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Christian Sarragúa no se conformó con lo que había logrado y en base a talento, esfuerzo autodidacta y la necesidad de estar en constante actividad, logró forjarse una exitosa carrera en el mundo del diseño.

Sarragúa, o “Chity”, apodo por el que prefiere que lo llamen, se define profesionalmente como diseñador gráfico, ilustrador y desde hace unos tres años, “toymaker” (fabricante de juguetes).

A sus 25 años, logró hacerse un lugar en Europa, gracias a las puertas que le abrió su hobby: tejer muñequitos en crochet.

Las manufacturas que realiza, basadas en una técnica japonesa, se conocen bajo el nombre de Amigurumis. Se trata de una artesanía tradicional confeccionada en lana o hilo de algodón y rellena con guata.

Además de tratarse de un juguete, la tradición nipona los considera amuletos de protección.
Sarragúa descubrió esta técnica a mediados del año 2009, mientras miraba fotos kawaii (un estética japonesa basada en imágenes tiernas que se aplica en diversidad de campos y que ha generado como productos a varios personajes conocidos en occidente, como Hello Kitty). Decidió adoptarla como pasatiempo para poder sobrellevar su “aburrida y monótona” vida laboral.

A los 17 años comenzó a trabajar como modelo publicitario. Más tarde incursionó de forma autodidacta en el diseño gráfico, haciendo suplencias en algunas agencias de marketing. Tenía mucho tiempo libre, entonces se buscó una distracción para implementar durante las horas ociosas.

Para aprender y dominar la técnica de fabricar Amigurumis, buscó tutoriales en internet.
En ese momento, contó Sarragúa, la mayor parte de la información estaba en japonés, pero no fue un obstáculo. Obstinado y voluntarioso, se dedicó a traducir los contenidos y a buscar videos en Youtube que le permitieran imitar las secuencias de puntos del crochet.

Recordó que de niño siempre tuvo interés por las manualidades y le gustaba especialmente el programa infantil de televisión Art Attack. Soñaba con trabajar para Disney, pero cuando empezó a trabajar en publicidad la idea simplemente se desvaneció.

Se compenetró a tal punto con el tejido, que pronto su hogar comenzó a estar invadido por los Amigurumis. Cuando ya no tenía lugar para guardarlos, su amiga, la diseñadora textil Julia Armand Ugon, descubrió su trabajo y le recomendó comercializarlo, ya que entendía que se trataba de un producto muy “vendible”.

Armand Ugon contaba con un stand en una feria de diseño local y lo invitó a compartir el espacio.

“La respuesta del público fue buenísima”, recordó Sarragúa, que se aferró rápidamente a la idea de que podía ser un buen producto para vender. Sin más, se decidió por visitar diferentes casas de diseño, como 7mm, La Pasionaria, Quien te viera, Tiempo Funky e Imaginario Sur.

En cada lugar en el que tocó la puerta, resultó bien recibido, y en todos los puntos, los Amigurumis lograron venderse rápido pese a que, en palabras de Sarragúa, no eran “para nada baratos”. El precio de cada personaje rondaba en ese momento los $ 500.

Un mundo a recorrer
“En un momento de mi carrera profesional como diseñador, ya conocía el techo de los que dominaban el ambiente”, explicó Sarragúa. Eso, sumado al desagrado que le producían las formas en que se “manejaban” los profesionales en Uruguay, no lo motivaba a seguir trabajando en el país.

Decidió, entonces, emigrar y probar suerte en el exterior. Junto a su mejor amigo, consiguió una visa de estudio para instalarse en Irlanda.

Desde hace un año y medio está viviendo en Dublín, donde encontró rápidamente trabajo gracias a una iniciativa que tomó pocos meses antes de viajar.

“Cuando ya había decidido que me iba, Lidewij Edelkoort (pronosticadora de tendencias holandesa y asesora de grandes multinacionales) me nombró uno de los diseñadores con futuro más prometedor. A partir de ahí tuve un boom de exposición mediática”, contó.

Esa mención, que desató una difusión en medios y blogs especializados, tanto regionales como europeos, le permitió comenzar a desempeñarse de forma casi inmediata como director de diseño de una empresa de marketing que trabaja para marcas como M&M’s, Snickers y Western Union.

“Me gusta este trabajo porque me permitió ampliar mi portfolio y además manejamos clientes importantes. Tengo proyección internacional sin exponer mi imagen”, expresó Sarragúa.

Encadenada a esta situación comenzaron a llegar nuevas oportunidades. Lo contactaron del colectivo de diseño alemán Pictoplasma para publicar sus diseños. “Recuerdo que me compraba sus libros cuando vivía en Uruguay y uno de mis sueños era que mis diseños aparecieran allí”, recordó.

Además, lo contactaron desde Taiwan para trabajar en unos prototipos de productos de decoración para el hogar, con la estética de sus Amigurumis para la marca IKEA. “Fue una linda experiencia, hice algunos prototipos que se están mostrando en ferias de diseño internacional y espero que funcionen”, dijo.

Otra compañía china de juguetes quiso comprar sus patrones para fabricar sus Amigurumis en formato de peluche y en masa. Pero no aceptó la propuesta porque no quiere involucrarse con el modelo chino de producción. “Me gusta cuando se respetan los derechos laborales y China no me parece un buen modelo a seguir”, expuso.

Confiesa que a los Amigurumis les debe mucho, porque gracias a ellos no solo consiguió difusión, sino respeto en el ambiente profesional. Sin embargo, por el momento abandonó el tejido.

Para seguir manteniendo su marca Chity, diseña para la fabricante de prendas de vestir estadounidense, American Apparel (ver recuadro en esta página). “Ellos producen, envían y se encargan de todas las acciones de venta. Yo no tengo que encargarme de nada, solo diseño y cobro mi comisión”, explicó.

Un futuro empresario
Aunque por el momento no cuenta con una empresa constituida formalmente, considera que es algo que está destinado a suceder en el futuro. Ha tenido propuestas para asociarse con personas que se encarguen de la parte comercial, pero por ahora considera que ese movimiento no está dentro de sus prioridades. “Sé que antes de cumplir 30 lo haré (tener una empresa) y en ese caso contar con un socio que se encargue del área comercial sería muy bueno, pero conociéndome seguro terminaré encargándome yo”, explicó entre risas.

“Tengo 25 años y no me quiero estresar con el mundo empresarial, si bien lo toco de costado y trabajo con corporaciones muy importantes, por ahora no me atrae su estilo de vida, no quiero vivir con la plata en la cabeza”, aclaró.

Todo lo que está emprendiendo por el momento bajo la marca Chity, es un “plus”, señaló: lo ahorra o lo utiliza para viajar y conocer el mundo. Asegura que con su trabajo como diseñador obtiene más de lo que necesita a nivel económico, pero que con lo que produce en base a sus Amigurumis podría vivir más que tranquilo.

Aclaró que, aunque lo que ama es diseñar, tiene miedo de aburrirse si se dedica por completo a la producción de Amigurumis. “Prefiero por el momento dejar la producción para la industria. Yo diseño mucho para marcas muy importantes, pero llega un punto en el que termino por detestar el trabajo y no quiero que me pase lo mismo con mis creaciones”, admitió.

Sin embargo, entre sus planes está, luego de que pase sus vacaciones en el verano uruguayo, enfocarse más en los Amigurumis, diseñando productos limitados para vender online mediante una subasta.

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