidos?
Era tan fuerte lo que escuchábamos… Cuando se empezó a conocer la dimensión de lo ocurrido, vimos que no teníamos ni idea de lo que había pasado. Pero yo nunca pensé que en esos testimonios estaban mis hermanos. Eso me protegió. Sí iba con unas fotitos de ellos y después que alguien daba testimonio yo se las mostraba y les preguntaba si los habían visto.

¿El juicio despertó un gran interés o esa es una construcción actual?
En el exterior, sí. Pero acá se hizo a la espalda de la sociedad. Es algo que me doy cuenta ahora. Anoche me invitaron a una ceremonia de homenaje al fiscal Strassera, en la Cámara de Diputados. Y me di cuenta que de toda la gente que estaba ahí, incluyendo al hijo de Strassera, nadie había leído los libros que se han escrito sobre el tema.

¿Y la película 1985 le hace honor a lo fue que fue el juicio?
La vi dos veces y me emocionó muchísimo, pero por lo que perdimos. Porque yo viví ese clima, el juicio, la gesta de los sobrevivientes: esa gente que acababa de salir en libertad, que nunca había hablado, allí pudo recuperar la palabra jurídica. Se reconstruyó el rompecabezas macabro del terrorismo del Estado cuando los Falcon todavía estacionaban donde querían. Fue una gesta luminosa. Y nadie preguntaba entonces si eras radical, peronista o comunista. No preguntó mi madre cuando salió a buscar a sus hijos. Creíamos en nosotros mismos, en la democracia y en un tiempo que se nos prometía auspicioso, con un juicio que condenaba la violencia, algo que nunca había pasado en un país que ya llevaba seis golpes militares entre 1930 y 1976.

¿Algo de 1985 no le gustó?
Dos cosas, que me parecen graves. Una es que no se menciona a la Conadep (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, creada por el presidente Raúl Alfonsín). Porque no fue que “la juventud maravillosa” salió a buscar a los sobrevivientes y sus testimonios. Fue una madre como Graciela Fernández Meijide y la Asamblea de los Derechos Humanos, que en plena dictadura empezaron a recoger testimonios. La otra falsificación es que la película termina con unas placas informativas que rompen la ficción y pasan a la realidad. Y allí no pone nada de que Carlos Menem, cuando fue presidente, indultó a esos que fueron condenados. Me pareció de una deshonestidad intelectual importante. Más allá de eso, me parece muy bueno lo que ha generado la película. estamos todos hablando del tema, incluso los jóvenes. Nos ha permitido introducir una parte de verdad que faltaba.

Tanto en Argentina como en Uruguay, el “pasado reciente” sigue regresando y generando polémicas y desencuentros.  ¿Por qué?
El otro día en la televisión, una diputada del sector de Milei decía tener registrados 16.000 víctimas de la guerrilla, con nombres, responsables y demás. Eso aparece ahora porque a esa gente se le ha impedido decir su verdad. Los han callado, no los han dejado hablar. Me han venido a buscar para preguntarme qué hacen. Les dije que hagan lo que hicimos nosotros: denunciar. Ahora se están organizando y con ese tema el pasado va a irrumpir otra vez después de 47 años de democracia. Eso va a aparecer, es inevitable. Yo espero que aparezca bien, y no con gente que reivindique la dictadura.

Su último libro, Silencios. Memoria ruidosa sobre lo acallado, es una denuncia valiente de las actuales imposturas

Algo de eso está pasando en Uruguay, donde el Parlamento está discutiendo una ley reparatoria para víctimas de grupos violentos, incluyendo al Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros.
Sí. Pero me cuentan que uno de los proyectos que se presentaron es de Tabaré Vázquez, de cuando fue presidente. ¿Quién acá de la izquierda, o de los que se han apropiado de la izquierda, haría algo así? ¡Imposible!

Al mismo tiempo hay un debate en Argentina en torno a cuál fue la verdadera cifra de desaparecidos por la dictadura.
Sí, pero no me pidan certezas cuando todo fue oculto. Acá fueron ocultas las bombas de los Montoneros y los campos clandestinos de la dictadura. Cuando llegó la luz de la democracia uno creyó que sería un reflector, pero apenas fue una velita. Lo que la democracia nos debe, sí, es lo que han hecho otros países: crearon comisiones de la verdad que oficializaron un número. Eso evitaría seguir debatiendo alrededor de una cifra, que es el disparate que estamos viviendo hoy.

