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Inmigración y xenofobia son dos puntos candentes en las agendas de las potencias occidentales. Difícilmente de entender desde Uruguay, el episodio terrorista ocurrido en Francia en estos días no es otra cosa que el corolario de una larga lista de incitaciones al odio entre un mundo dividido; a veces por ideales económicos, otras por cuestiones raciales y, como en este caso, por creencias religiosas.

Pero para llegar a la barbarie, en la que el objetivo es cercenar las vidas de personas, no es suficiente pensar distinto, tener otro color de piel o profesar otra fe, sino estar obnubilado por un fundamentalismo que nada tiene que ver con el sentido común y, mucho menos, con la tolerancia.

En eso está basado hoy el distanciamiento entre Oriente y Occidente, con conflictos internos entre musulmanes, intromisiones militares –justificadas o no– de las potencias del mundo en territorio árabe y sangrientas represalias yihadistas con emisarios de Occidente o en suelo que muchas veces se cree lejano a la zona de guerra.

Esta vez le tocó a París, pero también Sídney, Ottawa, Bruselas, Londres, Boston y Toulouse fueron escenario de ataques en los últimos años.

La escalada del Estado Islámico (EI), con su autoproclamado califato en territorios de Irak y Siria, ha sido uno de los factores desencadenantes de los últimos tiempos, aunque la red Al Qaeda, que hoy está en aparente segundo plano, no ha dejado de operar con sus células terroristas desperdigadas por el planeta.

El ataque al semanario satírico francés Charlie Hebdo fue una venganza jurada desde antes de la constitución del EI, pero las amenazas de los yihadistas hacia Occidente se hicieron más serias cuando una coalición militar, comandada por Estados Unidos y secundada por Australia y Francia, entre otros, comenzó a bombardear las posiciones yihadistas en Medio Oriente.

Videos que mostraron decapitaciones de periodistas y ciudadanos estadounidenses y franceses fueron solo una muestra de lo que el EI es capaz de hacer si la coalición no cumple con su pedido de abandonar los ataques. Incluso, en un comunicado, la yihad instó a cualquier musulmán a acabar con la vida de quienes formen parte de los países enemigos.

“Si puedes matar a un infiel estadounidense o europeo, especialmente al vengativo y sucio francés, o un australiano o un canadiense, o cualquiera de los infieles que libran la guerra, incluidos los ciudadanos de los países que entraron en la coalición contra el EI, entonces confía en Alá y mátalo de cualquier manera”, dijo el portavoz del grupo, Abu Mohamed al Adnani.

“Mata al infiel tanto si es civil como militar, puesto que ambos están bajo el mismo gobierno”, agregó.

Con esta amenaza, los gobiernos redoblaron las alertas y la seguridad, pero hasta ahora no ha sido suficiente para contrarrestar todos los intentos yihadistas.

El miedo empezó a cundir con más profundidad cuando en diciembre uno de los llamados lobos solitarios tomó rehenes en pleno centro de Sídney, enarbolando una bandera negra con inscripciones árabes reivindicando a Alá.

El sentimiento antiislámico, ahora plasmado en islamofobia, empezó a ganar a las poblaciones de los países occidentales, especialmente en Alemania y Francia, mientras los gobiernos se debatieron en esfuerzos para frenar la ira.

Dura tarea tendrán ahora, luego de lo sucedido el miércoles pasado en la masacre que dejó 12 muertos en el centro de París y las dos tomas de rehenes posteriores (ver página 4).

Si la masiva inmigración de musulmanes a Europa, especialmente a Francia, era objeto de rechazo de algunos sectores xenófobas, también intolerantes, ahora es tiempo de la islamofobia, peligrosa a puntos insospechados.

Sabido es que la violencia genera violencia, pero el peligro latente es la retroalimentación del odio, con promesas de venganza.

