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El lienzo de Charles Darwin

Somos grandes aprendices y tenemos la enorme suerte de que de vez en cuando surgen personas de increíble talento que nos hacen avanzar

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07 de agosto de 2018 a las 05:00

Por Daniel Sueiras *

El siguiente texto escrito por el pintor y escultor Daniel Sueiras (*), abre el catálogo de su reciente exposición en París. El texto en castellano es publicado por vez primera en Delicatessen.uy.

Desde que tengo memoria, siempre me he sentido acechado por la sin duda poco original duda de quiénes somos, adónde vamos y de dónde venimos. En la escuela aprendí que el mundo estaba compuesto por personas, animales y cosas y aquello me apaciguó por un tiempo. Al poco resultó insuficiente pues la obviedad de nuestra biología animal iba resultando incuestionable. Así que mis dudas empezaron a centrarse en qué era aquello que nos hacía personas y nos diferenciaba tanto de los animales, que incluso nos hacía mirarles como a seres ajenos y desdeñables con la aparente única misión de servirnos en muchos casos. Algo no me cuadraba, tenía la sensación de estar leyendo la historia contada por los ganadores, al menos por los únicos con capacidad para expresarla de modo inteligible.

Daniel Sueiras Fanjul
Un día en mi adolescencia se hizo la luz. Descubrí a Charles Darwin. Sus hallazgos fueron absolutas revelaciones de una lógica y sentido común tan aplastantes, que recuerdo haberme sentido hasta avergonzado como ser humano de que hubiéramos tardado tanto, como especie, en llegar a una conclusión tan obvia, que siempre había estado allí ante nuestros ojos. Bastaba con pensar que lo que nosotros hacemos seleccionando razas animales y especies vegetales para obtener retoños con diferentes características, lo venía haciendo la naturaleza desde sus orígenes mismos de un modo digamos, automático. Mejor dicho, esos eran los orígenes mismos de la naturaleza que conocemos.

El hecho de pensar que todas las especies vivas ahora mismo provenimos de un primer ancestro común que surgió hace miles de millones de años y que desde aquel preciso momento, sus descendientes han vivido lo suficiente para reproducirse e ir modificándose a lo largo del tiempo, generación tras generación, ininterrumpidamente hasta el día de hoy para que los pobladores del planeta andemos reptando, respirando, trepando por ramas o transformando dióxido de carbono en oxígeno a través de nuestro tallo, es un hecho que no deja de asombrarme cada día. No hay mejor historia de ciencia ficción que nuestra propia realidad. Somos reliquias únicas del más único de los museos. Incontables individuos y especies han perecido desde el principio de los tiempos, sin embargo, que estemos aquí y ahora significa, por necesidad, que mientras muchas cadenas de linaje han ido desapareciendo, la nuestra ha conseguido sobrevivir, día a día, durante miles, cientos de miles de millones de años. Somos únicos y auténticos supervivientes.

Por otro lado, descubrir que este proceso, el de la selección natural, carece de un motor de intencionalidad, sino que es más bien el resultado de un proceso inevitable provocado por las circunstancias, lejos de entristecerme me produjo cierta sensación de libertad. La selección natural nos sitúa en una realidad como seres excepcionales en un mundo sin más reglas que las físicas y las que nosotros mismos nos implantemos. El hecho de que aparentemente la realidad o el futuro no estén predeterminados, nos deja a nuestro libre albedrío y que no haya una misión para nuestra especie, nos da la libertad de elegir la que más nos interese como individuos. En mi opinión, eran todo buenas noticias.

Daniel Sueiras Fanjul
Homo gallus gallus
Homo gallus gallus
Descubrir a Darwin me hizo comprender mejor lo que era y recuperar un vínculo con la naturaleza que sentía perdido, roto, o al menos dañado y de nuevo, por un tiempo, calmó ese desasosiego existencial que me perseguía como una sombra.

Sin embargo, con el tiempo, de nuevo esa sensación de que algo no encaja volvió a apoderarse de mí. Resultaba que todas las cosas de nosotros mismos como personas o al menos, bajo el concepto que tenemos sobre nosotros mismos que no entendía, sí las entendía si pensaba en nosotros como animales, como animales mamíferos en concreto.