Las dictaduras decían que esos muertos y desaparecidos fueron el costo que se pagó para evitar que nuestros países se transformaran en otra Cuba. Es un discurso que todavía es sostenido por algunos.
A mí me criticaron el otro día por participar en una actividad de la Fundación Libertad, de derecha. Pero en democracia yo hablo con todos. En democracia tienen que convivir izquierda y derecha, respetándose. Pero le confieso que es incómodo escuchar hablar contra la izquierda, y que tengan razón. Es doloroso. Porque a la luz de Cuba, de Nicaragua, de Rusia, aquellas cosas que decía la derecha se han legitimado. Pero lo que estuvo mal es que no se valieron de la ley para combatir a aquellos que atentaban contra la democracia. Ellos mismos invalidaron sus propios argumentos. Mis hermanos, si habían puesto bombas o cometido delitos, tendrían que haber ido presos. Y hoy los tendríamos vivos. Y no este fantasma de los desaparecidos, con lo que ha significado para las familias y para todo el país. Sus argumentos se invalidaron porque no llevaron a la gente presa y nos les dieron juicios justos y públicos.

Ese relato cínico de las dictaduras, ¿fue sustituido por otro que tampoco dice toda la verdad?
Mi madre fue una de las primeras en salir a buscar a sus hijos y fundó en Córdoba la organización de familiares de presos y desaparecidos. Cuando el tema se ideologizó, dejó de ir. Un día le pregunté por qué no iba más. “Porque ahora hacen discursos”, me respondió. Ahora los diputados, que le deben respeto a todos, no juran por la Constitución, sino por los 30.000 desaparecidos. Instituyeron el 24 de marzo, día del golpe, como feriado. La gente agarra las valijas y sale a pasear con los chicos. ¿Qué mensaje es ese? Se apropiaron del banco nacional de datos genéticos. El acceso era universal, pero el kirchnerismo lo restringió solo a casos de lesa humanidad. O sea, retrocedimos. Cuando Kirchner sacó el cuadro de Videla de la ESMA, comenzó a apropiarse del relato, a hablarle solo a los compañeros. Lo primero que me llamó la atención fue que empezaron a llevar a las murgas a la ESMA. Hoy si uno visita la ESMA el relato es grotesco. Está reconstruida una parte de la historia, pero el contexto ideológico no está. ¿Cómo se llegó a todo eso? Usted no puede negar la violencia previa. No es necesario hacer un juicio de valor, pero no se puede ocultar.

Una justificación que se suele dar para no hablar de la violencia política previa a los golpes de Estado es que si se habla de ella, se la equipara al terrorismo de Estado.
Esos son los chantajes que se han ejercido. Hablar de la violencia previa a las dictaduras no es equipararla, pero es un chantaje emocional que se hace permanentemente para impedir que se hable del tema. Yo fui senadora y no conseguimos que repararan por una única vez a unos soldaditos de Formosa que defendieron un cuartel de un ataque de una guerrilla. Todo se ha ideologizado. Y en la medida que se ideologizó, se deshumanizó. Las organizaciones sociales, copadas por el Partido Comunista o lo que queda de él, han impedido que la sociedad aborde estos temas y los discuta. Todo este debate se ha postergado, porque han copado también las universidades. Al apropiarse del tema han impedido que la sociedad se haga cargo. Han tergiversado la idea de derechos humanos.

Otro tópico que aparece cada vez que alguien pretende hablar de la violencia de los grupos armados de los 60 y los 70 es acusarlo de fomentar la teoría de los dos demonios.
Es otro de los chantajes que nos hacen. Y mucha gente por culpa, por miedo o por cobardía, no lo contradice. Yo lo viví en la Cámara. Tengo mil anécdotas de como la mayoría, para que no les dijeran "ustedes apoyan a la dictadura", dejaron pasar una cantidad de leyes que ahora vemos sus consecuencias. Hay un solo demonio y es la violencia.

"No hay que olvidar, pero hay que evitar hacer política con el pasado. Hay que aprender. Conocer la historia, si es completa y se estudia en democracia, es un antídoto para que no volvamos a vivir lo mismo..."

