ver más

Ocurrió el año pasado cuando a la alumna Jennifer le pidieron que realizara un mapa calcado como tarea domiciliaria. Era casi imposible que ella (residente en un hogar de extrema pobreza) pudiera conseguir un papel de calco. Sin embargo, se las ingenió: volcó aceite y grasa sobre una hoja en blanco y esperó a que la superficie se secara para que quedara lo suficientemente transparente para realizar la tarea.


“Ese es el secreto: la actitud es más importante que las condiciones. El contexto influye pero no determina”, sostiene Gonzalo Aemilius, director del centro, para sintetizar la clave del exitoso modelo educativo que desarrolla el Liceo Jubilar en pleno barrio Casavalle, la estigmatizada “zona roja” de Montevideo.

El liceo tiene cupos limitados (175 alumnos en 5 clases, de 1ro a 3er año), horario extendido (cursos de 8 a 18 de lunes a viernes y los sábados se estudia de mañana), actividades que enfocan al alumno como ser integral y estrictos niveles de exigencia que redundan en auspiciosos resultados: en 2009 ningún alumno repitó de año ni desertó.

POR DENTRO. En el patio se percibe un clima jovial, con el alboroto típico de los adolescentes. Cada alumno está impecablemente vestido con uniforme: ellas con camisa, pollera larga y medias azules; ellos camisa y pantalón gris. Nada de piercing, pelo teñido ni cualquier señal de desprolijidad. La exigencia comienza desde la presencia. “Los tienen cortitos. Yo valoro mucho la disciplina y el nivel que tiene el liceo”, dice Silvia, madre de dos alumnos, en la cocina del centro mientras prepara una de las pizzas que será el almuerzo del día.

Los padres se organizan en comisiones para elaborar comidas, realizar el mantenimiento del local y acompañar a los alumnos en las salidas. “Es la forma de comprometerlos en el proyecto”, explica Aemilius. Aunque la asistencia es gratuita, cada familia realiza el aporte económico que esté a su alcance. Dos veces por año los alumnos pintan los salones. Cada año se inscriben más de 200 niños pero sólo ingresan 70 luego de un estricto proceso de selección que incluye pruebas académicas, visitas al hogar, análisis del compromiso de cada familia con la educación de sus niños y, finalmente, un sorteo.

Son requisitos imprescindibles que los alumnos residan en Casavalle, en condiciones de pobreza o indigencia y que no hayan repetido más de un año. Cuenta Aemilius: “No trabajamos con pobres, sino con gente que tiene potencialidades. Pregonando que con sacrificio se obtienen logros, buscamos que la educación saque lo mejor de cada uno para que cada alumno marque su propio techo”. El escaso alumnado permite que se conformen lazos de cercanía, al punto que ya es un ritual que todos se saluden con un beso y se llamen entre si por el nombre.

Entre el alumnado emergen problemas de violencia familiar y consumo de drogas que son abordadas por una psicóloga y una asistente social. “Los gurises encuentran seguridad y contención”, dice Inés Gil, coordinadora de Pastoral, y agrega que, como docente, es “más fácil poner limites”.

Compromiso. La mayoría de los profesores son jóvenes y se percibe su compromiso con el proyecto, aun cuando la ubicación del liceo y los salarios (apenas inferiores a los que paga educación publica) generan una alta rotación docente. “No se ven los problemas de conducta y de agresividad de otros centros”, resalta Alfonso, profesor de historia. A cada niño se le brindan útiles escolares, libros y demás materiales académicos. “Vienen dispuestos a estudiar y generamos un vínculo más estrecho con ellos, por eso podemos exigirle un poco más”, agrega el docente. Álvaro, docente de Física, resalta que en las reuniones de coordinación “se planifica en serio y se logran resultados”. “No es una cuestión reglamentaria, como en otros liceos públicos y privados, donde terminamos hablando de bueyes perdidos”, grafica.

Los alumnos se muestran entusiasmados con la propuesta. Basta charlar con cualquiera de ellos para percibir cómo la experiencia cambia sus vidas. “En casa, no me hacía ni mi cama”, cuenta Sebastián, en una ronda de alumnos de 3er año. A su compañero Nicolás le atrae el trabajo en grupo y los talleres extra-curriculares. “Estamos casi todo el día acá, te sentís querido, y entonces no te surge andar en la calle”, plantea Valeria. Al principio, Katriel se asustó con la exigencia pero después le encontró sentido, hoy la valora y ya proyecta estudiar administración de empresas. “Si estudiás, el liceo no es difícil, pero igual a veces la mayoría se saca los escritos bajos”, recuerda.

Los alumnos se sienten diferentes a los pares de su entorno. Reciben comentarios como “antes no valías tres pesos y ahora te la tirás de cheto”. Ocasionalmente, la discriminación se siente. Natalia cuenta: “Te hacen sentir un elegido, como que sos un traga por venir acá, pero tenemos claro que somos del barrio, todos iguales, y eso tratamos de explicar a los que no vienen acá”. Varios vecinos consultados perciben que el liceo es “elitista” y “filtra a los mejores”. Aun así, el Jubilar (creado en 2002) ha ido ganando aceptación en la zona luego de ser objeto de pedradas y agresiones. Como parte de la integración al barrio, los alumnos realizan servicios solidarios en instituciones de Casavalle. Al decir del director, cada alumno “es un agente de transformación”, que en base a un sentimiento de pertenencia, debe contagiar y devolver lo que ha aprendido para que la experiencia vivida sirva como “trampolín para salir de la pobreza”.

DATOS

Las clases curriculares se dictan en horario matutino. Los alumnos desayunan y almuerzan en el liceo y de tarde participan en talleres de deportes, informática, apoyo curricular y tareas en una huerta. Las clases se inician en febrero con pruebas diagnósticas, dinámicas de nivelación y actividades recreativas.

A quienes egresan se les brindan becas en colegios o instituciones de nivel superior para que continúen los estudios, exigiéndoles que asistan periódicametente al liceo para realizarles un seguimiento.

Este año se habilitaron 50 cupos para que padres y adultos del barrio puedan realizar cursos de Educación Media.

CON JESUS EN EL AULA

La impronta católica está presente diariamente. La currícula incluye cursos de educación religiosa y en cada clase hay una imagen de Jesucristo. La directora académica, Dolores Buján, cuenta que “no se obliga a nadie a ser católico pero tampoco se buscan jóvenes que nos jueguen en contra”. Al mediodía, durante una reunión en el patio entre todos los docentes y liceales, se reza una oración y cada alumno puede expresar lo que siente, sea un agradecimiento o petición. “Creemos en Dios, en el valor de la trascendencia y lo inculcamos. Respetando las creencias de cada uno, se invita a olfatear la fe”, grafica el director, Gonzalo Aemilius

LAS CIFRAS

1100 DÓLARES


Es el costo anual por alumno. El centro se financia mayoritariamente con donaciones. También venden productos elaborados por los alumnos, como mermelada.


59%


Del alumnado quiere seguir estudiando y completar la universidad, según un estudio de la Universidad de Montevideo.

(Observa)

Seguí leyendo