Manifestaciones de todo tipo han aparecido tras el ataque a Charlie Hebdo. Multitudes en silencio coparon las calles de varias ciudades europeas pidiendo paz, pero también manifestaciones con pancartas de rechazo a los inmigrantes islámicos hicieron ruido señalándolos como una amenaza.

El gobierno francés rápidamente salió a aclarar que la guerra era contra los terroristas fundamentalistas, no contra los musulmanes ni contra la religión islámica.

Sin embargo, el grupo conocido como Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente (Pegida), surgido en la ciudad alemana de Dresde, se ha propagado por todo el país y cuenta con filiales en países vecinos y otros, como Noruega, además de simpatizantes entre organizaciones de ultraderecha que proliferan en el continente, según informó la agencia EFE.

“Somos conscientes de que el clima social en Alemania se ha enrarecido”, declaró a la agencia española el ministro del Interior alemán, Thomas de Maizière, luego de la masiva concentración de movimientos como Pegida y Hooligans contra salafistas (Hogesa).

“Y aunque las autoridades aseguraban que ‘no hay peligro de una islamización’ de Alemania, también reconocían que el fenómeno de la xenofobia va en aumento y se nutre del miedo de los ciudadanos, agobiados por la crisis y que creen que los inmigrantes acabarán con su cultura y lo que queda del malogrado estado de bienestar en el viejo continente”, explica un análisis periodístico de EFE.

Nacidos en Occidente

La guerra en Siria, que estalló en marzo de 2011, fue el gran detonante para el reclutamiento de occidentales por parte de los grupos yihadistas.

Al Qaeda primero y EI después se encargaron de tentar a descendientes de musulmanes nacidos en Europa, donde nunca encontraron su lugar, aprovechando la segregación de la que la mayoría era objeto.

Algunos estudios estiman que unos 11 mil extranjeros forman parte de las fuerzas yihadistas y que iniciaron sus incursiones en la batalla viajando a Siria para combatir contra las fuerzas del régimen de Bachar Al Asad.

El 30% de esos combatientes foráneos (unos 3.300) llegaron de países occidentales, según datos del Centro Internacional de Estudios de la Radicalización, vinculado a King’s College London, donde aseguran que el mayor contingente de combatientes proviene de Francia, Gran Bretaña, Alemania y Bélgica.

De acuerdo con los analistas, la mayoría son jóvenes de entre 15 y 35 años, que “no están completamente integrados y se sienten estigmatizados por ser musulmanes”, explicó Stefano Bonino, especialista en la propagación del islam en el Reino Unido.

Otros coinciden en que el fenómeno se produce cuando la persona está buscando una identidad y una causa, que termina encontrando en el radicalismo islámico.

El efecto es circular y, a la luz de los hechos, las distancias a recorrer para una reconciliación, son cada vez mayores, porque cada bando achaca las culpas al otro.

“El EI no comenzó la guerra contra ustedes, tal como los han hecho imaginar sus gobiernos y medios de información. Ustedes son quienes comenzaron la agresión contra nosotros”, argumentó meses atrás el portavoz del EI.

Asimismo, advirtió que los ciudadanos de los países de la coalición “pagarán un alto precio” por su implicación en la guerra. “Pagarán el precio sintiendo el miedo de viajar a cualquier sitio, cuando caminen por las calles, girando a derecha e izquierda, temiendo a los musulmanes. No se sentirán seguros ni en sus dormitorios y los atacaremos en su tierra”, afirmó en un comunicado escalofriante con palabras que hoy resuenan en la sociedad francesa.

El odio corre como reguero de pólvora entre los iguales y hacia los que cada vez más son vistos como enemigos. Unos por ser segregados como inmigrantes y por ver cómo sus países adoptivos atacan el territorio de sus antepasados; otros por vivir el miedo de ser unas de las próximas víctimas en su propia casa.

5 millones de personas componen la comunidad musulmana en Francia, lo que constituye el 7% de la población gala.

3.300 combatientes partieron de países occidentales para enrolarse en fuerzas yihadistas, según cifras estimadas en 2014.

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