El oficio de la carcajada
Dady Brieva vuelve a Montevideo para presentar en el teatro Metro, DadyMan, Recuerdos de Barrio, un espectáculo de monólogos propios donde el artista argentino repasa toda su vida en clave de humor
A los 8 años Dady Brieva se subió por primera vez a un escenario y nunca más se bajó. Esa primera vez recuerda que leyó con orgullouna poesía de Héctor Gagliardi. Pero en su casa la noticia no cayó nada bien, más bien todo lo contrario. Su padre, un hombre duro, siempre opinó que todos los que hacían teatro eran “maricones y de izquierda”. Él no escuchó y siguió adelante.
Veinticinco años con el grupo Midachi le confirmaron que no se había equivocado, y que el humor, “ese escape a la muerte”, era la única manera de ser fiel a si mismo.
Hacer reír no fue, ni es, según Dady, un oficio fácil en Argentina: “Yo he surfeado todas las etapas de un país increíble. Desde el Rodrigazo de 1975, pasando por ministros como Machinea, y todos los que vinieron después. Allá siempre fue difícil hacer humor, pero a mi me sale de las tripas, me nace naturalmente”, confiesa mientras degusta una diminuta ensalada de frutas en el comedor del hotel.
Está en Montevideo para presentar en el teatro Metro su último espectáculo, DadyMan, Recuerdos de Barrio, que propone dos horas de monólogos donde el artista repasa gran parte de su vida. De la pobreza de su infancia en la provincia de Santa Fe, a los éxitos y los fracasos de la adultez en Buenos Aires. Del silencio del pueblo al estruendo de la ciudad.
El viaje en el tiempo de Dady Brieva se remonta a los días perdidos de la infancia, a los padres, los abuelos, las fiestas de Navidad y Fin de Año, el despertar de la sexualidad, las vueltas de la vida; y llega hasta el presente, a su vida con su actual pareja, “Chiqui”, como cierre del espectáculo.
Cuenta que su gran maestro no fue Enrique Pinti, ni Antonio Gasalla, si no Luis Landrisina. Dice que hace décadas, en Santa Fe, su provincia natal, vio cómo la gente se agolpaba en los negocios de venta de discos para escuchar sus cuentos . “Para mí Landrisina fue el creador del stand up cuando esa palabra todavía era un neologismo sin sentido”.
Esa tradición oral que heredó se refleja en todo lo que hace y en especial en este Recuerdos de Barrio. Eligió los monólogos porque son el formato que mejor le permite conectar con el público. “Toda mi vida los hice yo. Estuve produciéndolos para Midachi durante años, y los hice también para el programa de televisión Agrandadytos. Como no soy bueno escribiendo, trabajo con un guionista. Yo los invento en mi cabeza, se los cuento, y el los transcribe. Después lo vuelvo a mirar, le agrego alguna cosa, y ya está pronto”, relata.
Esta vez optó por presentarse en un escenario absolutamente vacío, donde ni siquiera hay una silla. Esto le permite un diálogo permanente con la platea, y lograr que la gente no se distraiga de lo que está diciendo. “Yo hago fuerza para que el público casi vea lo que cuento, que se imagine las escenas que a mí se me quedaron grabadas en la memoria, y las viva como propias”, explica.
Pero no es sencillo darle ese papel protagónico a la palabra y a la emoción. Tiene una cuota de riesgo que Dady Brieva asume con desparpajo: “En este show voy de guapo. Porque además hago marketing de ese escenario pelado, de esa falta de producción. Quiero jugar a la pelota con los pies descalzos, no con unos Nike último modelo. Quiero ver si puedo “moverla” sin tanta parafernalia, ver si logro que hagan el viaje solo con mi relato. Yo ya actué en escenarios repletos de cosas, con toneladas de pantallas, y mil accesorios. Ahora quiero otra cosa”, sentencia mientras por lo bajo susurra que “gasta” mucho al público haciéndose el pueblerino y burlándose de los de ciudad.
Hablar dos horas seguidas no es tarea sencilla, y por eso ejercita la memoria siempre que puede. Decidió, entre otros métodos, no usar agenda, y se esfuerza en recordar los números de teléfono de sus amigos, y las cédulas de identidad de sus tres hijos. “Soy un fanático de los números, como los quinieleros de antes”, dice riéndose de sí mismo.
Los premios y el éxito los relativiza, pero sin caer en el esnobismo de considerar al dinero algo sin importancia. “Cuando se tienen hijos todo cambia y es casi un deber ofrecerles lo mejor”, argumenta. De todas formas es radical: “Los dos Martín Fierro que gané no sirven para nada, ni siquiera los fui a recibir”, explica con una mueca de desagrado que da a entender que no le gusta el tema.
Ha hecho televisión, cine y radio, pero se queda con el teatro, su primer amor. Entre otras cosas porque: “Allí las palabras son las que tienen que ser, las justas; mientras que en la televisión se puede decir cualquier cosa y de cualquier manera”.
Cuando se le pide opinión sobre Montevideo, dice que es muy cauteloso a la hora de hablar de ciudades y comparar. Comenta, sin embrago, que fue acá donde se “enganchó” con su actual pareja, de la que está “muy enamorado”. Y como la nombra a cada rato la pregunta inevitable es si no le da vergüenza andar pregonando a viva voz sus sentimientos.
Responde que no y acercándose al grabador y levantando el tono proclama: “Pregono el amor, así, a los gritos. Yo me crié en un hogar de frases machistas. Escuché a mi padre decir a mi madre mil veces: ‘No me separo de vos por los chicos’. Me cansé también de ver caminar a las mujeres del pueblo varios metros atrás de los hombres, siguiéndolos a distancia, con miedo y respeto. Era una época infame, donde no había besos en público ni un te quiero. Yo, con Chiqui, intento cada día de romper ese molde que nos legaron”