ver más

Al uruguayo promedio no le viene bien nada. Cuando se jugaba al pelotazo reclamaba juego y elaboración. Ahora que se intenta jugar, le entra la nostalgia del ollazo y la segunda pelota. No hay caso. Uruguay le ganó a Egipto 1-0 en su debut mundialista en Rusia pero el equipo dejó un montón de dudas. Tantas que los cimientos de su interesante apuesta quedaron tapados por una arquitectura inconsistente e indefinida.

Enviado a Rusia

El equipo de Óscar Tabárez va mutando su identidad de juego. A la defensa sólida, a la marca aguerrida y a su estilo vertical y contragolpeador, una nueva generación de jóvenes talentos llegó para darle otro toque: 57% de posesión de pelota en arena mundial.

Claro que la posesión es un índice accesorio que no explica de por sí el factor preponderante del juego que es el resultado.

Pero que un equipo muy fuerte en determinadas facetas del juego y a la vez débil en la capacidad de generación y en vocación de protagonista, sometido constantemente al rigor del pulmón para correr detrás del balón logra sumar otras valencias siempre será una mejor expresión futbolística y por ende una fuerza más competitiva.

Uruguay está en eso. En transición y recorrido. En ensayo y error. Por eso fue más sombra que luz ante Egipto.

En primer lugar porque se topó con un equipo que se sintió cómodo esperando replegado. Y en segundo término porque su intención no pudo disimular las viejas carencias de la generación de juego para sus delanteros.

Entre una cosa y la otra a la selección se le resbalaron de la mano 45 minutos en los que solo estuvo cerca del gol con un remate de afuera del área de Cavani y una pelota quieta en la que Suárez erró un gol increíble.

El concepto de sacar la pelota limpia y bien jugada desde el fondo tuvo en Rodrigo Bentancur al hombre que compró la idea con todos sus ahorros.

Pero solo una vez Uruguay pudo desarticular a la defensa egipcia desde el concepto, saliendo desde Muslera y el lateral izquierdo para cambiar rápidamente de calle y terminar con una combinación Varela-Nández por derecha. El volante de Boca definió mal y la celeste se quedó en boceto. En la impresición reiterada de Matías Vecino, en la intención que no pudo concretar De Arrascaeta, en el lado izquierdo ciego con lateral sin desborde y volante derecho con tendencia a jugar en diagonal.

Extrañó que Tabárez no moviera piezas a ocho días de ver cómo Lucas Torreira había solucionado -cierto, en un amistoso ante un rival enclenque- muchos de esos problemas.

Y pese a las nuevas intenciones los delanteros tuvieron que seguir arreglándoselas solos, combinándose entre ellos para hacer el daño.

Apenas comenzado el complemento, Cavani lo puso a Suárez de cara al gol. Pero el arquero Mohamed El Shenawy salvó el arco con una tapada digna del Ahmed Shobair de Italia 1990.

La paciencia que demanda la tenencia se confundió por varios lapsos con la sensación de que al equipo le faltaba un cambio.

Con Cristian Rodríguez, Tabárez buscó dárselo por izquierda. Pero el Cebolla no pudo nunca pasar el muro de Ahmed Fathi, un lateral que venía de vérselas negras con Eden Hazard la semana pasada en amistoso ante Bélgica.

Con Carlos Sánchez, el Maestro buscó calibrar el pase en los últimos metros del campo. Pero también empezó a relojear la posibilidad de abrir el partido con la pelota quieta, poniendo al mejor ejecutante del plantel.

Cuando el partido entró en la recta final, Uruguay aceleró con sus fórmulas y redobló el paso dejando espacios en su retaguardia.

Pero ausente Mohamed Salah por lesión a Egipto le faltó ese toque de jerarquía para aprovecharlos, más allá de un par de remates peligrosos, uno de Trezeguet, atajado por Muslera, y otro de Mohamed Elneny que se fue alto.

Eso sí, el ingreso de Kahraba, el 11, le dio a los africanos un pivoteo más consistente permitiendo que los medios llegaran con más posibilidades al ataque.

Pero el cierre que hizo Diego Godín fue majestuoso. Si en el primer tiempo jugó por él y por los malos pases que dieron los medios o las fallas defensivas de sus laderos, en el complemento desarticuló todos los intentos egipcios y le sobró aire para sacar la lanza y mandarse al ataque para suplir las carencias de la generación.

Ahí no estuvo el problema. El defecto fue que en el cierre se generó más pero se erró mucho.

Suárez se perdió otro gol insólito para su casta. Nunca definió ante la salida del golero y, demasiado tarde, lo quiso eludir. Quiso después redimirse asociándose con Cavani y dejándole una pelota dulce al borde del área. Pero el golero egipcio se mandó la atajada del partido, la que le valió ser el "man of the match" para la FIFA.

Tampoco le jugó la suerte a favor a la celeste cuando Cavani estrelló un tiro libre mortífero contra el palo.

Y cuando el partido se moría el hada madrina de la pelota quieta volvió a rescatar a Uruguay. Centro de Sánchez y gol de Josema de cabeza, conexión que reportó así su quinto gol a la celeste en el presente ciclo.

Una fórmula elemental. Básica. Pero solidificada por el trabajo de años. La otra fórmula, la refinada, fracasó en el intento. Será cuestión ahora de ajustar piezas, mejorar y redoblar en el intento. Como para que lo accesorio no siga siendo lo fundamental.

Temas:

Uruguay diego godin Óscar Tabárez

Seguí leyendo