¿Y cuál es la fuerza tan grande que nos impide contar todos los hechos, toda la verdad?
Estoy convencida que es la culpa. La culpa impide ver la responsabilidad propia. Hoy, cuando veo que algunos gritan, insultan, hablan de los desaparecidos, siempre me pregunto: ¿Dónde estuviste? Porque me acuerdo de mi madre, cuando vino a Buenos Aires a declarar en la OEA. Se hacían unas largas filas en la Avenida de Mayo y los chiquilines, que vestían de saquito azul y pantalón gris de los uniformes adolescentes, les gritaban “¡Antiargentinas, vayan a denunciar afuera!”. Eran cosas que repetían de los relatores de fútbol porque Argentina estaba en el Mundial Juvenil de Japón, donde apareció Maradona. Esos chicos que tenían 12, 13, 14 años, ¿qué edad tienen hoy? Argentina pasó de insultar y esconder a las Madres a glorificarlas. Yo, por ejemplo, no dije de entrada que tenía hermanos desaparecidos. Era algo que no se decía. Una vez un cretino, uno de tantos espías que se disfrazaban de periodistas, publicó en la prensa algo contra mi madre, tratándola poco menos que de ser una delincuente. En esa época estaba el programa de Mariano Grondona. Y yo fui y le dije: "Mire Grondona, tener desaparecidos no es delito, es tragedia". Para mí fue como lavar el alma.

Los Kirchner impusieron la idea de que la lucha por los derechos humanos comenzó con ellos.
Sí. Y hay muchísima gente que de buena fe está convencida de que así fue. A Alfonsín le fue mal económicamente, pero hizo el juicio a las Juntas, peleó por los derechos humanos, no se prestó a la farsa de ir a las Malvinas. No pudo llevar a las Madres a la Casa Rosada porque tenía todos los diarios, la Iglesia, la parte conservadora de su propio partido que decían "borrón y cuenta nueva". Eso es lo que no se ve hoy. Cuando llegaron los Kirchner y las Madres atravesaron la plaza para ir a recibir las ventajas del palacio, tenían derecho a ser peronistas, pero no tenían derecho a apropiarse del pañuelo.

"Mujica es un demócrata, un hombre de izquierda que está dentro del sistema. Hay cosas que dice acá, que viene muy bien que las diga, porque a la izquierda le falta democratizarse"

Hay un sector de la opinión pública que hoy sigue predicando el “dar vuelta la página”. ¿Por qué hay que seguir hablando de este “pasado reciente” trágico?
Hay que tomar conciencia de lo que pasó. Cada generación tiene derecho a hacer sus preguntas y a tener una respuesta. Los que nos dicen que olvidemos no son los jóvenes, sino los que pertenecieron a la dictadura. Hay que hacer pedagogía, porque la pedagogía es el futuro. Mi generación fue educada con "Evita me ama, Perón me cuida". Y se hizo montonera. La educación no es inocua. No hay que olvidar, pero hay que evitar hacer política con el pasado. Hay que aprender. Conocer la historia, si es completa y se estudia en democracia, es un antídoto para que no volvamos a vivir lo mismo. El sentido de estudiar la historia es que no vuelva a pasar. La página se puede dar vuelta una vez que se leyó todo el libro. El libro completo, no solo la figurita que me querés mostrar.

¿Ha seguido la trayectoria de Mujica?
Sí. Hay cosas que me gustan de él y otras no. Mujica es un demócrata, un hombre de izquierda que está dentro del sistema. Hay cosas que dice acá, que viene muy bien que las diga, porque a la izquierda le falta democratizarse. Democracia no es solo ganar las elecciones. Democracia son los derechos humanos, los procedimientos, respetar a las minorías. La izquierda perdió la revolución -cada vez hay más pobres en nuestros países-, pero ha fortalecido las identidades. Y ahora hasta nos dicen cómo hay que hablar.

¿Y Mujica como tupamaro?
Yo fui joven en los años 70. Las Actas Tupamaras eran nuestra lectura universitaria. No me olvidé nunca de un relato incluido en ese libro, sobre una muchacha que se hace pasar por paciente de una dentista cuyo marido es militar. Y típico de mujeres, se gana la confianza de la dentista contándole sus cuitas amorosas. Así consiguen secuestrar a su marido militar. El relato terminaba diciendo que la dentista estaba más impresionada con la traición de su paciente que con el secuestro de su marido. Yo nunca olvidé esa historia y hasta hoy la tengo muy presente porque siempre me pareció que mentir no era el camino para hacer una revolución. Nunca creí que el fin justificara los medios. Y eso que sentí a los 20 años, con el paso del tiempo se me ha hecho cada vez más fuerte.

Una guerrilla clandestina se basa en el engaño y la mentira. Incluso a los amigos y a la familia.
Se basa sobre todo en que el fin justifica los medios. Ese es el gran chantaje: que en nombre de la revolución se puede hacer cualquier cosa. Que en nombre de combatir la pobreza se puede hacer cualquier cosa.

¿Se aprendió esa lección?
No. Y eso se paga.

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