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Por Lautaro Pérez Rocha (*), especial para El Observador

El anuncio del presidente sobre el plan de inversiones en infraestructura realizado a fines de julio es un hecho relevante. Por varias razones. Presenta un objetivo de inversión y una asignación de prioridades a diferentes áreas en infraestructura (energía, vial, social, vivienda, comunicaciones, puertos). La suma a invertir, algo más de US$ 12 mil millones en obras durante los cinco años de gobierno.

Centrémonos en el hecho: el anuncio configura y alinea expectativas, tanto en la interna del gabinete como en la sociedad. Es, además, asumir un compromiso, atizar los esfuerzos y, también, un campanazo a inversores o financiadores acerca de cuáles son las intenciones en la materia. Y quizás tenga otros objetivos políticos como abrevar los pedidos de más empleo generados a partir de la obra pública.

Tenemos, al fin y al cabo, un objetivo y un compromiso manifiesto a la sociedad. Desde luego, lo mínimo que un gobierno tiene que hacer es presentar sus planes, con inglesa perfección. Pero sabemos que no siempre es así.

Si hay algo que uno suele reclamar en las campañas electorales es la falta de objetivos medibles, cuantificables, específicos y claros. Bueno, aquí están. "Usted me prometió esto" y le evaluaremos a la postre. Uno podrá acordar, disentir, criticar, pero convengamos que para eso hay que traer algo a la mesa. Saludo, entonces, este anuncio.

¿Importa si es récord o no, si es más o menos que el gobierno anterior? Lo más destacable es la tendencia, la dirección, el peso de la intención. Al fin y al cabo estamos hablando de anuncios. Y con los anuncios no se suda; los récord que valen son los realizados. (Sí, es preocupante que nos distraigamos hablando en obras como la de ANTEL; arenas movedizas que nos hunden en el mundo de la intrascendencia).

El foco: en lo significante, en lo que se nos va la vida. El plan de inversiones tiene que servir para hablar, pensar, diseñar, y poner en práctica las inversiones que son vitales y trascendentes para el Uruguay. Que los pasos transiten el camino hablado, eso es lo importante.

El agro es aquí donde debe entrar pidiendo rienda, elevar las preguntas que surjan, utilizar este plan como estribo para proponer y contribuir. Las carencias en infraestructura y transporte son el talón de Aquiles. Debemos preguntarnos cuál sería el retorno de esa inversión para el agro.

¿Qué cambiará una vez ejecutada? Por ejemplo, para vialidad, ¿será una mejora en la eficiencia, será en un aumento de capacidad de carga, será solo para mantenimiento y minimizar el deterioro? ¿Permitirá bajar costos? ¿Dónde, para quiénes?

En lo energético, que es el principal componente, este plan aparece como una oportunidad de generar fuentes de ingreso (rentas eólicas, comercialización de biomasa), y también podría resultar en mejores tarifas eléctricas en el futuro (siempre y cuando abandonemos el esquema de tarifas recaudadoras).

Desde la perspectiva pública, las inversiones no solo se miran desde la rentabilidad, también desde su aceptabilidad social. Pero me parece una instancia clave y donde las instituciones agro pensantes, agro parlantes, y con capacidad de propuestas deben participar activamente, analizar y elaborar la mejor versión de un plan que contribuya a la competitividad del sector agropecuario. Los costos porteras afuera son un problema estructural y en ciclos de bajos precios es cuando más lo sentiremos. Hay que aprovechar estas instancias, orientar los esfuerzos de largo plazo en la mejor dirección posible.

(*)
Temas:

Uruguay Competitividad energía

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