El orgullo de pertenecer a un país pequeño con una selección combativa
Nos gusta ver a la selección de fútbol como una alegoría de nuestras mejores virtudes
Hago un viaje lerdo a través de Europa central, con un desvío a Barcelona. Veré el partido entre las selecciones de Uruguay y Portugal en un bar de Aarhus, una ciudad universitaria de Dinamarca. Habrá cerveza y un público joven.
Siento cierto orgullo de pertenecer a un país pequeño de tradición combativa, o al menos que eso cree. En el mundo se conoce a
Uruguay por su fútbol combativo, un rasgo exótico, y por poca cosa más. Algunos incluso pueden mencionar a Pepe Mujica o la "tragedia de los Andes" de 1972. Pero a la gran mayoría del planeta la penillanura levemente ondulada del fin del mundo no le importa demasiado. Muchas personas ni siquiera saben en qué calle queda Uruguay. Una chica catalana que tomaba nota del destino de una compra me preguntó: "¿Montevideo se escribe con V o con B?". Y luego, para rematar: "¿Se escribe todo junto o separado?".
El fútbol, el mayor
espectáculo global, definitivamente ha quedado en manos de grandes países, con ligas ricas y competitivas, capaces de ofrecer bellas puestas en escena y los mejores jugadores. Sin embargo hay algunas faltas notables en ese escenario estelar, como la de Estados Unidos, donde predominan otros
deportes, o la de China e India, donde el fútbol aún tiene un lugar secundario en la práctica y el corazón de los jóvenes. Otra formidable excepción, aunque en sentido contrario, es la del pequeñísimo Uruguay, cuya historia y presente en el fútbol están fuera y muy por encima de la norma. Aparentemente se debe a la práctica infantil masiva, muy temprana y constante, a la pasión puesta en ello, y al peso de factores morales, como la tradición y la entrega.
En realidad, todos los integrantes del seleccionado uruguayo de fútbol han consumado su formación en el exterior, donde la vara de exigencia está mucho más alta. Casi todos ellos son más europeos que uruguayos, al menos como atletas. Pero su compromiso con la celeste es completo y llamativo. Es mérito de Tabárez & Cia, quienes ejercen un liderazgo político, en sentido amplio, además de técnico y moral.
El compromiso de la población europea con el fútbol parece pálido, comparado con el de América Latina. Ni una sola camiseta, ni una sola bandera en Berlín hasta el instante mismo del partido debut de Alemania, cuando recién se detuvieron ante una pantalla. En realidad, eso de vestir camisetas de la selección o portar banderas es patrimonio casi exclusivo de los latinoamericanos, muy visibles en el verano europeo: argentinos, brasileños, mexicanos. Incluso la pasión no es excesiva en Barcelona, donde la mayoría parece aceptar sin entusiasmo que varios catalanes integren la selección de España. En Austria y República Checa, que quedaron fuera del certamen, no sobran los bares que ofrezcan fútbol a los parroquianos.
Un austríaco que dijo admirar a la celeste y que vio conmigo en un bar de Viena el horrible partido Uruguay-Arabia Saudita, razonablemente se durmió antes que finalizara el primer tiempo. La gentileza tiene un límite.
Las cosas son diferentes en Dinamarca, el pequeño y próspero país escandinavo. Es tradición de los daneses exhibir la bandera, una cruz blanca sobre fondo rojo, en cualquier ocasión: al recibir personas en el aeropuerto, en las fiestas infantiles, en el día del cumpleaños de la reina, y más ahora para la Copa del Mundo. Los daneses tuvieron un desempeño respetable en primera fase, aunque ahora deben enfrentar a los temibles croatas, un magnífico ejemplo de acometividad y compromiso de los más pequeños.
Algunos gurúes procuran establecer un vínculo directo entre la suerte de las selecciones nacionales y los gobiernos. Suelen ser tesituras más bien erróneas o inútiles.
Es claro que el fútbol tiene un efecto alucinógeno o estimulante en el corto plazo, que provoca ansiedad, depresión o euforia colectivas. Pero esos estados se desvanecen con rapidez, hasta el próximo partido.
La suerte política del país se resuelve por asuntos colectivos mucho más complejos y de largo plazo, como la marcha de la economía, la seguridad en las calles, el carisma de un líder o las expectativas de futuro.
Esta tarde habrá fútbol y millones estarán pendientes. El triunfo o la derrota incidirán sobre el humor y la autoestima de los uruguayos. Pero la espuma bajará rápido, casi tan rápido como baja la emoción al dejar el cine y el paquete de popcorn. Casi nadie confunde el entretenimiento con la realidad.