El regreso de una obra tan triste como vigente
La Comedia Nacional presenta en la Sala Verdi Los muertos, de Florencio Sánchez, sobre el alcoholismo y la violencia de género
Nació en 1875 y vivió 35 años, pero durante ese breve lapso a Florencio Sánchez le dio tiempo no solo de escribir una docena de obras, sino de convertirse en la persona que introdujo en la escena rioplatense “las estructuras del drama moderno”, de acuerdo al historiador teatral Jorge Dubatti. Pero, a su vez, Sánchez consiguió un privilegio que solo suele ser concedido a los grandes: el de haberle atinado en los conflictos humanos de tal forma que sus obras siguen vigentes en los tiempos actuales.
La gran cantidad de veces que se han representado Barranca abajo y En familia (este fin de semana es el último de la puesta de Jorge Denevi de esta obra en El Galpón) en ambas orillas del Río de la Plata es una muestra de ello. Pero es quizá la obra Los muertos, de 1905, estrenada la semana pasada por la Comedia Nacional en la Sala Verdi, una de las más actuales.
Los muertos, que trata sobre el alcoholismo, el machismo y la violencia doméstica, es un ejemplo de un teatro con fines de transformación social a la vez que un recordatorio de lo poco que nuestras sociedades han evolucionado en este aspecto en el último siglo. Tanto es así que, de forma atinada, en el programa del espectáculo se facilita el teléfono del Servicio de orientación y apoyo a mujeres en situación de violencia doméstica.
Con dirección de Sergio Pereira, la obra que se presenta de viernes a domingos en la Sala Verdi, le agrega al original algunos textos y el personaje del propio Florencio Sánchez, pero las adiciones no logran aportarle demasiado a la obra original.
La puesta de Pereira destaca, no obstante, por sus actuaciones, una garantía siempre en la Comedia Nacional, y entre ellos despunta el protagonista, Lisandro, en la piel de Juan Antonio Saraví, quien llamara la atención recientemente en su rol de papa en La mitad de Dios de Gabriel Calderón. Saraví logra darle a su papel de alcohólico el patetismo necesario, no sin entregar con gracia las líneas en las que entra un poco de aire en una obra claustrofóbica.
Otro aspecto destacable es el uso de música en vivo, en este caso a cargo del bandoneonista Sebastián Mederos y de Jimena Pérez cantando Margot, cuya voz siempre destaca en las puestas de la compañía. Muy interesante es también la escenografía de Gerardo Bugarín, que plantea un espacio escalonado, en el que se ubica la casa de los protagonistas y el bar donde el protagonista se emborracha.
Pero, sin duda, lo que más conmociona es la escena final de la obra, en cuya construcción la escenografía es central, y en la que finalmente se exponen en carne viva las consecuencias nefastas del alcoholismo y la violencia.