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Un chiquilín y su madre –ninguno de los dos lúmpenes, ni chorros, ni vividores del Estado- tuvieron que ser internados en el correr de febrero. En pocas palabras, pasaban hambre. El dato es de por sí terrible.

Pero es aún más descorazonador cuando, además, nos enteramos de que Mario es un niño que hace poco tiempo fue noticia porque, pese a todas las adversidades de una vida humilde, se empeñó en no faltar ni un día a la escuela.

Este episodio es una mancha para la izquierda cuyo discurso de defensa de los desamparados quedó cuestionado por los porfiados hechos. Pero también es una advertencia para aquellos blancos y colorados que reclaman ayuda social “con contraprestaciones” porque sospechan que muchos uruguayos se hacen los desamparados para pasarla bien sin necesidad de trabajar. Mario y su madre recibían la ayuda del Plan de Emergencia pero no les alcanzó.

A la mujer le cuesta encontrar trabajo, y para peor, se enfermó gravemente. Mario no puede hacer otra cosa que la que puede hacer un niño en sus condiciones: tratar de jugar cuando las penurias lo dejan e ir a estudiar para aprender esas cosas que, según le dijeron, lo ayudarán a ser mejor persona.

Lamentablemente, el “niño cero falta” está aprendiendo la peor de la lecciones. Está entendiendo que la pobreza es una cruz y que, por mucho que se esfuerce y mande quien mande, no hay escuela que pueda salvarlo cuando el destino o la desidia de los gobernantes resuelven que sus ilusiones vayan a parar, por los caminos del hambre, a una tristísima sala de hospital.

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