Cada año, el festejo de la fiesta de la Nostalgia los 24 de agosto hace repasar listas eternas de canciones, trae reflejos de bolas de espejo, luces de colores de discoteca y otras decenas de símbolos que se asocian al mundo del boliche, de la juventud, de la emoción.
Pero bien cabe la pregunta: ¿por qué la música que nos emociona y que recordamos con candor en estas fechas se relaciona con nuestra adolescencia?
La ciencia tiene una respuesta para esto. Según un artículo publicado en el sitio web de la revista Slate, esta relación se basa en múltilpes causas, empezando por la conexión entre el cuerpo, la anatomía y la música.
Cuando escuchamos una canción se producen varios tipos de estímulos en el neocórtex y convertimos los ritmos, las melodías y las armonías en un todo coherente.
“A partir de ello, toda nuestra reacción hacia la música depende de cómo interactuamos con ella. Solo con cantar al unísono una canción mentalmente ya se activa el sistema premotor, que ayuda a planificar y coordinar los movimientos. Con bailar una canción, ya las neuronas se sincronizan con el ritmo de la música. Al prestarle atención a las letras y a detalles de los instrumentos, se activa el córtex parietal, que permite mantener la atención a diferentes estímulos. Si escuchamos una canción que dispara recuerdos personales entra en acción el córtex prefrontal, donde se almacena información relevante de tu vida personal y tus relaciones”, dice el artículo de Slate.
Pero la conexión intrínseca en estas fechas es sin dudas entre el recuerdo musical y la emoción.
Varios estudios y experimentos científicos, como uno del Instituto Neurológico de Montreal (Canadá) de 2011, han demostrado que al escuchar nuestras canciones favoritas el circuito del placer del cerebro reacciona segregando dopamina, serotonina y oxitocina, que son algunos de los mismos neurotransimisores que provocan drogas como por ejemplo la cocaína.
Cuando definimos la música que nos emociona y nos pone la piel de gallina casi invariablemente elegimos canciones que se conectan con nuestra adolescencia y nuestra juventud. ¿Por qué?
No es que sea necesariamente música de la época en que somos adolescentes. Puede ser anterior, incluso muy anterior, pero la chispa que enciende la llama en el acto de escucha y que por lo tanto genera el recuerdo se produce básicamente entre los 12 y los 22 años.
Es esa década la que en la mayoría de los casos define nuestro gustos y nos condiciona para el resto de nuestra vida en cuanto a los recuerdos. Pero, de nuevo, ¿por qué?
En esa década el cerebro está realizando cambios intensos, acompañando los cambios que se producen en el resto del cuerpo. Existe una conexión directa entre las hormonas que genera un adolescente, las canciones que escucha y lo que está formando como capa en los recuerdos del cerebro.
Uno de los investigadores que más ha experimentado en el campo de la psicología y la música es Daniel Levitin, autor del estudio This is your brain on music: the science of a human obsession (disponible a través de internet).
Allí Levitin explicita que la música de nuestros años juveniles está entrelazada de manera fundamental con nuestra vida social.
“En esa etapa estamos descubriendo la música por nosotros mismos cuando somos jóvenes, muchas veces a través de amigos y de las primeras relaciones. Escuchamos música como un escudo, como una forma de pertenecer a determinado grupo social. Y eso funde esas canciones con nuestro sentido de la identidad”, declaró Levitin a Slate.
Por su parte, el psicólogo Petr Janata de la Universidad de Davis, California, denomina la teoría del “golpe de la reminiscencia” a lo que se produce cuando escuchamos las canciones de nuestra adolescencia.
Según esta teoría, los seres humanos estamos condicionados por un guión de la vida que en nuestra memoria funciona como la narración de nuestra existencia.
Según declara Janata a Slate, cuando examinamos en nuestro pasado los recuerdos que dominan esa narrativa vital propia encontramos que tienen dos componentes en común: son felices y se amontonan en la adolescencia. Por lo menos en la cultura occidental judeocristiana a la que pertenecen la mayoría de los uruguayos. Es que el período entre los 12 y 22 años es donde se forma la personalidad, donde uno realmente se vuelve uno.
Otras teorías psicológicas y sociales, como por ejemplo el llamado “conductismo social” desarrollado por el psicólogo canadiense Albert Bandura, establecen que el ser humano aprende por imitación de sus pares, como los grupos de amigos que establecen sus lazos más fuertes durante la adolescencia. Y esa imitación puede darse tanto por las actitudes de los pares como de los ídolos que afectan a un adolescente, muchos de estos pertenecientes a la órbita de la música.
Para el psicólogo y licenciado en seguridad social Robert Parrado esas canciones que nos emocionan para siempre se conectan con situaciones emotivas intensas.
“Aparecen entonces dos palabras que son relevantes: ‘evocar’, tanto lo bueno como lo malo, y ‘huella’, que es lo que emerge”, explica Parrado a El Observador.
Las canciones que se escucharán esta noche vuelven a traer lo que vivimos de jóvenes. “Es una experiencia vital. Si asociamos una canción con un sentimiento gratificante el resultado es hermosísimo”, dice Parrado.
La adolescencia y la juventud hacen aflorar recuerdos intensos que en muchos casos tienen un contexto sonoro: el primer beso, un paseo liceal, un primera experiencia sexual, entre otros hechos relevantes.
La nostalgia también tiene una característica básica: comienza a suceder a partir de determinado momento en la vida.
“A los 20 años no hay nostalgia, no hay una elaboración de una mirada hacia atrás. Y está bien que sea así. La nostalgia existe cuando ya hay un nivel de madurez”, agrega Parrado.
Existe a nivel nacional un sentimiento bastante generalizado proclive a lo nostalgioso. Parrado lo relaciona con el manejo que hacemos del pasado, de un inconsciente colectivo que retrotrae hacia el mito de Maracaná (que por siempre será ya parte del pasado), hacia un pasado a veces más glorioso (si se lo relaciona con el universo de lo político y de lo partidario) y también con una naturaleza inmigrante de la mayoría de la población, que mantiene un sustrato que es explícito, por ejemplo, en las colectividades.
“Somos un país de inmigrantes y por lo tanto en el imaginario siempre está presente el hecho de volver a la tierra de origen, y de ver este hecho con una carga grande de nostalgia”, explica Parrado.
Al final de cuentas, el fenómeno de la nostalgia tiene dos caras interrelacionadas. Tanto la ciencia neurológica como la ciencia social reconocen su conexión con la juventud y el efecto de esta en el relato interno de nuestras vidas.
Pero para llegar a sentir de manera sincera ese sentimiento tan particular hay que tener determinada edad, hay que madurar y entrar en la vida adulta, con la carga del tiempo que esto conlleva. Y erizarse en el medio de una pista de baile, cuando las canas nievan las cabezas.