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La imagen de ejecutividad y dinamismo que proyecta el nuevo intendente de Montevideo, Daniel Martínez, choca con el desesperanzado escepticismo de buena parte de la población, después de décadas de degradación sostenida de la ciudad bajo ineficientes gobiernos departamentales. Martínez ha dado de entrada una buena señal en la formación de su equipo, al prescindir de la cuotificación partidaria pese al enojo del poderoso sector del expresidente José Mujica y de otros grupos del Frente Amplio. Pero, recién asumido, no ha anunciado aún las medidas específicas con que ha dicho que encauzará soluciones a los problemas principales, que derrotaron a sus predecesores. Encabezan la lista el tránsito y el transporte, la basura y apaciguar al sindicato municipal, habituado a quebrarles el brazo a intendentes complacientes.

Ordenar el caótico tránsito actual requiere obras costosas y otras de mera gestión. Las obras incluyen ampliación de avenidas, además de pasos elevados para eludir cruces peligrosos y semáforos que enlentecen todavía más la marcha en vías repletas de vehículos. Pero es fácilmente implementable la decisión obvia de eliminar, o al menos reducir, las calles y avenidas de doble mano, como se estila en ciudades que funcionan mejor, coordinar semáforos o apagarlos en determinados horarios, flechar avenidas en un solo sentido por la mañana y por la tarde. Y, en materia de transporte público, es un sueño imposible que la gente lo use más y deje en sus casas el acrecido parque de automóviles mientras sobrevivan viejos ómnibus que circulan a paso cansino y que agravan el tedio y la molestia de los viajes con el ingreso de sonoros vendedores y músicos en cada parada.

Atenuar la suciedad enfrenta dos problemas arduos. Uno es la eliminación de los carros de hurgadores, tan prometida como incumplida por sucesivos intendentes. Martínez, al igual que su predecesora, anuncia la construcción de más plantas de clasificación para que los hurgadores trabajen allí en vez de deambular por toda la ciudad, incluyendo vías que les están teóricamente prohibidas. Habrá que ver si lo logra. Más difícil es combatir la desidia de muchos residentes, especialmente en zonas marginales, donde persisten basurales que son una vergüenza urbana y una amenaza sanitaria. El nuevo jefe comunal necesitará también imponer su autoridad a un sindicato díscolo y poderoso, objetivo que ha derrotado a los intendentes anteriores por su práctica de ceder a las demandas de Adeom, no siempre razonables, para comprar temporarios períodos de paz.

Los centros urbanos más populosos del interior, como Canelones y Maldonado, comparten muchos de los problemas de Montevideo más algunos propios, como saneamiento o calidad del agua. Pero en la mayoría de los departamentos, y excepto por angustias financieras, son menores las pesadillas que acucian a los intendentes que acaban de asumir. El gran desafío está en la capital, donde vive más del 40% de la población nacional. Martínez asegura que tiene la decisión y la capacidad para enfrentarlo. En algún tiempo se verá si puede cumplir sus propósitos o si tienen razón quienes auguran, basados en tantas esperanzas frustradas en las décadas previas, que el triste deterioro de la capital seguirá agudizándose en forma incontenible.

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