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Leonardo Ramos podrá decir de su pasaje como entrenador de Peñarol que en un año fue capaz de atravesar todos los niveles de emociones y que se permitió realizar –sin limitaciones– las variantes y pruebas que quiso hasta encontrar esta versión refinada de un Peñarol que da miedo cuando salta a la cancha.

Por estos días, en un fútbol tan dinámico y cambiante, parece haber quedado muy lejos aquella innovación que le introdujo Ramos a Nahitan Nández, cuando lo sacó del doble cinco (donde aparecía atado, sin frescura) y lo pasó como volante por afuera, por derecha. Ese detalle, que quedó en el baúl de los recuerdos de un Apertura para el olvido de Peñarol, fue el disparador para volver a descubrir al polifuncional futbolista en su mejor versión.

Los aurinegros no consiguieron el fútbol que imaginaban. Sufrieron más polémicas, frustraciones y problemas, que cualquier otra devolución que puede brindar el campo de juego.

Sin embargo, Ramos no se dio por vencido. Transformado en un innovador nato, el DT volvió a mostrar la capacidad que tiene para hacer de la formación de un equipo, un arte. El Clausura, en el que no tenía margen para nada (porque comenzó nueve puntos abajo del líder Defensor Sporting), volvió a experimentar. Y la prueba se transformó en el descubrimiento para cerrar el año con un fútbol que termina siendo demoledor.

El doble cinco Walter Gargano-Guzmán Pereira no le daba resultados, y para el segundo tiempo ante El Tanque Sisley, en el estreno, colocó a Cebolla Rodríguez como socio de Gargano, mandó a Diego Rossi por afuera y asunto arreglado. El entrenador había descubierto definitivamente la solución a todo con la fórmula perfecta. Esa que combina el equilibrio que le brinda Gargano, en una versión muy parecida a la de sus mejores tiempos en la selección, y el vértigo que el equipo gana por las bandas con la velocidad de Estoyanoff y Rossi.

Aquel partido se transformó en oxígeno en un momento asfixiante y solución para el futuro. Cuando sacar a Cebolla Rodríguez de la banda –donde es titular en la selección– parecía un recurso innecesario, fue la jugada maestra para encaminar definitivamente el fútbol de Peñarol.

A partir de ese momento, los aurinegros comenzaron a reafirmar lo que sería el camino ideal y el fútbol soñado. Estoyanoff, que llegó más por sus expresiones de hincha y el pedido del técnico, que la convicción de la mayoría de los dirigentes para incluirlo en el plantel, y Rossi, se transformaron definitivamente en los encargados de portar la antorcha del fútbol jugado a velocidad, con vértigo y una profundidad que terminó transformando la propuesta de Peñarol en el andamiaje que cualquier entrenador quisiera tener.

Ramos, cuestionado hasta la semana previa al inicio del Clausura y solo rescatado por el director deportivo Gonzalo De los Santos –que apostó lo poquito que le quedaba a la continuidad del proyecto futbolístico–, encontró en las horas más críticas, la forma y el contenido que le brindó a Peñarol la consistencia que necesitaba para firmar la remontada y expresarse en un nivel futbolístico que lo hace prácticamente invencible a
partir de los descubrimientos de Ramos y la versatilidad de sus hombres.


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