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La pinta de conventillo de su fachada no invita ni a tocar el timbre. En el 726 de la calle Cerrito entre Ciudadela y Juncal, hay un solo farol y el ambiente de la cuadra no es el más turístico de la Ciudad Vieja. Pero en palabras de una las residentes del Palacio Colón, Rosario Spinelli, “no hay que tener vergüenza, es el último conventillo viviente” de Montevideo.

El edificio, ejemplo arquitectónico de principios del siglo XX, cumple este mes 100 años y goza de una nueva juventud gracias a sus 400 vecinos que quieren devolverle “el esplendor y la autoestima” a lo que en verdad es un barrio oculto e inesperado a pocos metros de la Plaza Matriz.

El Banco de Seguros del Estado (BSE) fue el dueño original del Palacio Colón, un edificio de renta popular promovido por Alejo Rossell y Rius. El organismo cedía los apartamentos en alquiler a sus empleados. No obstante, tras casi un siglo de desinterés y víctima de intrusos, el BSE resolvió vender los apartamentos. Algunos de sus inquilinos arrendaban espacios en el patio central para estacionar motos. Valeria Aguiar, hoy presidente de la comisión administradora, compró el suyo por US$ 14.000 hace cuatro años. Hoy se venden por US$ 43.000.

Al edificio le fue concedido el mayor grado de protección por la Comisión de Patrimonio de la Ciudad Vieja, el 4. Esto significa que se recomienda su conservación integral, y solo admite “discretas” intervenciones.

El Palacio Colón fue uno de los primeros, o tal vez el primer edificio de Montevideo, en ser construido con hormigón armado. Además, no se hizo ninguna soldadura. “Todo es hierro y tornillos”, dijo Rafael Salguero, quien se mudó hace tres años y hoy integra las comisiones de restauración y de convivencia. Además tiene cimientos de madera y alguna vez tuvo aljibes y mayólica en los zócalos de la que queda algún resto.

Lo más extraño son unos soportes de hierro forjado en los pozos de aire. La leyenda que se ha transmitido de generación en generación es que sujetaban el vestuario de la actriz Tita Merello cuando filmó una película en su patio central. Otro rumor que alimenta la mística del edificio es que también estuvo allí Carlos Gardel y que Rossell y Rius hizo una réplica exacta en Barcelona. En los últimos años también fue escenario para las películas En la puta vida y la reciente Una bala para el Che.

En planta baja hay ocho locales comerciales pero solo funcionan tres: una imprenta, un estudio jurídico y un quiosco. El resto afea una fachada percudida e invadida por cables y rajaduras que, la verdad, no resalta en una cuadra de por sí deprimida del barrio histórico.

En el interior hay 88 apartamentos donde viven 400 personas. La construcción de la cooperativa Coviun a su lado, aceleró procesos de deterioro por desprendimientos y humedades. A 64 de los apartamentos se llega por una puerta alguna vez pintada de verde inglés, hoy carcomida, que esconde el acceso al patio central coronado por una claraboya de 45 metros de largo y ocho de ancho y un laberinto de escaleras de hierro forjado decoradas.

La comisión administradora consiguió tras un año y medio de insistencia un préstamo del Programa de Revitalización de la Ciudad Vieja, de la Intendencia Municipal de Montevideo y del Banco Interamericano de Desarrollo. La noticia fue la frutilla de la torta para el festejo del centenario.

La partida es de US$ 70.000 pero no alcanza a cubrir el presupuesto para la restauración integral de la fachada y de la claraboya y sus décadas de abandono. La diferencia de US$ 16.800 saldrá del fondo de reserva y de una sobrecuota de los gastos comunes.

Solo la claraboya insumirá al menos 300 kilos de masilla y casi 100 litros de esmalte para metales de exterior y la misma cantidad de antióxido y de aguarrás. El peso total de la claraboya, ya bastante endeble por el óxido acumulado durante un siglo, junto con sus vidrios (faltan varios que caen con cada tormenta), fue estimado en 10.000 kilos de hierro.

El desafío para la fachada es devolverle el esplendor del revoque símil piedra que lucía en 1912 al quitarle el hollín y las manchas de aceite y azufre que le han dado una textura oleosa.

Para un futuro quedará la reparación de las escaleras y la sustitución de las cañerías originales. Si se consigue una restauración profunda y una conservación acorde, el edificio puede conseguir la exoneración de la contribución inmobiliaria por tratarse de una obra de valor patrimonial.

Los vecinos impulsan dos iniciativas: el retiro de los ómnibus por su frente y la “bicicletización” de Cerrito. El objetivo es reducir las vibraciones que contribuyen a la inestabilidad en la estructura y la polución. Spinelli explicó que la idea es colocar enfrente, en la Plazuela Organización Internacional del Trabajo, un “pulmón de bicicletas”, un espacio para parking, alquiler y reparación de los vehículos gestionado por el Palacio Colón.
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