El poder y la seducción
Todo indica que Obama insistirá en su narrativa de diálogo, en su convicción de que hay más cosas que unen a los estadounidenses que lo que los separa
Barack Hussein Obama irrumpió en el escenario político estadounidense como un huracán de esperanza. Hijo de un africano, de la etnia de los lúo, en Kenia, y de una mujer blanca del estado de Kansas, fue electo senador en 2004 por el estado de Illinois y dio el primero de sus discursos históricos ese año, en la Convención del Partido Demócrata. Su voz conmovió al país con la historia de un hijo de inmigrante y también afroamericano, que solo en un país de la grandeza de Estados Unidos podía pretender un escaño en el Senado. Su candidato, John Kerry, perdió las elecciones, pero había aparecido una nueva estrella en el firmamento demócrata.
Entonces la realidad fue descendiendo, implacable, sobre las cosas. La primera gran batalla que dio el presidente fue la ley de la salud, y la resistencia fue de una ferocidad inconcebible. Los demócratas tenían mayoría en ambas cámaras e incluso una supermayoría en el Senado, que impedía cualquier traba para pasar la legislación.
Sin embargo, la ley fue bombardeada por un batería ultraconservadora de radio, televisión e internet, y también por la presencia de supuestos representantes del pueblo, en cada encuentro de los legisladores demócratas para promover la nueva ley. Se empezó a hablar de que el estado iba a decidir sobre la vida y la muerte de las personas, que le iban a desconectar los tubos a los ancianos en los hospitales, que iban a obligar a la gente a abandonar los servicios de salud que tenían para someterse a la arbitrariedad de un estado opresor.
La prédica fue exitosa y los porcentajes de aceptación de la ley (que no iba a desconectar ni obligar a nadie a abandonar nada) bajaron abruptamente. Después de una lucha encarnizada en el Parlamento, la ley pasó. Pero el momento del presidente también había pasado.
Pronto se fue conformando una reacción por parte de una ciudadanía frustrada por la crisis y el desempleo que dejó como herencia la administración de George W. Bush. Esa especie de rebelión contra el Estado, los compromisos políticos, los impuestos y la inmigración estaba integrada casi exclusivamente por personas de raza blanca, instigadas desde la cadena Fox de noticias y financiada por un grupo de millonarios entre los que se destacaban los hermanos Charles G. y David H. Koch. Se dio en llamar el Tea Party.
Este grupo no tiene autoridades y tampoco preceptos muy claros, pero en todo momento tuvo un objetivo claro: derrotar a Obama.
La primera demostración de fuerza del grupo fueron las elecciones legislativas de 2010, donde los republicanos arrasaron. Conquistaron la cámara baja y casi logran la mayoría en el Senado. También renovaron al propio Partido Republicano, sustituyendo a los moderados por jóvenes radicales, opuestos a llegar a ningún acuerdo que pusiera sus principios en juego. Principios que tenían que ver, dependiendo del calor de la contienda, con la intolerancia, el fanatismo religioso y el odio al presidente “socialista” y “extranjero”.
Obama se enfrentó a este fenómeno con el mismo estilo con el que se dio a conocer. Nunca perdió los estribos, nunca golpeó la mesa, nunca devolvió los golpes. Desde las tribunas de la prensa liberal empezó a cundir la desesperación y el desencanto. Su promesa de aumentar los impuestos a las familias que ganaran más de US$ 250 mil al año, y a los individuos que ganaran más de US$ 200 mil quedó postergada. Ninguna otra ley importante pudo ser pasada y la prepotencia de la oposición parecía no tener respuesta. La crisis ecnonómica, entre tanto, era paliada a duras penas. La ascensión de China se mantenía irreversible. El “elegido” parecía no tener el temple necesario para dar la batalla.
El 2 de mayo de 2011, el presidente se dirigió a la ciudadanía para comunicar que Osama bin Laden había sido abatido por un comando estadounidense a sus órdenes. Era una promesa cumplida y era importante, aunque faltaba mucho para las elecciones y la memoria del electorado es cada vez más corta.
En 2012, el presidente volvió a brillar en el campo en donde más se ha destacado: la campaña electoral, en medio de una situación económica difícil y con una oposición enardecida. Y venció una vez más, apoyado por una evolución demográfica desfavorable a la raza blanca.
Ahora, Obama tiene cuatro años más para definir su participación en la historia de Estados Unidos. Todo indica que insistirá en su narrativa de diálogo entre las partes, en su convicción de que hay más cosas que unen a los estadounidenses que lo que los separa. Esa narrativa que durante su primer término pareció tan lejana a la realidad y que sin embargo obtuvo, una vez más, la confianza de la ciudadanía.