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La sensación de peso se fue incrementando hasta dejarlo en una casi perfecta inmovilidad, su pecho se contrajo hasta un volumen inverosímil y la sangre le martillaba en las sienes. Sintió que era aplastado contra su asiento por una mano gigante e invisible. Y en esos momentos, en medio del caleidoscopio de teclas luminosas y pantallas, recordó el último desayuno con su mujer, dos días atrás, en su casa de Houston.

Las tazas de porcelana con motivos dorados, la manteca derritiéndose sobre el pan recién horneado y el tocadiscos que le había regalado en el aniversario de bodas tocando la Sinfonía Fantástica de Berlioz. De pronto su vista, distorsionada por la poderosa fuerza gravitatoria, se aclaró y nuevamente estaba a bordo del poderoso cohete Saturno V que lo llevaría a la Luna.

Eugene Cernan –piloto del Apolo XVII– fue el último hombre en pisar la Luna y recordaba de esta manera el viaje que realizó al satélite en 1972.

“Pisar otro cuerpo celeste fue un sueño largamente esperado y ahora la NASA tiene intenciones de volver”, declaraba el astrónomo de la Facultad de Ciencias Julio Ángel Fernández en una entrevista realizada hace tan solo dos años atrás.

En enero de 2004, el entonces presidente de Estados Unidos George W. Bush delineó los planes que la NASA debía seguir en el futuro. Primero, terminar la construcción de la Estación Espacial Internacional (meta alcanzada) y segundo, sustituir la flota de transbordadores por cohetes que permitieran regresar a la Luna y construir allí una base científica de investigación permanente.

Este proyecto fue conocido como Constellation y la empresa Lockheed Martin fue la ganadora de la concesión. Científicos de todas las áreas, ingenieros aeroespaciales y miles de técnicos lograron en poco menos de tres años probar el prototipo “Ares I”, el cohete que debería transportar la cápsula “Orion”, en la que se alojarían los astronautas rumbo a Selene.

Los técnicos de la NASA, distribuidos en los numerosos laboratorios e instalaciones como el Marshall Space Flight Center y el Jet Propulsion Laboratory, trabajaban mientras en las infinitas complejidades técnicas implicadas en la construcción y diseño de un asentamiento humano en otro cuerpo celeste.

Uno de los principales problemas consistía en la autonomía de la base y el combustible para las naves, algo que fue inesperadamente resuelto cuando las sondas LRO y LCROSS descubrieron dos años atrás grandes depósitos de agua congelada en los cráteres de la Luna.

El proyecto marchaba sobre ruedas, pero cuando Barack Obama asumió la presidencia en enero de 2009 creó una comisión para estudiar el costo y viabilidad del programa Constellation. Al año siguiente –presionado por el peligroso endeudamiento externo– decidió realizar recortes drásticos de presupuesto y uno de los principales afectados fue la agencia espacial.

El programa Constellation fue interrumpido a mitad de camino debido a sus elevados costos. Millones de dólares invertidos en el programa “Retorno a la Luna” literalmente se esfumaban con el nuevo mandato presidencial.

Un futuro incierto
Con el retiro de la flota Shuttle y el nuevo ajuste presupuestario miles de científicos, ingenieros y técnicos altamente calificados quedan sin trabajo. Los tripulantes de la Estación Espacial Internacional pasan a depender de Rusia, que se encargará en el futuro del abastecimiento de la gigantesca estructura con sus naves Soyuz.

El regreso de los viajes tripulados al espacio por parte de la NASA es en estos momentos completamente incierto. “Esperamos superar este obstáculo y seguir explorando”, declaró hace poco Peggy A. Whitson, jefa de la oficina de astronautas de la agencia espacial.

En un desesperado intento por mantener la presencia humana en el cosmos, la NASA está diseñando el Multi-Purpose Crew Vehicle (MPCU), una cápsula basada en el modelo “Orion” que permitirá transportar astronautas hasta la Estación Espacial Internacional en un futuro aún no establecido.

Por su parte, la empresa privada Boeing esta trabajando en el cohete Space Launch System (SLS), que será una versión reducida del “Ares” y utilizará sistemas de impulso ya probados en los transbordadores.

Los proyectos más ambiciosos pensados en principio como objetivos a mediano plazo como el viaje tripulado a Marte son, por ahora, metas carentes de apoyo político.

Técnicamente es factible realizar un viaje tripulado al planeta rojo; sin embargo, la inversión en ese proyecto ascendería a cerca de US$ 100.000 millones (lo que costó la Estación Espacial Internacional) y solo podrá concretarse con la intervención tecnológica y financiera de varios países.

El trabajo de la NASA en los próximos años estará centrado en el desarrollo de misiones automáticas de reconocimiento y exploración de los planetas del sistema solar.
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