Comencé entonces a replantearme nuestro estándares, los conceptos sobre nuestra especie con los que hemos crecido: descubrimos el fuego, inventamos la rueda, creamos una tecnología tan avanzada que nos ha permitido cruzar fronteras que parecían infranqueables e incluso nos ha permitido viajar al espacio. Dominamos al resto de especies e incluso las usamos para nuestro consumo y disfrute. Entonces pensé -un momento, ¿quién ha hecho todo esto?-.

Decidí tomarme como ejemplo de ser humano, pues soy, aunque con muchas incógnitas, quien mejor conozco. ¿Cuánto tardaría en producir fuego si me quedara solo en la naturaleza? ¿Conseguiría siquiera hacerlo? Si estuviera solo en el medio natural con todos los recursos a mi disposición pero ningún conocimiento, ¿habría ideado la rueda? ¿Conozco cómo funcionan los aparatos tecnológicos que uso a diario? ¿Sé siquiera acaso la ciencia y física que hay detrás de dichos inventos? Llegado a este punto, decidí ni siquiera preguntarme por lo que sé acerca de viajar al espacio.
Comencé entonces a preguntar a las personas de mi entorno con el mismo resultado como respuesta. Sin duda somos grandes usuarios, aprendemos y reproducimos con una enorme facilidad, pero lo que es inventar con mayúsculas, parece estar restringido a un abrumador reducido porcentaje.

Así que tomamos lo excepcional para definirnos como especie, pasando por alto lo más común. Al igual que el resto de mamíferos, sí sentimos la necesidad y seguridad de la convivencia en grupos reducidos de individuos. Tememos a los grupos que muestran diferencias y consideramos esas diferencias, a menudo, como amenazas a nuestra seguridad hasta el punto de combatirlos. Delegamos en líderes a los que seguimos, a veces ciegamente. Pertenecemos a grupos, asociaciones y partidos, donde seguimos pautas y nos sentimos protegidos y reafirmados adquiriendo una conciencia de grupo. De hecho, más aún que el resto de mamíferos hacemos todo esto, pues no solo tenemos líderes terrenales y físicos, sino que la gran mayoría seguimos a líderes que están por encima de las leyes físicas: tenemos Dioses.

Por ahora y hasta nuevo quebrantamiento, mi desasosiego existencial está calmado en el entendimiento de que, c como especie, aunque en muchas ocasiones ellos mismos mueran en la hoguera como herejes o en alguna acera pobres e incomprendidos. Tomamos sus descubrimientos y hallazgos como nuestros y nos autoarrojamos pétalos de rosa a nuestro paso, mientras olvidamos lo que sí somos realmente por inevitable biología: animales mamíferos, hasta el punto de mirar al resto de especies con desdén, superioridad e incomprensión. Considero que lamentablemente, descubrimos muy tarde que también nosotros somos animales, pero lo que es aún peor es que se nos ha olvidado demasiado pronto. No nos viene mal, que de vez en cuando, alguien nos baje un poco los humos.

* Daniel Sueiras es pintor y escultor. Nació en Alicante y reside en El Puerto de Santa María (Cádiz, España) tras haber transitado por Maryland (USA), Sevilla, Jerez de la Frontera y Madrid. Estudió en el taller de Will Wilson (Baltimore, USA), participó en el taller de Antonio López (Jerez de la Frontera) y se licenció en la Facultad de Bellas Artes de Sevilla. Obtuvo los premios adquisición en Fronterasur (2009), Alcalde Ziolo (2006), Bienal de Figuración Contemporánea (Galeria Clave, 2001) y Beca Talens (Barcelona, 2000), entre otros premios. Ha expuesto en Nueva York, Taiwan, Bristol, Londres, Escocia, San Sebastián, A Coruña, Madrid, Corea del Sur, Suiza, Alemania, Finlandia, Holanda, Washington, Sevilla y Holanda, entre otras localidades y países.

Esta nota fue originalmente publicada en el blog Delicatessen

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